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Poesía
Por Miguel Ángel Salinas
2° Lugar CATEGORÍA POESÍA LIBRE: Luciana
Por Andrés Matus
Por Cecilia Gutiérrez
Por Alejandro Godoy Fernández
 
Por Joaquín Cortés Garrido
Por Ashle Ozuljevic Subaique
Por Sofía Ormazábal Arriagada
2° LUGAR CATEGORÍA CUENTO ESCOLAR: Buen viaje Por Irina Alarcón Kunakov
 

PRIMER LUGAR CATEGORÍA POESÍA LIBRE

Advocación pro malandras
Por Miguel Ángel Salinas

  triangulo  

El lumpen vulgar e ignaro que se volcó desde las montañas sobre el paraíso y me lo volvió un infierno

Fernando Vallejo

 




SEGÚN LOS ANTECEDENTES CRIMINALÍSTICOS Y CRIMINOLÓGICOS QUE OBRAN EN PODER DE LOS VIGILANTES/ Y POR LA SUPREMA CONVENIENCIA DEL IMPERIO/ JOSÉ Y MARÍA/ FUERON DEJADOS A LA MALA RACHA DE SU ESTIRPE/ DADO LO COMÚN DE SUS NOMBRES Y EL DESIGNIO DE IR A PARAR AL NAZARETH DE LA SANTA VIOLENCIA/ PARA SEGUIR PARIENDO PARIAS// 

 

 

CLASIFICACIÓN AXIOMÁTICA:

    1. Un alto porcentaje de sujetos penales son hijos de José y María.
    2. No por elegidos, ni por salvados, a lo más atávicamente condenados a ser mal paridos.
    3. El día de visita la cana se llena con la horda proveniente de sus connotadas y santas poblas de origen.
    4. Por su embuste capital y cómplice, el Arcángel debería también estar cumpliéndola en una Galería.

 

 

 

 

 

 

LOS PROXENETAS
de la Plaza de Armas conocen el negocio/ saben que los buenos clientes nos prefieren pendejos/ chorongos/ buenos pal escupo/ interesados en la plata/ dispuestos a todo/ ojalá paqueaoh desde chicos/ fugados del hogar de menores/ declarados reos desde siempre//

 

 

 

 

 

 RIMBAUD ES
el imaginario de los rebeldes// Nació en Paine/ en Pudahuel/ o a orillas del Zanjón de la Aguada// Hijo de difuntas mujeres/ que yacen en desoladas tumbas de tierra/ y cuya única memoria/ persiste en el huérfano que a temprana infancia empezó sus andanzas// A punta de Ravotril han querido curarlo de esas excesivas iluminaciones/ a ver si rompe su amistad cómplice con la filuda dialéctica de la calle// Sus mejores poemas han quedado en la malditud de sus actos/ llamados “infracciones a la ley”// No le han faltado –dice– malas ofertas y proposiciones/ para que lo suelte todo a bajo precio// Trajeándose y con sus antecedentes bajo el brazo/ ha querido salir muchas veces del oficio/ buscando alguna pega ocasional/ despertando en su callejeo la atención de algún solterón/ que tironeado por sus laucha fifí y tras su humeante mirada lasciva/ lo desnuda desde un cafetín de José Miguel de la Barra// La mala sangre es su único bien transferido por herencia/ cuya reciedumbre se remonta a lejanas fotografías/ que cuelgan en los muros de su casa pareada// Por eso/ cual sea el desenlace de sus causas acumuladas/ podremos concluir que se trataba de una herida gangrenosa y supurante/ dispuesta siempre a ajustarnos las cuentas/ por haberle permitido apenas una breve temporada en este infierno// 

 

 

 

 

 

    USA UN VESTIDO ROJO/
más que todas las del barrio// Baila en el Sensación para los malandras de la zona/ porque sólo ellos saben de lo que es capaz// En tanto las comadres babosean por el pubis/ la bronca de sus perversiones/ y el rojo de su vestido le chorrea por las piernas/ tiñendo con la misma roja intensidad sus taco altos de siempre// A su turno/ los rosqueros desabotonan sus heridas/ y se acuchillan en el medio de la pista/ iluminando la juerga de los que apuestan su propia carne/ para que los muy cabrones/ arrodillados en su orina y en su llanto/ besen el inevitable color de su vestido//

 

 

 

 

 

RETRATO HABLADO FUERA DEL CAFÉ TOMODACHI

 

 

 

 

 

ME IMPORTA UN CARAJO
que hayas estudiado en la Escuela de Bellas Artes –dijo con bronca// Que hiciera lo que debía/ para recibir el pago por mi arte callejero// Entonces fui trazando los detalles descritos/ en aquel retrato hablado// Fue en un claroscuro                 –prosiguió–/ pero que podía delinear con detalle sus facciones de sicario/ ayudándome a dibujar el filo de sus bajas intenciones/ porque mientras se deslenguaba exhalando/ en la fragancia menta de su escorpión axilar/ y escarbaba entre sus ropas el humor pendejo de su libido/ él le vaciaba los bolsillos/ enredando con sus dedos de lanza su desolado corazón//

 

 

 

 

 

Dentro de mí, la destrucción del presidio corresponde a una especie de castigo del castigo: me castran, me extirpan la infamia.
Jean Genet

 

    ANTES QUE
Patricio Egaña/ familiarizado con frecuentadores de laberínticos conciliábulos recoletos/ fuera encontrado con la frente perforada de un tunazo/ desgreñado e incoloro por las gélidas aguas del litoral/ sin que nadie de su avergonzada parentela linajuda/ quisiera reconocer su cuerpo performático/ se la pasó un tiempo en el sidario de la Penitenciaría/ haciéndoles la vida imposible a los vigilantes y a los vigilados/ o traspasando los muros de todo poder/ con su señorío de hijo ilegítimo/ leyendo también/ en bata de genuina seda/ la literatosa y señorona narrativa de su amante rubicunda/ limpiando con el tweed de su vestidura dandy/ el mármol de la mesa señorial/ y tirarse el último gramo/ para que esas laringoscópicas mariposas se adentraran en su cabeza/ y un niño corriera despavorido en retro tiempo/ o descolgando la pinturita original del salón decadente/ dándose luego a la fuga/ como el más chanta de los marchante//

 

 

 

 

 

                      EL VIGILANTE Y EL VIGILADO/
se vigilan mutuamente// El vigilante al vigilado/ el vigilado al vigilante// Ambos viven y sobreviven de la vigilancia// Se mantienen siempre alerta// A veces uno le cree al otro/ pero el otro desconfía// Se tienen bajo sospecha/ nunca bajan la guardia// El vigilante sorprende en algo al vigilado/ lo declara rebelde/ le aplica el reglamento/ y unos cuantos lumazos// Aprovecha su desmedro y lo extorsiona// El vigilado le enrostra la madre/ quiere puro fugarse/ fracasa en el intento/ y cuando regresa del suplicio disciplinario/ se pone a ver tele/ o sueña que sale a andar/ para escapar un rato del encierro// Se maldicen entre dientes/ pero dependen uno del otro// Día y noche a los dos los vigila una cámara/ y ese vigía también es vigilado/ y tras toda esa vigilancia hay un poder omnímodo/ un sistema para vigilar y castigar/ el que –a lo más– puede ser leído/ desde una óptica post estructuralista//

 

 

 

 

 

