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Ensayo

Un pasaje al pasado
Por José Ángel Cuevas

Lleno de tiempo, polvo y ácaros, tengo un paquete de revistas chilenas que cargan con una tremenda vida. Con ellas, vuelven a resonar las muchedumbres en la plaza Bulnes. El país entero y nosotros, el Grupo América del Pedagógico, metidos en la población Los Nogales. Veintiséis de enero, Herminda de La Victoria, leyendo el Canto general, la Epopeya de las comidas y las bebidas, y los propios poemas, con Etcheverry, Naín Nómez y otros más.
Dentro de toda esta trabazón textual, me encuentro con la revista Quinta rueda, de 1972 (tamaño tabloide), bajo la dirección de Hans Hermann. En una de las ilustraciones aparece Neruda llegando de Francia con Matilde; va en un auto descapotado entrando al Estadio Nacional a recibir el homenaje por el Premio Nobel. Luisa Ulibarri escribe sobre la UNCTAD –el llamado Edificio Diego Portales, por la Junta Militar–, un centro cultural recurrido por muchos jóvenes, donde había una olla de las más grandes que he visto para almorzar por el valor de lo que hoy son quinientos pesos. Escribe también Carlos Olivares, quien, a su vez, dirige otra revista para jóvenes, llamada Nueva onda: en uno de sus artículos se reclama la Ley de Monumentos Nacionales, que era incompleta y dejaba el resquicio para mucho saqueo cultural en las iglesias del norte. Además, aparece un cuento de Poli Délano y una entrevista al famoso Ernesto Malbrán, actor, mimo y profesor de castellano, quien después aparecerá en el documental de Patricio Guzmán, La Batalla de Chile.
En medio de mi indagación, me vuelvo a encontrar con la revista Orfeo, de los años sesenta, dirigida por Jorge Teillier. En ella, poemas de la generación naciente –Waldo Rojas, Gonzalo Millán, Manuel Silva Acevedo–, pero poetas del mundo entero –Pound, Eliot, Bretón, Char–, además de homenajes a Vicente Huidobro y Rosamel del Valle. Orfeo fue central para la formación de los jóvenes poetas. En aquellos tiempos, se conversaba en “Il Bosco” noches enteras. También recuerdo la revista Portal, tamaño tabloide, dirigida por Luis Alberto Mansilla, en la que escribieron Luis Oyarzún, Juvencio Valle y Mario Ferrero. La encuentro y veo una entrevista a Jaime Valdivieso, también un homenaje a Henry Miller.
Cormorán es otra revista del mismo período, pero mucho más incisiva y crítica, dirigida por Enrique Lihn y Germán Marín. Allí destacan una entrevista a J.C. Onetti y algo de Jean Genet; además, una muestra de Hernán Lavín Cerda con ocho poetas de aquel período. Después, a fines de los sesenta, Teillier arma otra revista con Antonio Avaria: Árbol de letras; de tamaño tabloide, cuyo centro es una entrevista a Pablo de Rokha, unos meses antes de suicidarse. Asimismo, otra revista memorable es Trilce, de procedencia valdiviana y dirigida por Omar Lara, en la cual fue publicado un artículo de Waldo Rojas sobre Rolando Cárdenas; siempre presentes los poemas de Millán, Lihn, Titho Valenzuela y su famoso libro Manual de sabotaje.
En el Norte, aparece Tebaida, revista ariqueña dirigida por Alicia Galaz y Oliver Welden. Era de formato cuadrado y en su portada aparecía Willy Deisler. Allí, poemas de Ernesto Cardenal, del peruano Winston Orrillo y de Ximena Solar.
