Ganadores Cuento
Por Marianela Puebla
Por Jorge Muñoz
Por Carla Marchant
Por Sharon Valerdi
Ganadores Poesía
Por Nicolás Labarca
Por Gonzalo Geraldo
Por Nicole Montano
Por Ignacio Valdebenito
 

PRIMER LUGAR CATEGORÍA CUENTO LIBRE

Designio

Por Marianela Puebla*

Ayer se llevaron el cadáver de A, lo vi por el ojo de la cerradura de mi cuarto. Vivía justo enfrente de mí. Los enfermeros lo cargaron sin esfuerzo, creo que no pesaba mucho y estaba como encogido.

Yo llevaba dos días atrincherada por si acaso. No quería que viniera R a robarse mi ración, como lo hizo la semana pasada. Les declaramos la guerra antes de ayer porque cometieron una grave falta con las enfermeras y porque si no hay una disciplina, esto se va convirtiendo en anarquía. Como algunas no querían participar y son justo las más chismosas y ladronas, les advertimos que quiéranlo o no, están en esta guerra y sufrirán las consecuencias. Nos mantenemos en posición B, D y yo, H; y nos cuidamos la retaguardia. Cuando vamos al comedor, una va primero y luego va la otra, nos turnamos. Nadie más que nosotras sabe nuestra estrategia a seguir. Lo que le pasó a A no es algo aislado, es parte de esta guerra. R, J y E se quedaron con la boca abierta y sabemos que están tratando de denunciarnos, sólo que no se atreven, pues temen ser desmentidas por las propias enfermeras y por lo sucedido a A, que en paz descanse.

Apenas se fueron los enfermeros cargando el cuerpo de A, vi que sigilosamente J salía de su trinchera y tanteaba la perilla del cuarto vacío. Rápidamente, B y yo salimos al pasillo y la quedamos mirando, entonces J se hizo la guevona y nos preguntó si todavía estaba el cuerpo de A en el cuarto y a qué hora sería el funeral. B le contestó que no mintiera, que sabíamos exactamente lo que ella quería. Era mi amiga... dijo, como para engañarnos. Tú no tienes amigas, todo lo que A dejó será para nuestro grupo, nos pertenece como trofeo de guerra, exclamé, y la corrí con una mirada amenazante. J salió casi disparada a su cuarto, por el corredor la recibió E que había estado observando todo por el rabillo de la puerta. Llamé a D y nos apostamos fuera del cuarto que perteneció a A. R vino portando un trapo blanco, nos pidió una tregua para ir al cementerio. Lo consultamos en el grupo y decidimos aceptar. Después de eso, tomé mi ración, la escondí en uno de mis bolsillos, luego todas caminamos hasta el final de la galería y salimos al patio. Nadie hablaba, sólo ellas hacían como que rezaban, pero yo sabía que no era así, nos vigilaban y nosotras a ellas.

Atravesamos el pequeño bosque, allí vimos el viejo cementerio a los pies del templo, todo rodeado de acacias y pinos que envuelve en un ambiente de paz y a la vez de soledad en el camposanto. Estaba el cura, las demás viejas y algunas enfermeras del asilo. Nos quedamos en el mismo lugar hasta que todo terminó. Al volver, ellas se vinieron por otro camino y nosotras directo a nuestra trinchera. Antes pasamos al cuarto de A y nos repartimos el botín. A mí me tocó un chal de lana con una punta deshilachada y una bata de levantarse con un hoyo en un bolsillo. No había muchas cosas, ya que a A le gustaba apostar sus pertenencias cuando jugábamos al carioca. Lo último que le ganamos fueron sus pastillas para el corazón y por eso estiró la pata, a pesar de que nos suplicó que se las entregáramos, no fue así, ella las perdió en buena lid. A las enfermeras no les importa nada, ojalá todas nos muramos pronto, ellas siempre se están quejando que la paga es una miseria, por eso no se meten con nosotras, nos dejan hacer lo que queramos con tal de no molestarlas mientras mantienen sus orgías con los mozos.

Al rato llegaron J y E a pedirnos que hiciéramos las paces o un alto a las hostilidades. Quiso darme la mano pero se la rechacé, la tiene llena de verrugas. Así nomás le dije, nada de protocolos. D les respondió que por el momento la tregua seguiría hasta nuevo aviso o hasta que ellas comenzaran a violar este acuerdo.

Por la noche nos fuimos a mirar el espectáculo en vivo que dan, de vez en cuando, las enfermeras en el cuarto del fondo. A ellas no les importa que las veamos besuquearse con el jardinero y el mozo de los mandados o con los nuevos enfermeros. A veces las películas se ponen bravas cuando las manos van y vienen por debajo de la ropa. Yo pienso que gozan más con el auditorio de viejas de mierda, que abren sus bocas desdentadas pidiendo más acción. A mí me gusta cuando la Leila , una enfermera de 36 años, bien entradita en carnes y Laura, la suplente de unos 40 años, flaca y dentuda, lo hacen con el muchacho que atiende el jardín de unos 22 años y está tiernito. Las dos se lo comen a besos y le bajan el pantalón y lamidas por aquí y manoseos por allá, por supuesto que a las viejas nos da mucha calentura y gozamos con sólo mirarlos. Ay, ¿quién fuera joven no? Las enfermeras se lo pelean y lo tocan por todos lados hasta que el muchacho no aguanta más y allí mismo se vacía, y nosotras todas gritando alborotadas y muertas de la risa, pidiéndole que aguante, que aguante. Luego que termina la función hay que irse a la cama. Pero antes les damos unas manoseaditas a los muchachos cuando pasan por nuestro lado, mijitos ricos, le decimos, ¿cuándo nos toca una...? y ellos sólo se ríen, a ver si uno de estos días... ¿no? ¡Váyanse a dormir viejas calientes!, nos gritan con picardía, y nosotras todas coquetas nos vamos felices a recordar viejos amores. Esa es toda la entretención que tenemos. La mayor parte del tiempo la pasamos discutiendo con las otras y esperando que alguna se muera para ir al funeral y luego repartir sus pertenencias.