   EL  DÍA QUE SE NOS MURIÓ
Lucho Barrios/ lloramos los de abajo/ los eternamente subordinados// Y en todo ese llanto/ recordamos a nuestros homónimos difuntos// Se lloró en las peluquerías de barrio/ en cada esquina de San Camilo/ entre las cenizas de la calle Maipú/ en los bacanales// Lloraron a gritos los maruchos viejos de la pobla (la José/ la Reineta/ el Maricón Víctor/ la Mario Cototo)/ en su vano deseo por sintonizar Compases al amanecer// También la Cristo de Mayo/ faldúa nomás/ eeeiiilla/ con la corona al cuello/ de tanto tironeo del caficherío/ portadora y marcada por las siete plagas/ y que fue a dar a la casa de la Quintrala/ mala y primera Cochineli de esos alrededores/ después que un remezón fuerte les sacudió las payasas// Y se aventaron las tumbas/ de los que en esas madrugadas del horror/ fueron sacados/ a medio vestir/ de las casas de cita/ y el rouge de sus bocas chupetonas/ se confundió con la sangre de los culatazos// Lloraron los caneros viejos/ y las ánimas de los travestis de la Calle 3–B// Una tronadura subterránea de rocas y consanguinidad nos dio la corazonada/ y se abrieron las puertas de golpe/ y cayeron espesas gotas seminales/ y alguien meó en el orinal de la urbe/ el rojo chorro del contagio// Y en esas sucias aguas/ chapotearon los imitadores de Los Panchos/ en La Vega Chica// Y todo ese llanto se hizo río/ no el de la divinidad/ no el existencial de Manrique/ no el nauseabundo de nuestra mala estirpe/ sino la rotura de los cuatro costados/ en que desembocan: la lágrima mestiza/ la barrial/ la lumpenesca/ la que en su ley nomás muere// Porque para eso es el ritmo des(ceb)ollador del bolero/ para llorar/ hasta desangrarse//

 

 

 

 

 

ANTI HOMENAJE

 

 

   PRIMERO LLEGARON
unos periodistas/ y levantaron mi camisa ensangrentada/ para fotografiarme las heridas/ las vergüenzas/ los parches// Luego vino un cura y habló de la absolución// Después la familia/ la novia que me estuvo esperando/ mi verdadero amigo/ el buen vecino// Entonces: ni bandera/ ni cuerpo/ ni zapato// En la hora más roja del noticiario/ ellos me dejaron fluir por si las culpas// Ahora los veo pasar desde esta esquina/ donde siempre estamos con los cabros/ fumándonos la última de la juerga//

 

 

 

 

 

POR MIS DEVOCIONALES
imágenes de la no-santidad que se me vienen…/
DEL MESTIZAJE/
a la Nossa Senhora de Nazaré/ ritualidad festiva de lo ilimitado// Allí donde el gemido del goce se confunde con la letanía/ y el verbenear hermafrodita y sobajeante suda las seminales y atávicas represiones/ haciendo rugir el octubre de la Amazonía/ no en la danza del enmascarado animal de las otras/ sino en el desenmascaramiento de la animalidad por ella //
DE LA SANGRE/
a la Mona Lisa/ que mi abuela analfabeta le fue devota/ teniéndola por virgen en la divinidad de su sfumato/ al curarme un severo brote de peste/ y otros males que me dejaron estas pseudo alucinaciones verdaderas/ y una que otra ideación delirante y sospechosa del mundo/ sentenciándome por años a prenderle una vela/ que se me hizo caliente entre las manos pendejas/ al chorrear de su esperma//
DEL BANDIDAJE/
a laMorenita de Monserrat/ enclavada entre picos en lejana Cataluña/ con su contrastante cara ennegrecida/ más por raza que por humo/ en su totalidad dorada/ como una pobre mujer morena de estas latitudes/ ahora enrubiecida// La misma que mi abuelo cuatrero se hizo tatuar en su espalda/ a la luz de un chonchón/ en una chingana de su Colchagua originaria/ vigilado por el diablo clerical/ a la diestra y a la siniestra/ en la mesa de la casa grande// Sabiéndose de memoria y al revés la oración a Nuestra Señora/ para sortear las sombras amenazantes de los cerros/ con sus candelillas/ más vigilantes que supersticiosas/ y las rejas patronales de los calabozos//
DEL CALLEJEO/
a la Pomba Gira/ reina de las siete encrucijadas/ a quien exvoto para su “Y” o “T” mis más bajos instintos// Inversa siete veces mujeril de mi Exú/ santa putana y bruja protectora de quienes orillamos el mundo/ tan peligrosa como la calle// Imagen vista por vez primera dentro de una copa/ colmada de conjuros/ sucios billetes/ monedas/ anillos y aretes rutilantes/ que tintineaban al compás diacrónico de una circunstancial cama pecaminosa//
DEL PELLEJO
propio/ ofrendado ab-aeterno en esos inefables hechos//
/… A TODAS
ellas me encomiendo siempre/ antes de emprender la retirada//

 

 

 

 

 

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TRAS ESOS PESTILENTES Y AMURALLADOS LÍMITES/ SOBREVIVEN Y MAL CONVIVEN LOS SENTENCIADOS// ALLÍ ESTÁN UNOS A OTROS/ DÍA Y NOCHE/ VIGILÁNDOSE/ CASTIGÁNDOSE/ CONTAMINÁNDOSE/ MIRÁNDOSE/ OLFATEÁNDOSE/ ESPIÁNDOSE/ CULPÁNDOSE/ AMENANZÁNDOSE/ CALENTÁNDOSE/ DESCONOCIÉNDOSE/ ABUSÁNDOSE/ DESPRECIÁNDOSE/ TRAICIONÁNDOSE/ ASOLEÁNDOSE/ DESPELLEJÁNDOSE/ ENTUMIÉNDOSE/ DESNUTRIÉNDOSE/ SOBAJEÁNDOSE/ MANOTEÁNDOSE/ FROTÁNDOSE/ PAJEÁNDOSE/ SODOMIZÁNDOSE/ FORNICÁNDOSE/ MUJEREÁNDOSE/ HOMBREÁNDOSE/ GATEÁNDOSE/ RATONEÁNDOSE/ PALOMEÁNDOSE/ SIMULÁNDOSE/ DEPRIMIÉNDOSE/ DELIRÁNDOSE/ ENCOMENDÁNDOSE/ SICOSEÁNDOSE/ PRENDIÉNDOSE/ ACUSÁNDOSE/ ORILLÁNDOSE/ TAJEÁNDOSE/ LLAGÁNDOSE/ ESTAFÁNDOSE/ GARABATEÁNDOSE/ MAQUINEÁNDOSE/ CHUPÁNDOSE/ DESPOJÁNDOSE/ ENMIERDÁNDOSE/ ENFERMÁNDOSE/ INFECTÁNDOSE/ CONTAGIÁNDOSE/ MAMÁNDOSE/ FICHÁNDOSE/ ENGRUPIÉNDOSE/ EROTIZÁNDOSE/ MALDICIÉNDOSE/ CHUCHETEÁNDOSE/ ODIÁNDOSE/ MARCÁNDOSE/ CONDOREÁNDOSE/ DESCUERÁNDOSE/ SOPORTÁNDOSE/ EVADIÉNDOSE/ ESTIGMATIZÁNDOSE/ DESQUICIÁNDOSE/ RESINTIÉNDOSE/ PADECIÉNDOSE/ DESANGRÁNDOSE/ DEGRADÁNDOSE/ MURIÉNDOSE/

… INSURRECTOS/ INSURGENTES/ IRREDENTOS//

 

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SEGUNDO LUGAR CATEGORÍA POESÍA LIBRE

Luciana
Por Andrés Matus

 

Penetra un árbol con el viento que traes en las manos

            a ver qué movimiento de árbol

                        da un gemido de hojas locas

Acaso así                    el sordo nudo del ensueño

                                   se derritiera con el agua de la ducha

                                   sacudiendo hacia la ventana

                                   una mirada que se aparee con el viento hacia la mía

                                               entonces, qué enajenado furor de agujero negro en la pupila

                                               entonces, qué escalerado camino hacia ti sirve para

                                                           descolgar estrellas como las ampolletas se descuelgan

                                                           enrocarlas en los ojos,  mirar al infinito

                                                           sentir la dicha como el agua helada en la herida sólo basta

                                                           penetrar el viento con el árbol que traes en la mano

                                                                       caer en otra parte

                                                                                                   perdernos un momento

                                               enterrar juntos las manos en el suelo

                                               crecer desde la tierra hilvanados y besándonos

                                                           como lo hacen las raíces

                                                           por lo fierros negros de las plazas solas.