Todos estos, hoy recuerdos gráficos, sucumbieron frente al pronunciado Golpe de Estado. Todo acabó, como era de esperar: se asilaron y se fueron la mayoría de los nombrados. Durante estos años, perseguidos y en peligro constante, existieron heroicas revistillas. En mis manos tengo la revista del Grupo Andamio, de mediados de los años setenta: se habla en clave, la diagramación es modestísima. En ella escribe Víctor Hugo Romo, quizás Tatiana Cumsille, Omar López, poetas que hacían rayados relámpago contra Pinochet el año setenta y ocho, arriesgando, literalmente, la vida. En el mismo año, en La estafeta, dirigida por Hernán Miranda, Casilla 2390 –autorizada por DINACOS, Dirección Nacional de Comunicaciones de la Junta Militar, donde se debía pedir autorización para publicar cualquier escrito–, aparecen poemas de Alfonso Calderón, Ricardo Larraín (el cineasta) y la excelente Natacha Valdés, primera feminista.
Me detengo en revistas como La Castaña, confeccionada con papel de envolver y dirigida por Jorge Montealegre. O El Organillo, de los años ochenta, donde aparece un poema de José Díaz –nombre real: Bruno Vidal– a quien cito: “[E]l padre Pedro Lastra / en Referencias Críticas / me examina atte / dos poemas de otoño. / Frunce el ceño enseguida / vamos al Colonia a pedir / refrigerios y pastelillos”.
La generación de lo “NN” se publica en La pata de liebre, de Aristóteles España y Díaz Eterovic. También circula la revista cultural Pluma y pincel, dirigida por Gregorio Goldenberg, que contiene historia, filosofía y literatura; brotan, además, las primeras entrevistas a Diamela Eltit. Y, por supuesto, La Bicicleta, revista dirigida por Eduardo Jentzen, que contiene informaciones artísticas y mucha valentía crítica entrelíneas. Allí está Rodrigo Lira, que ganó un concurso el ochenta, y letras de canciones de Víctor Jara, Zitarrosa y Serrat.
Piel de leopardo, continuación de la revista Número quebrado, del filósofo y poeta Miguel Vicuña, pertenece a la escena de fines de los ochenta, en formato grande a color. Publican tipos distintos yduros como Sergio Parra, Jesús Sepúlveda, Víctor Hugo Díaz, Alexis Figueroa, Eduardo Vasallo y el teórico Jaime Lizama. Mucho artículo entre rockero y posmoderno (Bataille, Deleuze, Derrida).
Por su lado, la revista Nortedeste, de fines de los ochenta, muestra a tipos que provienen de otro lugar social, que develan otras preocupaciones: una aviadora que sacude el firmamento, una hermana de Dios que enloquece al demonio, un agricultor que planea envenenar al mundo, trozos de Miguel Serrano, cosas varias. Pero la pretensión carece de temple; no hay relación alguna con lo que se vive. La dirigen Santiago Elordi y Cristián Warnken.
Hernán Miranda, Palmira Rosas y el suscrito, publicamos la revista Barbaria, a mediados de los años ochenta, donde se encuentran entrevistas a Zurita, Lihn y homenajes a la Generación del ‘70.
Ya en los noventa, aparece la revista La calabaza del diablo de Marcelo Montecinos, Jaime Pinos y Rodrigo Hidalgo, que se define como una revista cultural de otra generación: veintiséis páginas con entrevistas a boxeadores y poetas, mirando nuevamente la ciudad con los ojos de tipos de veinticinco años. Homenaje a las poblaciones La Victoria, La Legua; entrevistas a Claudio Bertoni, a Sergio Parra y a Gonzalo Millán.
Lo cierto es que todo esto lo había olvidado y, al releer, quedo con una sensación de orgullo de lo nobles que han sido los muchachos. A pesar de los pesares, persistió la cabeza en alto, dándole a la realidad. Porque aún viviendo en “estado de emergencia”, llenos de tropas, allanando en las calles de Santiago y prisiones secretas, se puede afirmar que las distintas generaciones siguieron publicando revistas, pensando, escribiendo, comentando sus trabajos y las condiciones teóricas e históricas existentes. Raúl Zurita, Juan Luis Martínez, de la neovanguardia; la poesía femenina, el movimiento urbano; en fin, tienen su lugar en aquellas revistas, las que no se deben olvidar.