Aquí la vida es corta, muchas pasan pequeñas temporadas y se despachan por cualquier enfermedad. La comida es poca y es justo el punto de discordia entre las viejas, hay algunas ladronas que entran a los cuartos al menor descuido. A veces guardamos algo de la merienda para la noche, pero como los cuartos no tienen cerrojo cualquiera entra y desaparecen las cosas. A mi grupo le tienen recelo, somos bravas, no dejamos que nos roben y es uno de los motivos de esta guerra que tenemos con ese otro grupo, del resto de las viejas, no hay problemas, viven en los otros pasillos y son más débiles, y nos tienen respeto.

Como aquí los días son lentos y tediosos nos entretenemos jugando carioca y otras veces bingo. Los domingos son los peores porque casi no viene nadie a visitarnos, somos las olvidadas de la sociedad, lo que los familiares se deshacen con mucha facilidad. En mi caso estaba sola y por eso me vine aquí pensando que tendría más compañía. Un doctor viene cada quince días o cuando hay una defunción. Es un charlatán, nos da pastillas y recomendaciones. Creo que nos tiene desahuciadas de antemano pues no le inquieta que una se queje de algo, él sólo se limita a decir que ya pasará. Yo lo he escuchado hablando en la oficina con la Laura , dice que somos unas pobres indigentes y le recomienda que nos haga bañar más seguido pues apestamos. Vivimos de la caridad de unas monjas que nos traen los escasos alimentos, por eso es bueno que alguna se muera para que nos den más, pero en vez de eso, normalmente llegan otras.

Lo único agradable es que vamos pasando por este lugar muy rápido, muchas vienen a morirse. Pienso que como estamos tan cerca del cementerio, la tierra nos empieza a atraer apenas pisamos este asilo.

Con B somos las más compinches, nos pasamos horas charlando y pelando a cualquiera que pase cerca. D nos contó que en el otro pasillo llegaron dos viejas que son lesbianas, se la pasan de la mano y ella las ha visto acariciándose, entonces tenemos planeado ir a verlas para cambiar un poco las películas, aunque yo les comenté que ver a las enfermeras es más divertido que mirar a un par de viejas guevonas haciendo tortillas.

Me gusta observar el cuerpo de los mozos jóvenes llenos de energía, cogerse a las enfermeras una y otra vez. Son insaciables y a nosotras se nos llena la boca de baba de puro caliente, B se muere de la risa porque dice que ella era igualita a la Leila de gozadora. También participa la Matis , cuando tiene turno tarde, es muy fogosa y los mozos quieren de inmediato con ella, entonces las otras se ponen celosas, es muy divertido verlas pelearse a los hombres como si fueran muñecos. Yo pienso que la Matis trabajaba o todavía trabaja en algún prostíbulo, pues no tiene ningún escrúpulo en quitarse la ropa y exhibir todas sus partes sin la menor vergüenza, las otras son un poco más reservadas, aunque después de un rato pierden su pudor y hasta nos ignoran. Hay una complicidad tácita en el asilo, nadie habla del asunto, las enfermeras nos miran con indiferencia durante el día como si nada, pero llegando la noche ellas mismas nos permiten asistir a sus orgías. Creo que el grupo de viejas con sus miradas lascivas las calienta más que si estuvieran solas. Y nosotras nos vamos en puras miraditas y algunos chillidos y risotadas, ¿qué más nos queda? Nunca han querido prestarnos al Samuel para pasarle la mano por alguna de sus buenas partes, son muy egoístas, sin embargo no podemos ofendernos, de todos modos nos dejan observar para darnos un poco de felicidad.

Del grupo de viejas mironas sólo quedamos seis, el resto se acuesta temprano o se encuentran muy enfermas. Estamos sentenciadas a no mencionar lo de las enfermeras, de todas maneras nadie nos creería, dicen que cuando vieja uno se pone fantasiosa. Recuerdo que una vez una vieja del otro pasillo, llamada Margarita, le trató de contar algo al cura, y éste muy intrigado le habló a la Leila , ella se encargó de desmentir todo diciendo que esa viejita estaba muy mal y sufría de alucinaciones. En castigo por lo lenguaraz la salamos, me explico, es entre todas ponerle sal en el sexo, nos reímos mucho porque la vieja esa, tuvo que tomarse un baño por el escozor que la sal le produjo, fue muy divertido, claro que quedó sentenciada porque la próxima sería peor, pero se murió antes.