 

Y en la mitad del viento

                                       tus gritos no se escuchan

            nadie se percata

                                      del tallo que te crece del doblez de las costillas

                                      como un asta de bandera

                                      abandonada entre medio de los pechos

                        nadie nota que vas cayendo desde el cielo

            ni te escucha enterrándote de pecho en el pasto

(nadie ve cómo tus brazos se hacen ramas desde el suelo

            corteza tu piel larga, tremenda

            cómo te cubres hacia arriba por hojas

                        que desde el chorro compuesto

                                   de tu boca salen

                        sacudiendo tu laringe como un volantín en el espacio

                        cerrando tu silencio detrás de la hierba)

                                                                                                          –…no

                                   qué vergüenza caída en la calle eres

 

                             desangrándote

                                                    entera entre medio de la gente

            qué ruidoso rumor de pensamiento te transcurre

            y las bocinas de las ambulancias vienen a buscarte

haciendo circular para ti luces rojas a través del viento

sobre las paredes de las casas

sobre los gritos de los niños haciéndose hilachas de ladrillos impalpables

                                                                                              como cayendo desde una carretera rota

 

Entonces, penetra el viento con el árbol que traes en la manos

                        revuelve de hastío pájaros hacia el origen de los tiempos sollozados

                                   dobla árboles como índices cerrándose

                                               funda el lamento de rodillas sobre la arena caliente

                                               eleva la superficie de tierrilla que forma remolinos

                                                                                              lánzalos a todas partes

 

            Yo te estaré esperando debajo de los puentes

                        con la cara llena de ampolletas

                                   de tanto descolgar estrellas de tu cara

y tú, después de verter petardos multicolores, luces explosivas

            sobre las palmas hambrientas de aplausos en los ojos de la gente

                        el reflejo de las ventanas devolverá nubes a la noche

            y dentro de la sala vacía que te recibe siempre exhausta

 

       te lanzaré a deslizarte balsamosamente

a través del espiral del carrousel de mis caminos

            por entre el anhelado designio que jalo con sogas de letras

            dentro de tus pupilas que son infinitas bocas abiertas

                        infinita repetición de caras sorprendidas por un tubo de gargantas

 

                                                                       pero si me miraras a los ojos

                                                                                  coincidirían mis ojos en tus ojos

                                                                                              mis labios en tus labios

                                                                                                          reventando, dejando nuevamente

                                                                                                                                 al aire con el aire

 

 

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PRIMER LUGAR CATEGORÍA POESÍA ESCOLAR

La última huella de invierno
Por Cecilia Gutiérrez

Las noches tienen las calles húmedas de cielo,
el pavimento se viste de semáforo, color, huella y lágrima.
Se pinta como acuarela de ensueño.

Las sombras se dan un baño difuso,
los charcos espejo se tragan el gris nube,
se refugian bajo columpios, en faros delgados de cemento,
y en medio de los transeúntes pasos.

Los pies se apresuran,
los sollozos se caen por techos y ramas.
La ciudad tiene noche de lágrimas y reflejos,
sombras difusas y pasos que se van.
Humedad en la mirada, en la fusión de labios, en la carne,
la nostalgia, la pena y el frío.
Entre insomnios mojados de amantes,
y vestidos goteando las horas venideras.

Humedad en ventanas empañadas para dedos de niños,
en los techos como piel sudada,
en el barro, en el manto de cemento
y la ciudad que duerme.
Se me eleva la sonrisa con ríos esparcidos por mi rostro,
gotas desvaneciendo por los dedos hasta las letras, en delirios de media noche
junto al cuaderno y la ventana.

La lluvia madruga solitaria última pena de invierno
hasta el primer rayo del alba consumiendo la oscuridad y el rocío,
naciendo el color de nuevos pétalos.
El día contempla las huellas mojadas del fin de la estación.

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SEGUNDO LUGAR CATEGORÍA POESÍA ESCOLAR

Renunciemos a deslizarnos en el eterno vacío                                                                                               
Abandonemos y desfilemos en una impotencia agotada

Tus muslos ingenuos de hembra se
encumbran en un recogimiento
cortado por inmortales
Y solitarios. Tu pasión sombría no es más
que
un espacio de golpes en los paisajes.      

Semejante e idéntico seré adoración tropezada
por las                         calles de venas rotas

Las extremidades retorcidas Los ojos blancos


Observo elevarse ante mis sentidos los yermos
Observo espectáculos marinos las damas se reunirán
en partículas de lluvia como matrices de diluvio en el poblado


(Comprenderemos las tenues imágenes      El poro inmortal del vacío)
Proporcionadme circulación desde el mismo muslo abierto de mis moretones
de mi descendencia.
Entonces frente al ocioso cosmos se romperá y agrietará
consumadamente la lozanía y juventud del renovado y veras

Que aun desmantelado prospera
Que no percibirían vaciadas las pampas
Que un bocear camina los collados espantosos


¿Desnaturalizada, decapitada, prostituida
al parásito de carne?
De discordia los pastos/ un cenit venero/ dolor
    la matrona nunca se relevaría
     por prados malintencionados
Sobre las hierbas de huesos
        O

    Engordando los ladridos del cisco pulverizado

     Posiblemente
O se debe a que la niñita que suspira. O la Guindilla gruñe sobre la hierba quebrada.

 
Única se envuelve a los chismes estremecidos apreciando sus cuchilladas filudas
Con cualquiera diferían forzando los forrajes de heno que le 
adornaba sus castigos.  

Para que cedidos el preludio se sienta en gargantas y quebradas el berrear de
los chiquillos mamándole las multas y sólo pajas echaran un vistazo por
Los huachos.

Y me preguntas por que pude componer las correcciones de la patria
Encerrando los cañones subirían las tonalidades de la bandera
hasta todos que retornarían a dilatar el vigor de la niñez huacha
que relegaron los hombres.

 
Para ti no quiero más que un clavel blanco rugiendo y te sientes con tu niñez de huacho
y resurgiera desde sus escarmientos. Allí se manifiestan desfilando sobre
estos forrajes      cogidos toditos de deleite modulando la desidia.

  
Encuentro el poniente crujía los chamuscados senos de los
litorales expandidos y cadavéricos vaciándose como hojuelas que
la brisa agita


(Las zarzamoras se inflamaban
carbonizándose sobre los cuerpos 
Calcinados que se desaguaban dispersando
los muslos de las matronas)


Ambarino idéntico al limbo arriba de desfiladeros de viseras
-                                                                                                y
troncos de maleza extrayéndose torpemente
Que incluyendo a mis madrinas tablones de maraña sobre la campiña
donde se formó un sufrimiento de estos edenes anémicos
independientes como víboras obscenas que comen el silencio de las reinas.

  
Advierto un charco de cantos y aljófares en el océano
Advierto que Diosito lleno de cólera desentierra los madrigales
Advierto con ansia los ásperos de delgada lluvia y en las cúspides
limpias ya no se ve tu apariencia. Y olvido. Cuando
Cristo estaba todavía maduro en la cabeza del hombre
y florecía en la superficie de los pájaros de piedra.

Se encaramó sobre la costa de tus pupilas
Examinando de reojo las contrapuertas
sin entender
Sintiendo el murmullo de las voces, las
inmensidades de escollos
Encaramándose en los astros del firmamento
de nuestra comprensión
y sigues sin entender         y sigues sin quejarte
(Inseparablemente             lo que pretendías ver             era el océano)
Y los desiertos y los mares siguen siendo añil bruñido.

                                                                               
Y si los cordones montañosos estuviesen maduros todavía 
-      lograrían ser respiro a partir de todo los rincones dichosos
ondeando en marinas llanuras azules soplidos ácidos de susurros                                                           
   Cordilleranos.                                   

Las voces se suspenden en su cuello.
Los perfiles quebradizos aglutinan el eco.
La emisión metálica de los orígenes sangra.
Las cepas de estrofas son de tela dócil.

 

Sueltan los ríos que se cortejan partiendo berreado vertiente abajo en
los terrenos que nos galantean somos las eminencias sollozando
menesterosamente con los torrentes que nos
convocaban obligando nuestras señales en
las largas
majadas los
grises subían de dolor en las colosales
sabanas del cielo donde el herbaje de
las praderas negaban aflojándose
necesitadas  famélicas
desgarradas.  


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PRIMER LUGAR CATEGORÍA CUENTO LIBRE

El Moche
por Joaquín Cortés Garrido

 

Francisco se levantó temprano, tomó en brazos a su gato regalón y se sentó frente al computador. Debía terminar la traducción que había prometido entregar al editor antes de que se terminara el mes. El gato era negro, con un pelaje pulcro y brillante. Se llamaba Moche. El departamento de Francisco −dos habitaciones, cocina y un baño− se encontraba en el segundo piso de un edificio estilo francés de fines del siglo xix. Francisco abandonaba raramente sus habitaciones y en esos casos su alejamiento abarcaba apenas un radio de pocas cuadras en su deambular por el barrio de la vecindad.

Había transcurrido una semana, y el Moche no había vuelto. Ya que nunca se había ausentado por más de un par de días, Francisco imaginó de inmediato la posibilidad de una desgracia. Observó que su gato tenía para él una importancia que no había sospechado. Atropellado o quizás envenenado, imaginaba con angustia. El noveno día apareció el Moche, brincando por la ventana como lo hacía habitualmente, con actitud de “aquí no ha pasado nada”. Francisco saltó de su asiento, lo abrazó, y se puso a prepararle un plato especial de carne molida con tallarines. El gato se comió el sustento y se acostó a dormir en su cama debajo del escritorio. Sin embargo, tres días más tarde, desapareció nuevamente. Esta vez, dada la experiencia anterior, Francisco lo esperó con menos ansiedad. El gato volvió cinco días después, con la naturalidad de siempre.
El misterio de los vagabundeos del Moche sumieron a Francisco en reflexiones tan absortas que las hubiera querido durante la elaboración de sus escritos y traducciones. Pensó que alguien tenía que estar alimentándolo durante sus escapadas
−¡Intentan robarme el gato! −exclamó convulso, mientras caminaba con pasos rápidos a lo largo de la habitación.

Podía mantenerlo encerrado, fue lo primero que se le vino a la cabeza, pero sabía que no lo haría. ¿Habría que resignarse? Recordó entonces el dicho popular: “Nadie sabe si es dueño de un gato.” Y entonces, se le ocurrió: seguir al gato era imposible, pero podía utilizarlo para indagar lo que sucedía en sus caminatas, simplemente enviando con él un mensaje al intruso que pretendía compartirlo
−¿Acaso son los pellets los que te han estado conquistando? −dijo Francisco, mirando al Moche− Te he explicado hasta el cansancio que no son buenos para el hígado.

En la ferretería encontró el collar perfecto. Le zurció al costado una pequeña cartuchera de cuero sobre la cual mandó a imprimir con letras de fuego: “De parte del dueño de este gato”. Dar la dirección o su número telefónico arriesgando su anonimato, de ninguna manera. Finalmente, no se lo había preguntado hasta ahora, ¿era un hombre o una mujer el presunto culpable? Ocupó toda la mañana en redactar una esquela de dos líneas: “Desde hace cuatro años este gato negro ha sido mi único compañero. ¿Puedo preguntarle cuales son sus intenciones? Francisco”.

¿No es una carta demasiado formal para referirse a la existencia de un gato?, se preguntó Francisco al que siempre perseguía el temor al ridículo. Colocar mi nombre en la misiva no me compromete, decidió, y permite romper la excesiva impersonalidad del mensaje. Un recurso político que mantiene la necesaria distancia pero coquetea con alguna forma de acercamiento, pensó un tanto inquieto con una circunstancia que entreabría una abertura hacia alguna parte.
−¿Te das cuenta que la culpa sólo es tuya? –parloteó, mirando cómo el Moche desarrollaba meticulosamente sus actividades de aseo en la más absoluta indiferencia.
Y entonces le colocó el collar con el temor de que intentara quitárselo con sus garras. Pero no, seguramente recordaba los antipulgas que le recomendó el veterinario hacía dos años. Ahora, quizás por eso mismo, parecía ostentar una expresión de orgullo mientras caminaba hacia el balcón agitando su larga y frondosa cola. Y al día siguiente, tal vez para exhibir lo antes posible su nuevo regalo, desapareció.

El retorno a la ansiedad de los primeros días de vagabundeos felinos tuvo esta vez, sin embargo, otro carácter. Ya no era el gato el sujeto de las emociones, sino el collar con su ventana abierta a las posibilidades de la vida, como filosofó Francisco con una enigmática sonrisa. El Moche demoró seis días en regresar, durante los cuales Francisco intentó desaparecer en la realización de sus traducciones. Lo primero es lo primero, dijo a su llegada, y corrió con fuerza la cremallera que cerraba el escondrijo del collar. Y allí, enroscada hasta formar un pequeño cilindro, estaba una esquela que Francisco observó con asombro y tomó luego entre sus manos. “Este gato negro −leyó−, cuyo nombre es Dionka, ha establecido últimamente su domicilio en mi residencia. Tiene una cama redonda con un colchón amarillo en el pasillo de la entrada. En general se manifiesta muy contento, excepto durante algunos días, de vez en cuando, en que le da por esfumarse. Alejandra.”

El tono humorístico de la esquela le resultó divertido a pesar de las circunstancias. La ironía traslapada entre las líneas de la carta, ¿tendría alguna intención oculta? Francisco observó que Alejandra también mantenía el anonimato. ¿Quién sería el primero...? No, era mejor que transcurriera algo de tiempo, pensó mientras escribía: “El Moche es muy sensible a pequeñas actitudes de las que el amo debe cuidarse. Levantar la voz, por ejemplo, lo perturba bastante y hay que dejar alguna ventana abierta hacia el exterior durante la noche, ya que es algo claustrofóbico. Te advierto, por si se enferma, que este año aún no lo he vacunado. ¡Ah!, me olvidaba: cuando en la mañana se despierta, le gusta tomar un poco de leche. Francisco”.

Era mejor no darse por enterado del cambio de nombre, así dejamos la sensación de que nos contamos las historias de nuestros respectivos gatos, pensó Francisco, mientras leía la respuesta: “He llevado a vacunar al Dionka. Aproveché una oferta y con solo $20.000 le puse todas las obligatorias: antirrábica, leucemia felina y la triple, que no sé qué significa. He comprado además una jaula para transportarlo, aunque sólo tuve que caminar dos cuadras. Se ha portado de maravillas. Se advierte que es un gato bien educado. Debe haber tenido una infancia feliz. Alejandra”.