Para los castigos somos implacables. No queremos perder los pocos privilegios que las enfermeras nos dan, es como alargarnos en una pequeña dosis la misma vida. ¿Qué más da? ¿Cuántos años nos quedan? Yo soy la más entusiasta en no desperdiciar el poco tiempo que nos queda, por eso es lo de la guerra con las otras, ellas han quebrado el pacto de lealtad que teníamos, casi quedan al descubierto las enfermeras; una noche el médico llegó de improviso alarmado por un comentario de A y J, sobre que algo pasaba al final del pasillo, sus envidias las llevaron a ese extremo. Por casualidad escuchamos a E comentar que el médico vendría esa noche y fuimos a poner sobre aviso a las enfermeras. Cuando vino el doctor todas dormíamos como angelitos y no encontró nada anormal en el asilo, hasta nos contaron que se molestó con esas viejas. Como no podemos castigarlas ya que son tres, igual que mi grupo, entonces decidimos declararles la guerra, y tenemos el apoyo de Leila, por eso nos tienen miedo, les hemos augurado lo peor. La muerte de A creo que las tiene muy inquietas, ya están tratando de hacer las paces, sin embargo, queremos alargar un poco más esto, pues nos ha dado algo de diversión y las mantenemos a raya con la boca muy cerrada y los ojos muy abiertos.

Bueno, pienso que mañana de seguro habrá otro funeral, hay una vieja del otro pasillo que no ha dejado de quejarse en toda la noche, por consiguiente, es un anuncio no muy alentador para ella, y para nosotras, la posibilidad de adquirir algo interesante en el botín. A primera hora veremos qué nueva táctica empleamos para entretenernos. Por el momento J, R y E, creen esto de la guerra y se han sometido a nuestro designio.

* María Elena Valenzuela (Valparaíso, 1944). Utiliza el seudónimo de Marianela Puebla como poeta y cuentista. Ha participado en: Círculo de Escritores y Poetas Latinoamericanos de Vancouver, Canadá; Taller de Literatura de la Casa de la Cultura , Ciudad Guzmán, Jalisco, México; y Agrupación de poetas Itinerantes, "Rubén Darío", Valparaíso, Chile. Cuenta con numerosos premios en poesía y cuento, colaboraciones en revistas literarias y antologías, y con las publicaciones Siempre en Mí (poesía) y dos cuentos ilustrados para preescolares en México. Este año fue galardonada con una beca de creación literaria del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.


 

SEGUNDO LUGAR CATEGORÍA CUENTO LIBRE

Siete vidas

Por Jorge Muñoz*

La plaza del pueblo era pequeña y estaba rodeada de añosos árboles, en el centro tenía una fuente de piedra carcomida por el musgo y el soplo del viento, que albergaba un agua turbia de la que se habían apropiado incansables mosquitos. En una de sus calles laterales se alzaba un edificio ruinoso del cual se había desprendido un muro y por uno de sus costados trepaban porfiadas enredaderas buscando la luz del tejado, donde anidaban centenares de palomas que dejaban caer su excremento en la tierra negra que rodeaba la edificación y en la que crecían con fuerza y desorden toda clase de hierbas y malezas regadas con frecuencia por la orina de los ebrios. Desde aquel despojo de la arquitectura, conocido como la “casa de los Rodríguez”, en recuerdo de sus antiguos moradores, sólo había que andar unos setenta metros para llegar a la iglesia descolorida y rústica que levantaba al cielo la torre del campanario donde colgaba una campana enmohecida que sonaba con voz melancólica. A ella acudían todos los domingos los vecinos, más que por un fervor sincero, movidos por la rutina y los temores. Los mismos que a diario mentían, abusaban y practicaban toda clase de vicios y atropellos, se inclinaban delante de una virgen tallada en madera, de rostro inexpresivo y manos rígidas. En cuanto salían a la calle, en parejas o grupos, desataban las lenguas y la malicia, y en aquellas conversaciones llenas de resentimientos y supercherías, siempre asomaba la figura del Gato, al que odiaban porque representaba una inexplicable amenaza.

Nadie sabía cuando había llegado y de donde venía, simplemente estaba en el pueblo, como la plaza, el río y los malos presagios. Tampoco sabían su nombre, todos lo llamaban el Gato, porque tenía cara de gato y en su mirada, según decían, se ocultaba esa frialdad misteriosa que hay en los ojos de los felinos.

Vivía en un cuarto alquilado en poco precio, trabajaba en la construcción del puente que revolucionó al pueblo y no sabía leer ni escribir, pero era imposible engañarlo con el dinero de la paga semanal y muchos evitaban su contacto.

Algunas viejas que iban a la iglesia y practicaban toda clase de artes adivinatorias, decían que era un gato metamorfoseado, que tenía siete vidas, otros afirmaban que lo habían visto atrapar de un manotazo un pez que saltó fuera del río y comérselo crudo. En todo caso, si esto fuera verdad, sólo le quedaba una vida, puesto que las otras las perdió en variadas circunstancias.