Era el siete de agosto y arreciaba la frescura del invierno. El Moche había salido hacia la casa de Alejandra. Esta vez, sin embargo, un par de horas más tarde, estaba de vuelta. Eran las once de la noche. Cojeaba visiblemente de su pata izquierda y tenía algunas magulladuras en el rostro. Aparentemente había sido atropellado. Esa noche no quiso comer y se acostó a dormir a los pies de la cama. Al día siguiente sólo una leve cojera recordaba el episodio, pero se dedicó a seguir a Francisco por toda la casa durante la jornada. Su inseguridad lo hacía manifestarse como un gato afectuoso y aprensivo.

Había transcurrido más de una semana y el Moche ya estaba curado de su cojera y parecía haberse olvidado del accidente. Pero se había transformado en un gato casero que sólo coqueteaba con el exterior espantando algunas palomas que osaban detenerse en el balcón. Se había olvidado completamente de la calle, de sus salidas y de Alejandra. Y entonces, Francisco advirtió el peligro. Alejandra no existía, sólo el Moche tenía la capacidad de darle vida. Las cartas se habían quedado vacías, sólo significaban un puñado de palabras sin una referencia, una dirección, un teléfono. Habría que esperar un tiempo. Y, mientras tanto, ella, ¿qué se estaría imaginando?

Durante toda la mañana Francisco se ha dedicado a husmear en las entrelíneas de las cartas de Alejandra. Son catorce, y las ha desparramado sobre la mesa del comedor. Sólo aquí y allá aparecen algunas con referencias quizás al lugar, a sus sentimientos, a su vida. La casa de Alejandra tiene un balcón hacia el norte. Francisco está en la calle. Se ha detenido frente a una Clínica Veterinaria que se encuentra en el sector. Pregunta por la ficha del Dionka. Quizás su mujer –miente− lo ha inscrito con el nombre de Moche. A veces se equivoca, ese fue otro gato que tuvieron hace poco, pero que atropellaron. Quería comprobar lo de las vacunas, su mujer había perdido los certificados y no recordaba los nombres, salvo la antirrábica, claro... El veterinario es algo viejo, pero atento. No, no tenía una ficha con esos nombres. Habrá que buscar en clínicas más distantes. Francisco confecciona una lista y logra ubicar nueve de ellas que se encuentran en un radio de veinte cuadras desde su casa. Pero no, ni el Dionka ni el Moche aparecen en ninguna de ellas. Francisco no sabe qué hacer. Quizás Alejandra no vacunó al Moche o dio otro nombre en la clínica y ya no había esperanzas.

Entre las cartas de Alejandra que le ha dado por revolver, hay una que tiene un tono particular y donde el gato ocupa un segundo plano. Parece que Alejandra quisiera decirle algo y luego se arrepiente: “Hoy me compré un par de zapatos de taco bajo para trajinar en casa. He dejado al Dionka durmiendo en el sofá del salón. Regresé caminando lentamente desde la zapatería tratando de imaginar que alguna de las casas que iba dejando atrás, las que tenían un balcón, era la tuya. Espero que no te parezca que estoy diciendo tonterías. Alejandra”. Deberíamos haber dado un paso hacia nosotros, piensa Francisco. ¿Cómo no pensamos en la fragilidad de nuestro contacto? Tal vez Alejandra es una pequeña viejecita solitaria. Francisco no logra imaginársela. Acaso podría ser también una mujer interesante de la que al menos sabía que le gustaban los gatos.

Han transcurrido varios meses, tiempo suficiente para perder las esperanzas. El Moche se ha ido transformando en un gato algo gruñón que se lo pasa durmiendo. Es todo lo que me ha dejado Alejandra, reflexiona Francisco mirándolo ronronear. No puedo quejarme, si hasta tenemos un pasado: las cartas y el Dionka. Una vez había soñado que le llegaba una carta dirigida “al dueño de un gato llamado Moche”. Pero se había despertado antes de abrirla. El Moche se ha metido en una caja de cartón hace algunos días y no quiere comer, sólo se levanta con dificultades al baño y a tomar un poco de líquido. Francisco busca en la guía telefónica para llamar a un veterinario: hay uno que vive a pocas cuadras, el doctor Formas, que resulta ser un cincuentón con un maletín de médico que ausculta al Moche con un estetoscopio.
−La cosa puede ser seria −dice−. El riñón y el hígado están muy inflamados, debo sacarle una muestra de sangre −anota los datos en una libreta− los exámenes estarán mañana en la tarde.
Francisco se ha quedado acompañando a su gato. El cuerpo del Moche está frío. Tiene hipotermia, dijo el veterinario, póngale un guatero. Francisco ha colocado la caja encima de su cama para tenerlo cerca durante la noche. Le hace cariño a través de un pelaje que ha perdido la suavidad y el calor. El Moche le responde con unos maullidos silenciosos, ya no tiene fuerzas, los maullidos no se escuchan. Pero la intención vale y Francisco se imagina que se está despidiendo. Mañana sabremos lo que tienes, le dice, animándolo, tu sangre se la ha llevado el doctor y te traerá remedios. Francisco se ha quedado dormido con su mano puesta sobre el cuerpo del Moche. No ha podido resistir el sueño, ya es muy tarde. A través de las cortinas se dejan ver destellos de luminosidad, algunos pájaros inician sus trinos. El amanecer aparece con lentitud y Francisco despierta bruscamente. Está vestido encima de la cama, tratando de recordar. Y entonces siente que su mano descansa sobre el cuerpo frío del Moche que ha dejado de respirar. Le cuesta reaccionar: primero debe despertarse bien y luego absorber el lánguido sentido de la muerte. Sólo es un gato, piensa. Pero no, el argumento no logra persuadirle. Francisco se ha levantado para servirse un café. La caja permanece encima de la cama. Mala cosa, Moche, esto de abandonarme. Si tuviera un jardín te habría enterrado entre las flores. Aunque hay un canal que atraviesa el barrio, sólo queda a dos cuadras. Tendrás un entierro de marino en alta mar, como en los libros de piratas. No podría abandonarte en el basurero del edificio. Francisco envuelve al Moche en una bolsa de plástico que introduce dentro de la caja amarrándola cuidadosamente con una cinta de seda roja. Es temprano, nadie se ha levantado aún y las calles están vacías. Francisco observa, apoyado en la baranda del puente, cómo giran los remolinos en medio de los pequeños oleajes que definen el sentido del torrente. Y entonces, con la lentitud solemne de una ceremonia, deja caer la caja, que se aleja flotando a la velocidad de las aguas. El Moche se aleja, la caja se hace cada vez más pequeña y Francisco piensa en Alejandra. Pero entonces, cuando medita en lo tenue que suelen ser los lazos que empalman las circunstancias, se le viene de pronto a la cabeza un golpe de lucidez. Tuvo que enfermarse el Moche para que, apresurado, instintivo, sin pensar en nada, abriera la guía, la de las páginas amarillas, en las palabras médico veterinario y eligiera el que estaba más cercano, en la calle que cruzaba la suya a dos cuadras de distancia. Y, sin embargo, hacía ocho años, buscando el domicilio de Alejandra, cuando abrió las páginas amarillas se le vino a la cabeza otra palabra: clínica, el lugar que parecía natural para llevar un gato a vacunarse. Pero, ¡Dios mío!, los médicos veterinarios pueden también vacunar en sus pequeñas consultas o hacerlo a domicilio. Francisco se ha puesto pálido. Ya son las diez de la mañana y va donde el Doctor Formas a contarle del Moche. Es el veterinario más cercano a su casa. ¿Será posible?...
−Lamento lo del Moche −le dice el doctor−, pero no había nada que hacer. Cuando el cuerpo se desmorona no hay por donde detenerlo. A esa edad todo es inestable, hay que aceptarlo.

Francisco pregunta por las fichas, pero el doctor Formas no había vacunado al Moche. Comprueba que hay siete médicos veterinarios cerca de casa. Y entonces, en la tercera visita, el doctor Méndez, el libro de vacunas, y ahí está el nombre del Dionka. 27 de mayo del 2006, Alejandra Ramírez, calle Los Placeres 324, departamento 128. Francisco no puede creerlo. Comprueba que la dirección existe, es un edificio departamentos. Sí, hay un pequeño balcón, pero en un primer piso. Quizás por eso no lo había visto. ¿Qué hacer? La interacción de las existencias depende de tan poca cosa: un gato, la elección de una palabra en una guía de teléfonos. Ha tocado el timbre del departamento 128. Y allí está ella, seguro que es Alejandra, piensa antes de preguntar. Finalmente no es una viejecita. No está mal, piensa Francisco, ojalá sea también una solitaria. Se ha quedado mirándola, no sabe que decirle.
−¿Alejandra Ramírez?
−Sí, soy yo.
−¿Sabes?, se nos ha muerto el Dionka.

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SEGUNDO LUGAR CATEGORÍA CUENTO LIBRE
Making of of the making of
Por Ashle Ozuljevic Subaique

 

El día en que se encontraron no se reconocieron como almas gemelas, no se enamoraron ni nada. Ella miraba detrás de él, en búsqueda de esa amiga impuntual que nunca llegaba cuando se la necesitaba. Pero se le cruzaron esos ojos instigadores, los miró un segundo, con la terquedad característica, y luego los perdió para siempre.
La vida, instantáneamente y como es lo habitual, comenzó a modificarse. Fue que la amiga tardaba más de lo necesario, que la amiga no llegaba, que la amiga estaba pa la cagá porque el pololo la había dejado por otra y qué sé yo. Fue el ir a consolarla, y el ahogo en el Metro, el nerviosismo por no saber cómo consolarla, el sueño por lo largo del viaje.
Y entonces, fue que después de decir lo adecuado, después de subir el ánimo y de irse a casa porque al otro día la vida continuaba, pasó. El sueño recurrente que desaparecía para dar paso a otro. A uno donde un joven, un él, se enamora de una ella irreal, una ella que no tiene novio, que no tiene familia, que no tiene casa. Una ella que sólo vive para ser ella  en la vida de él.
La primera noche ni siquiera recordó la historia que su inconsciente bosquejaba.
Pero la segunda, la tercera, la decimoquinta, ya había un clic que le sonaba por las mañanas, como un  despertador biológico pero nada que ver, cómo se te ocurre. Un clic como alarma, de algo. De nada, lo más seguro.
El él de los sueños no le era familiar, no le era atractivo ni le parecía simpático, era simplemente una imagen recurrente que a fuerza de repetirse meticulosamente, se fue ganando un espacio en el cuadernito de anotaciones hueonas que dejaba en la cómoda. Así es que fueron pasando las cosas.
Él comenzó a tener novia y dolores de guata. Además fumaba mucho, veía tele, se masturbaba con frecuencia y pensaba en ella… en la ella de los sueños, cómo que en quién… Le delinea los ojos café, el pelo negro, los labios que no recuerda pero que inventa según el gusto del día, rojos, pintados, gruesos, pequeños, chupadores…
Mientras, ella, la verdaderasincursiva, asistía a clases, tomaba café, comía con los papás y salía con las amigas, incluso con la que había sido pateada pero que ahora había descubierto, a su vez, el gran favor que le habían hecho, perdiendo para ganar, quién lo diría.
Paralelo a ello, él, para bien, ya no sufre del estómago pero, para mal, ha terminado su relación amorosa. Él ha decidido unilateralmente que sólo tiene cabeza para ella, para la mujer sin casa ni vida que, alma de mártir, sólo vive para él, para que él en los sueños de ella la imagine a ella.
Ellasincursivas está devastada. Le caía bien la polola sin nombre que llamaba por teléfono y que en realidad no quería tanto a él como lo necesitaba. Hasta nombre le había puesto, María, se llamaba la pobre. Pero no hay más que resignarse, se dice un día, sorprendida por tal declaración.
Decide, ese día, dejar de escribir la historia, pasa un día, pasan dos. Pero al tercero cae nuevamente, abrumada por la insistencia del sueño. Escribe a la mañana siguiente lo que vio esa noche y, más encima, lo de las dos anteriores. Se siente, de un día para otro, un pequeño dios. Ha comenzado, sin darse cuenta, a dormir más horas, a acostarse más temprano, muy temprano, a no salir con amigas, a desechar citas con hombres, ha dejado el café sustituyéndolo por agua de naranjo, una receta familiar. A veces llega a dormir más de doce horas continuas.
−Sorpresivamente, mamá, en la universidad ya no tengo clases por las mañanas −se ha oído decir frente al espejo y frente a su madre− así que ahora entro a la una de la tarde, no es necesario levantarse tan temprano.
En los sueños él callaba ante su exnovia, ante ella, o para ser más precisos, ante la imagen de ella, porque a ella sólo la había visto una vez, en la calle dentro del sueño, callaba ante su abuelo, y finalmente ante la televisión. A ella eso le parecía gracioso, inocente, amable, del verbo amar, por supuesto, y por lo mismo, totalmente insensato. Cuando se dio cuenta de eso, realizó un par de llamadas y se contactó con un siquiatra, amigo de la familia.
−El cansancio por final de semestre me tiene así, es el estrés −se vio diciéndole en la consulta, consiguiendo una cajita de pastillas para dormir mejor y más. Y más.
Así, adelantándose los procesos, fue que supo más de él, de él pensando en ella, de él ideando modos para verla a ella, de él olvidándose de ella y volviéndose un panquequito echado por dios en medio de su cama, recordando episodios con la ex que aún no era ex pero que, ellamayúscula, ya reconocía como tal, a él mintiéndole a la exnoex, a él buscando que hacer con su tiempo para no estar con la aúnnoex ni pensar en ella, a él inventando actividades para no aburrirla a Ellaverdadera, que lo soñaba más encima y que tenía que mamarse días completos de inactividad de este personaje onírico de lo más pajero que le había tocado.
Así, ella decidió soñarle una vida más entretenida. Lo soñó en el cine pero él, porfiado, dejó de asistir por no sé qué. Lo soñó viendo películas en la casa, sintiéndose un cinéfilo de primera, pero entonces él, hombre hasta en sueños −escribía ella en su libretita− decidió que se interpondrían entre él y sus películas, su abuelo, la tele, el cable y el fútbol.
Comenzó entonces a soñarlo esperando largos partidos, viendo incansable las repeticiones de los goles y los programas de los domingos después de medianoche, y era tal la diversión de esos sueños que ella misma empezó a ver los partidos, a ir al estadio, a aprenderse los nombres de los futbolistas famosos y los buenos para nada.
Así, un día, ellalaverdadera va hojeando estas revistitas de deportes que salen los fines de semana en los diarios, la va hojeando, la va estudiando, esa noche ha soñado poco con él, porque ahora empieza a soñar a los futbolistas de segunda y sus vidas minúsculas, entonces va metida en los nuevos pases y los préstamos de equipos importantes cuando, por supuesto sin saberlo ella, porque de tonta no tenía ni un pelo, una camioneta dobla en segunda fila y a máxima velocidad, pasándole por encima, rompiéndole la revista en dos pedazos, que quedaron tirados unos metros más allá, pegados a la cuneta asoleada.
Esa noche sueña, claro, dentro de su inconsciencia. Sueña con él y sueña con ella. Los ve despidiéndose, en la buena onda, como amigos de toda una vida, de meses de confianza onírica, los ve pero sin saber si esa despedida es para siempre o es para un rato, los ve borrosos, la verdad, no distingue bien los rasgos de ella ni los ojos que ya tanto le gustaban de él.  No ve si el beso es en la mejilla o en los labios, si sonríen o están serios, sólo siente ya, a estas alturas de la morfina, ese “chao” tan suavecito, tan liviano. Escucha una voz de hombre conocida-desconocida hablar con la voz conocida de su mamá, oye unos pasos sobre el piso (siempre tan) frío de la habitación del hospital, y huele un perfume familiar. Después de eso, se queda dormida de nuevo, pero ya no sueña nada. Esa mañana no podrá escribir lo soñado la noche anterior, por dos motivos, porque no hay sueño, y porque no.
A la mañana siguiente tampoco habrá escritura, ni a la que vendrá después. La libretita hueona ha quedado sobre la cómoda, y el polvo que la cubre la mella, y el olvido la destroza, y el desconocimiento la fulmina, haciéndola salir −personajes incluidos− de la vida en el hospital, de la calle, de la cancha de fútbol y del mundo.