La primera, según los rumores del pueblo, fue en el bar de Floridor, en una oscura noche de baraja y alcohol. Un forastero que se las daba de valentón y gracioso intentó burlarse del Gato que, como era su costumbre, bebía en un rincón apartado de los demás. El forastero lo fue buscando con palabras tontas y bromas pesadas hasta que los cuchillos salieron a relucir. La cosa duró muy poco, el gracioso terminó tendido en las sucias tablas del piso y el Gato corriendo entre las sombras y los cercos. Un tiro de escopeta lo alcanzó cuando brincaba hacia un muro. Cuentan las viejas que van zurciendo historias, que el salto que dio aquel individuo no lo puede hacer ninguna criatura humana. La herida provocada por el disparo fue grave y todos pensaban que el Gato se moría, pero antes de lo esperado el obrero felino dejaba el hospital para hospedarse en la cárcel de la cual salió pronto porque Floridor declaró que había actuado en defensa propia.

En otra ocasión –era una tarde helada y lluviosa–, le apostó a un compañero de trabajo, que cruzaría el río a nado y como no acostumbraba a repetir sus palabras se lanzó a las aguas. La corriente y el viento que avanzaban con fuerza inusitada lo arrastraron hasta perderse río abajo, el agua turbia corría con fuerza escupiendo espumarajos de piedras y fango, y el cielo tempestuoso y la lluvia amedrentaban a los más duros. Esta vez el pueblo lo dio por muerto. Las cuadrillas de rescate organizadas por la empresa constructora y la acción de la policía sumada a la participación de numerosos voluntarios que deseaban hallarlo convertido en cadáver, llegaron a la conclusión de que era imposible que se salvara. Sin embargo, al tercer día el Gato apareció en la obra, silencioso y sereno, y quienes lo vieron se quedaron boquiabiertos, igual como si contemplaran a un fantasma.

Como el pueblo esperaba con maligna ansiedad un acontecimiento que pusiera fin a la vida del hombre que según las zurcidoras de historias era un gato, todos estaban atentos a sus pasos; el viento, la campana de la iglesia y las caras ocultas detrás de las puertas y las ventanas empujaban el rumor. Más de alguien marcaba las vidas que iba perdiendo y se alegraba cuando al Gato le ocurría un accidente o cualquier cosa que lo acercara al infierno. Por eso hubo tanta expectación cuando Rosario, una puta joven y arisca, le clavó un puñal en el costado porque el Gato encontró demasiado elevada su tarifa y le pagó la mitad de lo que ella pedía. El hombre se quitó el puñal, lo lanzó a la cama y apartó a la muchacha de un bofetón, luego se marchó sin decir una palabra y nadie se atrevió a interponerse en su camino. A la mañana siguiente estuvo en el puente dispuesto a laborar.

También causó revuelo el accidente ocurrido en la obra, un desprendimiento de material aplastó a catorce obreros y cinco murieron, tres quedaron graves y el resto con fracturas y lesiones leves. El Gato estuvo entre ellos, pero no sufrió más que unos cuantos hematomas y heridas menores. Ayudó a trasladar a los muertos y a los heridos a los camiones que los llevaron al hospital. Las mujeres y familiares de los obreros accidentados lloraban a gritos, culpaban al Gato de la desgracia. Por su parte, las viejas echaban las cartas y leían en el humo de sus cigarrillos, buscando respuestas y nuevos presagios: “Ya van cuatro, sólo le quedan tres”. Decían sonriendo maliciosamente.

La única que no hablaba, sea por miedo o tal vez porque lo amaba, era Estela, la mujercita delgada y pálida, de ojos claros y pelo ondeado, que le arrendaba la habitación al Gato. Según el rumor se acostaba con el misterioso obrero y amanecía arañada y sangrante; pero Estela no hacía caso y mantenía hacia él una fidelidad tenaz. En la feria, la iglesia o la panadería, apenas le dirigían la palabra, la aislaban porque se había entregado a un gato y tendría hijos con garras afiladas y ojos redondos, de pupilas que se dilatan en la sombra. Era ella la que multiplicaría la estirpe de los hombres felinos.

Por las noches, el azulado humo de los cigarrillos volvía a subir hacia los ennegrecidos techos y las cascadas voces de las viejas repetían: “Ya van cinco…” Revolvían las brazas del fuego, cambiaban miradas de complicidad, sumaban y encadenaban los acontecimientos esperando que llegara el número siete, y el torvo rumor se colaba igual que el viento entre las puertas y detrás de las cortinas, como un aire fétido que envenenaba a quienes lo aspiraban.

Cuando el Gato perdió su sexta vida, un estado de maligna satisfacción se apoderó de los hombres y mujeres que a diario circulaban por las callejuelas estrechas y sucias. Eladio, el hijo mayor de una de las viejas más conocidas, se ofreció para liquidarlo de un tiro. Otro tanto hicieron el dueño de la botillería, el panadero y el secretario municipal. Se formó un grupo de hombres armados que estaban dispuestos a darle muerte al misterioso afuerino, esto con la bendición del cura y el silencio cómplice del alcalde y el comisario de policía; todos ellos se lamentaban de no haber aprovechado el momento en que estuvo en la cárcel. Eladio asumió la jefatura del grupo integrado por seis individuos provistos de fusiles y escopetas.

El contingente justiciero se reunió esa noche en la casa de Eladio y acordaron visitar el bar de Floridor. La idea era disparar sin contemplaciones, si todos los accidentes y desgracias que le habían sucedido no pudieron derribarlo, un montón de balas tenía que tumbarlo en el suelo para siempre.