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PRIMER LUGAR CATEGORÍA CUENTO ESCOLAR

Heroin chic
Por Sofía Ormazábal Arriagada

 

Kate se creía la más afortunada. Estaba sola en el baño, al fin. Nadie en su casa para molestarla. Nadie para estropear aquellos anhelados momentos de pasión con su aguja.
Un simple pinchazo y el tic-tac del reloj se detenía. Empujar un poco el émbolo y los gritos de sus padres se esfumaban de su mente. ¡Ay! Qué manera de amar aquel ritual. Bendecía el momento en que estuvo bajo los efectos de su sustancia preferida por primera vez.

Despertó en la bañera e intentó que sus escuálidas piernas le permitieran ponerse de pie. Gracias a un hilo de luz solar que se colaba por el espacio entre cortinas, descubrió que ya era de mañana. Debía acudir a la escuela y tenía asuntos que atender. Como siempre, salía atrasada. Qué le importaba perder clase, después de todo, sabía que era imposible que fuera reprobada.

Tomó el primer bus que pasó y recordó que no había comido nada en tres días. Hurgó en su bolso y no encontró ni rastro de algo comestible. Sonrió con orgullo, mientras acariciaba los sobresalientes huesos de sus caderas. Somnolienta, se escurrió por los pasillos de la escuela y fue a su clase de álgebra. No se molestó en tocar la puerta. Como un espectro cruzó la sala sin ser notada y se dejó caer en el último asiento.Sacó un par de papeles para simular que trabajaba, aunque, para ella, las matemáticas no eran ningún problema. Estaba acostumbrada a usarlas y amaba todo lo referente al ámbito financiero. Lástima que el álgebra no tuviera nada que ver con aquello. Eso la transformaba en algo desechable.
Desechable, tal como su aguja, tal como su vida.

Kate no conocía el miedo. Hacía mucho tiempo que era incapaz de experimentar sensaciones fuertes. Y no había manera de que llegara a extrañarlas. Le debía todo a su amada, que la protegía de esas horribles pesadillas y la sumía en aquel placentero letargo.

Kate notó con satisfacción que el último paquete había desaparecido. Había cumplido su meta; al día siguiente podría abastecerse nuevamente. Sin alarmarse, se dio cuenta de que había rastros de su negocio en el suelo del armario del conserje. Lentamente acercó la cama al suelo y cual aspiradora, dejó todo libre de aquel polvillo. No se sentía ni la mitad de bien que un shot de su razón de vivir.
Echando miradas furtivas hacia los lados, salió del armario y, cautelosamente, se inmiscuyó en un salón.
−Llegas tarde. ¿Crees que no sé lo que estabas haciendo?
−Lo siento. Ya se me acabó.
−No me interesa. Eso no es lo que busco –había un dejo de ironía en la voz del maestro.

Kate se dejó caer. Por su amor, lograba ser lo sumisa que nunca habría podido ser en otra situación. Sumisa, pálida, escuálida, fría. Sin vida, un cadáver. Se arrodillaría cuantas veces fuera necesario para cumplir su cometido. La dignidad no era nada comparada con la necesidad. ¿Qué caso tenía luchar contra algo más fuerte que ella? ¿Qué caso tenía luchar contra algo que disfrutaba? Después de todo, se marchaba a casa con las manos llenas. Con las venas llenas.

Kate no lograba comprender por qué la gente parecía rehuirla. Si ella era linda, inteligente y tan, pero tan pasiva… ¿Amigos? Algunos, en los viejos tiempos. Pero en su nebulosa mente no lograba encontrarlos. No sólo eso: al parecer, la mayoría de sus recuerdos eran borrosos. Nada que valga la pena, se repetía a sí misma.

Pero había algo que sí recordaba. Precisamente del tipo de cosas que trataba olvidar. Su padre, y su amada. Las dos cosas que más quería en el mundo. Gritos. Disparos. Agujas. Su madre. El arma. Más gritos. Llantos. Aguja. Golpes. El interior de un clóset. La policía. La aguja en su brazo. Destellos la cegaban de vez en cuando, despertando algo en aquella niebla que correspondía a sus pensamientos. Prefería olvidar sus problemas y confortarse con la imagen que proyectaba. Después de todo, era hermosa. ¿Que más importaba en la vida? Ciego aquel que no pudiera apreciar sus largas y esbeltas piernas, con sus rodillas perfectamente angulosas. O los sobresalientes huesos de sus caderas y hombros. El resplandor de los relieves de sus costillas y clavícula. Sus protuberantes labios, el elegante tono violeta del contorno de sus ojos. Su pelo y uñas quebradizas. Frágil, elegante. Al igual que una muñeca de porcelana, pero mejor. No blanca, pero de un color papiro, escrito con las marcas rojas y moradas de cada una de las incontables sesiones de placer.

Kate sentía una gota que caía sin piedad sobre su cabeza. Era pequeña, pero, sin embargo, la colisión de la gota con su pelo enmarañado desataba un profundo dolor. O mejor dicho, ahondaba una llaga anterior. Se sentía mareada y, al igual que muchas veces, no tenía idea dónde estaba. Entreabría los ojos, estiraba los dedos y se contorsionaba un poco en aquella gélida cerámica con el fin de descubrir dónde se hallaba.

Con una manga se secó la cara y escrutó lo que veía. Un piso lleno de agua, baldosas y un espejo roto, un lavamanos partido en dos. Se sumaba a eso un olor al que estaba más que acostumbrada. Se quitó el pelo de la cara y descubrió que tenía las manos empapadas en sangre. Su cabello, del color y textura pajosos, se hallaba bermejo y conformaba una masa dura e informe.  Se miró en el turbio reflejo del agua. Aquella imagen le provocó repulsión. Se miró con asco y le dio una patada a la superficie del agua, para no permitir que sus cansados ojos siguieran sufriendo. Seguido de eso, se acercó a uno de los lavamanos más cercanos y luego de ver su horroroso doble en un trozo de espejo, se introdujo los dedos en la boca, al punto de golpear su campanilla.
A pesar de que lo odiaba, la bilis se sentía mil veces mejor que la sensación de fealdad.

Se lavó el rostro, quitándose las manchas de sangre seca que le cubrían la nariz. Aún se repugnaba. Volvió a vomitar. Después de expulsar lo poco que tenía dentro, optó por encender uno de los cigarros húmedos que contenía su bolsillo.