Como todas las noches, Floridor permanecía de pie detrás del tosco mesón de roble. Era un hombre de ojos pequeños y mostacho gris, que olía a pepinos en escabeche y sonreía con amabilidad. Se sorprendió al ver a los hombres armados, pero su natural bonachón lo impulsó a ofrecerles una nueva cerveza que acababa de recibir. Eladio le contó en pocas palabras el objetivo que los animaba y se sintió perturbado cuando Floridor le contestó que el Gato no se aparecía por el bar desde la semana anterior.

El grupo armado abandonó el local sin aceptar la oferta de su dueño, estaban decididos a dar con el hombre, del cual, según ellos, el diablo era el progenitor. Manchones de lodo y hojas muertas salpicaban la angosta vereda. En la esquina hallaron un perro con la cabeza metida en un tarro de basura, el animal huyó al sentirlos y los hombres se detuvieron a deliberar. Irían a la casa de Estela y si era necesario disparar sobre los dos, lo harían sin ningún asco.

La pálida luz de la luna se rompía en la negra superficie de los charcos, un viento persistente sacudía los gruesos matojos de la plaza que a esa hora presentaba un aspecto desolado y triste. La casa donde iban estaba en las afueras del pueblo, eso facilitaba las cosas. Cuando estuvieron delante de la puerta, eran alrededor de las doce de la noche. Eladio se apartó del grupo y golpeó con la culata del fusil, pero no se oyó ni un ruido en el interior. El hombre volvió a golpear, sólo el silencio le respondió. Se miraron y obedeciendo a un tácito acuerdo, empujaron la puerta entre todos hasta que consiguieron derribarla. Avanzaron agazapados, con el ojo y el oído atentos, y las armas apuntando. Sin embargo, nadie ocupaba las humildes habitaciones y los pocos y rústicos muebles estaban vacíos. Registraron todos los rincones, destruyendo cuanto hallaron a su paso; una tetera vieja y una sartén agujereada que descansaban en el suelo, tampoco escaparon a la furia y la frustración homicida que los crispaba. Un perro pasó corriendo por la vereda opuesta, los enardecidos sujetos descargaron sus armas sobre el animal que se desplomó con el vientre abierto.

A la mañana siguiente Eladio fue a la obra y habló con el supervisor. Los taladros, las picotas y los martillos, resonaban en un coro infernal. El viento agitaba las ramas de los árboles cercanos, había que elevar la voz para poder entenderse. El supervisor le contó que el Gato no asistía a sus labores desde el miércoles, es decir, habían pasado tres días. También habló con algunos obreros, nadie tenía noticias del Gato. Antes de poner en marcha el motor del destartalado automóvil que le había prestado el panadero, Eladio miró hacia el río, las gaviotas revoloteaban sobre la superficie inquieta buscando peces, sus graznidos chillones se mezclaban con el rugido de las herramientas y las máquinas.

Esa noche, el humo de los cigarrillos volvió a subir, pero en las miradas de las viejas había preocupación. Mientras atizaban el fuego comentaban las noticias traídas por Eladio y sus hombres, acababan de estar en el prostíbulo. Rosario y las otras muchachas no tenían la menor idea de lo que había ocurrido con el Gato y Estela. Las cartas y el humo de los cigarrillos nada decían.

* Jorge Muñoz (Santiago, 1953). Cuando tenía alrededor de 12 años, comenzó a perder la visión, quedando ciego. Creador de la primera asociación de ciegos de Valdivia, donde pasó infancia y adolescencia; escribió en el diario Austral y mantuvo un programa de radio destinado a difundir el tema de la discapacidad. Es profesor de castellano, también tiene estudios de Derecho y es egresado del diplomado en ciencias sociales del ILADES. Fue presidente de la comisión de la discapacidad de la ANEF. En la actualidad se desempeña como funcionario de la Dirección del Trabajo. En 1991 obtuvo mención honrosa en el “Concurso Binacional Argentina Chile de Poesía“, en homenaje a Pablo Neruda. En 1992 fue colaborador del diario La Época . En 1999 ganó el primer lugar en el concurso de cuentos “Atrévete“, organizado por la Editorial los Andes. En 2006, publicó el volumen de relatos Gratitud de las moscas .
 

 

PRIMER LUGAR CATEGORÍA CUENTO ESCOLAR

Rastros en la memoria

Por Carla Marchant*

Siento la brisa y respiro hondamente. El aire frío pasa por mi nariz congelándome el pecho. Me reprendo nuevamente por mi imprudencia. Cierro los ojos y veo la silueta de mi esposa, su sonrisa acogedora. Una oleada de tristeza se apodera de mí y abro los ojos con pavor. Todo a mí alrededor es blanco. No hay más…Ya casi no siento las piernas, hasta los brazos se me durmieron. Intento moverme con toda la energía que me queda pero no logro liberarme. Cada vez hace más frío. Pretendo dormir pero el cansancio de esta lucha desgarradora me vence. La veo nuevamente y me abriga. Siento su calor, aún percibo su olor penetrando por mi garganta, todavía advierto su aliento tibio en mi mejilla.