Kate, la hermosa Kate. Con sus caderas translúcidas meneándose al compás de su movimiento. Kate, la loca Kate, con el pelo hecho un nido y las ojeras ofreciéndole una expresión de completa indiferencia al resto del mundo. Kate, inmóvil. Kate, la tímida. Kate, sin ánimos. Kate, apática. Kate, flemática. Kate, Kate, Kate, Kate, Kate. La sin alma, la vacía, la desorientada, la perdida. La oscura, la fría, la obsesiva, la compulsiva, la dependiente, la que de a poco moría. La desabrida, la escuálida, la inconsistente, la inexistente.

Viaja por un limbo eterno y se sitúa en un camino rodeado de espejos. Mira su rostro y se arranca un mechón de su cabello; mira su cuerpo y vomita tres veces. Mira sus brazos y la ansía a ella. La ama a ella, la necesita a ella. Y, aunque la siente recorrer sus venas, la siente lejana, ajena. Poco a poco se le va acelerando el corazón, poco a poco la siente aún más apartada. ¿Por qué? Si ella la ama tanto, le entrega tanto, hace todo por ella. Vive en torno a ella, vive por y para ella. Si son como una. No hay Kate sin heroína. Y no hay…Alto: sí hay heroína sin Kate.

Kate intenta sacarlo de su mente. Se siente traicionada. Llama a grandes voces a su amada y corre tras ella, por poco la alcanza. De súbito se levanta y ve su brazo hinchado, con la jeringa aún adentro. Kate la contempla durante segundos que parecen meses, y la toma para recargarla. La quiere sólo suya, junto a ella para siempre. No lo piensa dos veces y busca el punto donde establecer el ansiado vínculo. Siente el dolor de la aguja penetrante. Se saborea y excita al simple toque de la punta metálica. Disfruta cómo su sangre se va transformando poco a poco en aquel elixir sagrado. Siente que cae por el abismo de su propia decadencia, mientras su amada le toma y suelta la mano repetidas veces. Presiona el émbolo con todas sus fuerzas. Siente cómo revive de la mano de su amada, cómo se libera de la mano de su amada.
Porque la aguja le entrega la vida que, en realidad, nunca tuvo.

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SEGUNDO LUGAR CATEGORÍA CUENTO ESCOLAR

Buen viaje
Por Por Irina Alarcón Kunakov

Ese día no despiertas como todos los días. No puedes.
El despertador suena tipo cuatro, cinco de la mañana, y te levantas sintiendo el cuerpo cortado y un sabor amargo en la boca. Saludas con un gruñido que no quiere decir que estás enojado, o triste. Tan solo tienes sueño. Mucho.
Te duchas en turnos, rápido, porque tienes el tiempo medido: diez en bañarte y vestirte, un rato después directo a preparar desayuno. Normalmente tomas desayuno con todos, sentados con la cara hundida en las tazas. Te pesan las manos, y no tiene nada que ver con cuánta agua o cuánta leche tiene el vaso. Alguien podría sugerir levantarse con más tiempo. Lavas los platos mientras el resto guarda las últimas cosas en la maleta, el pijama, el desodorante, otro par de calzones. Y, por supuesto, el cepillo de dientes. Siempre a alguien se le queda el cepillo de dientes.
La ropa que te pones tampoco es la de todos los días. Te pones algo abrigado, sea invierno o no, porque en la mañana siempre está fresco acá en Santiago, y sobre todo porque en el aeropuerto hace frío a esta hora. Agarras todas las valijas sin mucha conciencia de lo que estás haciendo y las metes al auto. Te subes, los asientos están fríos, huele a bolso viejo de playa, lleno de arena. Te duele caminar, pues, por lo general, no te arreglas bien los calcetines, ni los pantalones, ni los zapatos.
Comienza a andar el auto y uno trata de dormir inútilmente, porque ya despertó y cuesta quedarse dormido los treinta minutos que dura el viaje al aeropuerto. Casi no hay gente en la autopista. En la Ciudad Empresarial están todas las luces apagadas. Ahora no tienes la boca amarga, sino que con sabor a pasta de dientes. Y hagas lo que hagas, no hay forma de quitarlo hasta que subes al avión.
Llegas al aeropuerto. ¡Llegamos! Alguien va a buscar un carrito, pero por alguna extraña razón, siempre, siempre, sin excepción, tomas uno al que se le desvía la rueda de adelante. Te pasa un avión por encima y los oídos ya comienzan a dolerte.
Entras, buscas la fila que te corresponde, sacas los documentos. Por lo altavoces te dicen que el vuelo ya va a llegar, que tengamos paciencia o algo parecido. Seguramente no son tan amables como lo describo. Hay un rumor discreto, bajo, como un ronroneo. El edificio entero suena, los pasos tat tat contra las baldosas, una máquina contenta, shaga shaga del cajero automático, un bebé llora, las rueditas de las maletas contra la alfombra, tin tan tin, un teléfono.
Finalmente, entras. Vas a la puerta que te corresponde, y no hay nadie. Nadie. Buscas un sofá vacío y te acurrucas, pero tus piernas son muy largas, el respaldo muy estrecho, tu chaqueta muy pequeña, el ambiente muy artificial. El murmullo crece y te adormece, cabeceas un poco, solo un poco, hasta que te mueven con suavidad y de alguna mágica manera, estás en el asiento. Solo. Nadie te mira, nadie te saluda. Y por supuesto, olvidaste el libro que traías en la maleta.
Cuando se enciende la señal de Abrochar los cinturones uno se relaja, o lo intenta, y apoya la nuca contra el asiento. Al menos este respaldo sí es alto. El avión comienza a subir, a subir, a subir, hundiéndose en las nubes. Todavía te duele el cuerpo, no hay manera de subir los pies. Las rodillas se entumecen con la sola idea de que el viaje dura cinco horas. ¿Eres sensible a la presión? Horas de tortura. Ni el chicle ni las pastillas te van a ayudar.
Te apoyas en la parte superior de la ventana y miras hacia abajo. Kilómetros y kilómetros de cordillera, tanto que no se ve nada más en el ángulo del horizonte. Es lo único lindo del viaje, si es que te toca día, pues de noche es una mancha negra. La sigues con la mirada y te das cuenta que lo párpados también te pesan, y el ronroneo del avión te canta, y te arrulla, te susurra al oído mientras sigues la cordillera, y el horizonte y el ronroneo…
Cinco horas después, abres los ojos sin necesidad de que nadie te zamarree, ni te mueva, ni nada. Es el pitido de tus oídos que se asocia al descenso, al mensaje armónico de la azafata pidiendo que te abroches el cinturón que no te has quitado en todo el viaje. Piiiit. Piiit pit piiit. Señores pasajeros, les informamos que hemos iniciado el descenso. Y uno suspira, preguntándose por qué avisan si es tan obvio, apoyas la cabeza contra la telita desechable del respaldo y miras por la ventana oscura, donde la velocidad arranca jirones de nubes con la velocidad.
Ves las luces de la ciudad como un hormiguero incandescente, y solo puedes preguntarte cuál será la luz de tu hotel, siempre y cuando tengas reserva, y que por favor tenga agua caliente y una toalla, o simplemente un colchón, una manta, algo para dormir y olvidarte por un segundo de que el avión ya está llegando.
Choque, choque, rebote contra la pista y un chirrido agudísimo se oculta debajo del rumor amargo y grave del aterrizaje. La gente comienza a moverse a pesar que el piloto no ha desactivado la luz del cinturón de seguridad. Pero tú te quedas en el asiento, viendo al frente, a la tela azul, o verde, o burdeo, sabiendo que no debes, pero no puedes evitar pensar que en dos días, o en cinco, o en tres semanas, amanecerás tipo cuatro, cinco de la mañana con un sabor amargo en la boca y el cuerpo cortado en una habitación extraña de hotel, rodeado de maletas a medio cerrar y los pasajes para volver a ese infierno sobre el velador.

 

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