No logro soportarlo, trato de hacer otro esfuerzo pero mi cuerpo ya no responde. Intento buscar una salida pero no la encuentro. La vista se me nubla. Grito con toda mi fuerza. Es inútil. Por más ímpetu que ponga en mis movimientos no logro salir. Ya ha pasado más de una hora. ¿O son dos? A estas alturas de mi vida ya no sé nada. Repaso en mi mente uno a uno los acontecimientos de mi pasado. Mi padre, un ebrio; frustrado por una vida miserable y patética como siempre la llamó. Recuerdo a mi madre con dificultad, pues me abandonó cuando apenas tenía ocho años. Recuerdo a la tía Ana que siempre me daba de comer y olía a naftalina. Recuerdo a Martín y su pelota firmada por algún futbolista famoso. Veo a la profesora Teresa y su extraño corte de pelo del cual todos nos burlábamos.

A mi graduación papá no asistió; se lo llevaron ese día a la comisaría por destrozar un bar que –según él– le vendió agua en vez de vodka.

Por último la veo a ella. Sus rizos negros deslizándose por el cuello, la tez morena y tersa. Aquellos ojos almendrados similares a los de una gata y sus labios, esos que existen para hacer que aquellos que los prueban se conviertan en adictos. Este es un momento de flashback interminable; sin embargo existe algo que mi mente aún no comprende: la causa de por qué llegué aquí. Siento un mareo aterrador. La cabeza me da vueltas y no puedo reflexionar. Quiero frotarme los ojos pero mis manos están atrapadas. Ya no siento nada. Probablemente me resigné. La angustia tiene un sabor amargo que me asquea el paladar. Tengo náuseas. Volteo la cabeza lo más lejos de mi cuerpo y vomito toda la rabia, todo mi pasado. Vomito el dolor y el mal pasar con toda la dignidad que me queda. Al final no hice más que vomitarle al destino.

Ahora, con la cabeza más en calma y la pequeña fuerza que me dejó la catarsis de este vómito puedo continuar con la razón que me tiene atrapado. Fue un día martes. Estaba nublado pero no hacía frío. Yo había salido a trabajar como todos los días. Sólo que ese día iba preocupado. La noche anterior había discutido con mi esposa. Ella estaba molesta por mi relación con Fernanda. Una compañera de trabajo. Mi esposa no entendía que Fernanda no era más que un juego y que en realidad era sólo a ella a quien amaba.

Aún escucho sus gritos. Su llanto. Quise calmarla pero no lo conseguí. No le tomé mucha importancia y me fui a dormir bajo la destruida mirada de mi mujer. Quizás si hubiera fingido un poco de mortificación no se hubiera molestado tanto. Fui a mi cuarto como si nada y cerré los ojos. A los pocos minutos sentí como ella se acostaba a mi lado. Sonreí para mis adentros.

Una cosa ocurrió. Un detalle que se me escapó de las manos. Algo que no pude controlar. En la madrugada el calor intenso de un líquido hirviente me despertó. Cuando abrí los ojos y fijé la vista en mi señora la observé y tenía los ojos abiertos. Su pelo esparcido por la almohada y los brazos manchados de sangre. No había nada que hacer. La besé por última vez. Me vestí. Desayuné y partí a la oficina. Saludé a Fernanda con una sonrisa. Tenía la blusa azul que me gustaba. Me apresuré a invitarla a mi casa. Me preguntó por mi esposa. Le dije que no estaba. Que había ido a visitar a su madre. Aunque mintiendo porque mi suegra murió seis años antes. Ella aceptó radiante.

A eso de las seis partimos a la casa. En el camino le expliqué la pelea que tuve con mi esposa. Ella no entendió, pero entró de todas formas. Le pedí que me acompañara a mi habitación. Le tapé la vista antes de subir. Al abrir la puerta me di cuenta de que mi mujer seguía esperando una explicación. Miré sus ojos fijos y sonreí. Acerqué mi boca a la oreja de Fernanda y le pedí que me hiciera un favor. Que le explicara a mi esposa que lo nuestro era solo un juego, que yo no la amaba. Ella se alteró de inmediato y se sacó la venda. En un movimiento rápido le tapé la boca y alcancé a recoger el cuchillo que había terminado con la vida de mi esposa.

Fernanda lloraba y yo le suplicaba que le diera una explicación a mi mujer. Apreté el cuchillo con más fuerza a la altura de su cuello. Ella trató de modular pero sólo balbuceaba. Cuando por fin pudo decir una palabra coherente no era precisamente una frase dirigida a mi esposa.

-  ¿Por qué? –me preguntó. Sus ojos estaban hinchados. ¿Por qué? Siempre me había hecho esa pregunta. ¿Por qué mi madre se fue? ¿Por qué mi padre era alcohólico? ¿Por qué nadie hacía nada cuando mi padre a punta de golpes me quitaba todo dejo de curiosidad?

- ¿Por qué? –le repetí. Porque así es la vida –dije recordando que eso fue lo que me dijo el curita de mi parroquia. Durante toda mi vida jamás tuve consuelo hasta que apareció mi esposa. Era periodista con sueños de ser actriz. Nunca olvidaré el olor de su piel. Canela. Perfecta.

Por eso nunca entendí por qué se mató. Ninguna de las novias de mi papá se mataba por la otra y cuando se ponían histéricas arreglaba todo con un garrotazo. Esa es la única verdad que conocí. Nunca quise pegarle a mi mujer. Me tenía embelesado su belleza y una nariz destrozada nunca ha sido un lindo espectáculo.

Fernanda era una de muchas. Mujeres todas buscando un poco de amor sin consecuencias. Sin identidad. Le pedí nuevamente que me ayudara, pero Fernanda sólo trataba de soltarse. De cualquier forma todo estaba perdido para los tres. Eso fue lo que le dije a Fernanda cuando introduje el cuchillo en su garganta. Intentó responder. No entendí.

Cuando me llevaron detenido no me sentí mal. Cuando me interrogaron por el crimen les conté mi verdad. Era el único que podía contarla. Después de un tiempo en la celda me trasladaron acá. No sé donde estoy. Hace tiempo que no sé nada.

Me han tratado de misógino, asesino, sicópata. Yo me considero compasivo. Me compadecí de Fernanda, de su vida. Habría sido algo perverso si la dejaba con vida. Vida en la que sería maltratada, juzgada, discriminada. Fernanda, la amante, la otra, la débil, la promiscua, la destruye hogares, la intrusa, la ninfómana, la malvada.

Cuando tomé la decisión de degollarla lo hice pensando en ella. Solitaria, frágil, deseando ser amada, deseando calor aunque fuera un espejismo. Le evité el camino. No fui misericordioso, es verdad, pero fui compasivo, y en mi compasión encontró la muerte así como en mi indiferencia mi esposa encontró la suya.

Ha llegado una enfermera. Su silueta se pierde en la blancura de este lugar. Imagino que aquí todo pasa desapercibido. Me coloca una inyección en el cuello. Forma rara de inyectar a alguien. Poco a poco me relajo. Un pitito a lo lejos como único sonido viene a mí. La cabeza me da vueltas. Un frío glaciar nace en mis entrañas.

Luego nada. Mi esposa me abraza tratando de calmar el frío. La veo hermosa. Me sonríe. Me perdona. Me consuela.

* Carla Marchant (Quito, 1993). Cursa Tercero Medio Humanista en el colegio Guillermo González Heinrich, Sede Ñuñoa.



 
 

SEGUNDO LUGAR CATEGORÍA CUENTO ESCOLAR

El heredero

Por Sharon Valerdi*

Él la detuvo vertiginosamente, antes de perderla, con tan solo el roce de su frialdad corpórea, mientras su identidad perdíase, umbrosa, en medio del vaivén de nieblas y tinieblas. Mas algo le reveló, que la dejó aún más confundida, y fue lo único y último que oyó disgregarse de sus labios. Entonces despertó, sobresaltada, ya no recordaba ni su rostro, ni su voz, ni tampoco aquella misteriosa confesión que le hiciera reaccionar tan de pronto. Y pese a que no solía reparar en sueños, una vez que sus latidos disiparon, recordó que con hecho similar concluyó su novela, por cuanto aquello pasó de la insignificancia al olvido.

La muchacha, que desde un principio adoptara Donatella como seudónimo, gozaba de un extraordinario talento literario, sin embargo, sus tantas creaciones eran aún desconocidas para el mundo. Aquel año se había dispuesto a publicar su primera novela, pero como los gastos de la editorial eran altísimos, para ello precisaba de ayuda pecuniaria. En efecto, tras enterarse de la disponibilidad de cierto mecenas, envióle sus antecedentes y varios ejemplares de su arte, y en cuanto hubiéronse receptado, poco tiempo aconteció para que fuese aprobada, pues sublime destreza impedía dilación alguna.

Era una letárgica y pesada y apagada mañana de enero en que Donatella, según previo acuerdo, concurrió al encuentro. Las vías en esos momentos lucían una espesa oscuridad, jaspeada de gris, una muerte gris presagiada por el frío y el silencio, que duraría por días. Llevaba consigo su preciada novela, además de sus composiciones más significativas. Y de veras estaba ansiosa, pero al mismo tiempo la invadía un inevitable recelo que suscitábale constante paranoia. Por ello no dejaba de morderse los labios ni mirar hacia delante sin al menos inquietarse sobremanera.

Al abrir la puerta, el mecenas automáticamente clavó su mirada en los documentos que la muchacha apretaba entre sus brazos. No obstante, sobre el rotundo cambio de expresión en la cara del hombre, ella no pudo percatarse, pues no conseguía sino maravillarse de que su mecenas fuese, de hecho, Rodinelli, uno de los literatos más influyentes y célebres de la época. Así que ante la grata recepción que recibiera de su parte, Donatella renunció a sus temores, y le siguió hasta la última habitación de la casa, profusamente engalanada, con galardones y armatostes enlibrados, y allí se quedaron dialogando sobre los proyectos de la muchacha. Sin antes haberse dado cuenta –cuando entre palabra y palabra Rodinelli cogiera la novela y enfrascárase en la lectura– fue que la muchacha acabó en un absoluto monólogo.

Dado que tan reflexivo advirtiera al mecenas, ella también calló, más por indiferencia que por ofensa, y comenzó a ojear de rincón a rincón cuando prontamente se halló de frente al jardín, aledaño a esa habitación. Franqueó, entonces, el ventanal que la separaba del eriazo lugar, y se aproximó al árbol, que en medio de todo ello era lo único que enseñaba alguna señal de vida. No logró despegar sus ojos, por ningún segundo, absortos en la contemplación de aquel rarísimo árbol, ni siquiera respirar si no era en el acto de algún efímero parpadeo. La causa de su asombro iba más allá de que fuese frondoso en enero, mas bien era su extraña especie, desconocida, la que la conturbaba; era su fisonomía, dotada de un embrujo de completa beldad: ostentaba grandes y simétricas flores rojas, ¡perfectas!, por las que fluían minúsculas fibrillas azules, notorias al carmesí de cada pétalo. Eran exactamente diez flores, que dormían en vilo a merced del viejo ramaje.

-  ¡No las toques! –farfulló el mecenas asiéndola del brazo violentamente para alejarla cuanto antes del árbol–. ¡Aquellas flores están malditas!

Había transcurrido alrededor de una semana desde aquella inquietante reunión. La muchacha continuó frecuentando al mecenas, y muy a menudo sus pensamientos se abocaban a las flores bermejas, en vez de su propia labor. Rodinelli, quien en un principio mostróse gustoso de la calidad de las obras de Donatella, al punto de evidenciar sus celos latentes, la persuadía, desde ya bastante tiempo, de aplazar la fecha de la edición para, según él, “mejorarlas prolijamente”. Pero eso a ella no le importaba, pues cada encuentro le significaba el acceso al jardín y a veces, a escondidas, poder aspirar el perfume orgánico de las flores bermejas a tan sólo centímetros de distancia. Tal vez aquella era la susodicha maldición: la obsesión, una tortuosa y deleitosa maldición de hacer de las mismísimas flores parte del sueño y del insomnio.

Donatella era una muchacha solitaria, dado que su timidez y suspicacia eran irremediables, y a pesar de ello nunca pudo evitar que los fervientes deseos de relacionase con gente de su medio, la acometiesen. Por tal motivo, ante una propuesta que le hiciera Rodinelli de, a propósito, la misma finalidad, no atinó a más que aceptar gustosa. El mecenas le había solicitado que al cabo de tres días acudiese a su hogar, pues allí organizaría una tertulia de escritores anónimos, los cuales también estaban bajo su tutela, pero para pertenecer a ella, debía, al igual que el resto, llevar absolutamente todas sus obras, tanto borradores como textos definitivos. Es por eso que nadie pondría en duda la avidez con que veía correr el tiempo y aunque intentaba concentrarse en sus planes, las flores bermejas no se alejaban de su mente.

Al llegar aquel día, para no sobrellevar la vergüenza de ser la última en la asistencia, Donatella se presentó en el lugar convenido tres cuartos de hora antes. Empero Rodinelli, en ese instante, no se hallaba en casa. Al llamarlo varias veces, la muchacha, como si no quisiese encontrarlo, cesó los gritos. Por consiguiente, no dudó en reputar la ocasión idónea para acercarse al árbol. Miró desvaída las diez coronas de pétalos, como en un rojo espejismo de líneas azuladas, y sin interesarle la advertencia sobre su maledicencia en lo más mínimo, se aprestó a cortar una de aquellas flores. Y en el preciso momento en que se despegó del cáliz, un grueso chorro de sangre fluyó alborotadoramente, sin término aparente, desde la rama herida a toda dirección. La muchacha arrojó la flor lo más lejos de sí que pudo, horrorizada, atinando sólo a correr hacia la salida de la casa, en un arrebato de alarma inmediata. En la puerta, a gran velocidad, se estrelló hombro a hombro con el mecenas, quien recién entrando, incomprendido, sólo pudo dejarla huir.

Unos hombres que transitaban por la calle quedaron consternados viendo a Donatella aproximárseles, con la ropa toda ensangrentada y oyéndola imprecar auxilio entre llanto y balbuceo. En seguida la siguieron, igualmente alterados, hasta la casa de Rodinelli. En cuanto hubieron arribado al jardín, los hombres, que eran tres, descubrieron al mecenas en el mismo estado de estupefacción que la muchacha, y que ellos mismos, milisegundos después, al ver el árbol desangrarse.

-  ¡Atrás, atrás! –advirtió uno de los hombres, y procedió a socavar el pie del árbol con un azadón que cogiera de pronto.

Vanos fueron los intentos por arrancar la planta maldita, pues no hallaron signos de raíces. En vez de eso, para su mayor sorpresa, notaron que el árbol nacía del ombligo de un hombre, un hombre que había permanecido intacto hasta entonces, muerto bajo tierra, como si sólo durmiese. De hecho, las raíces emergían de las puntas de sus extremidades.

Todas las miradas apuntaron hacia Rodinelli, quien retrocedió, trastabillando. Repetía incansablemente no saber nada eso, que al igual que ellos, no conseguía entenderlo. Pero luego del interrogatorio que le formulara otro de los hombres, confesó que lo conocía, desde hace un año, mas que desde hace días no lo veía.

El tercer hombre, que ejercía como diestro botánico, había permanecido todo el tiempo en silencio, analizando detenidamente las características del suelo y del árbol.

-  Escuchen –sugirió al fin–, este árbol tiene por lo menos diez años de edad.

Si bien el primer hombre, conociéndolo en parte, acusó al mecenas en un principio, con este indicio abogó, en tono zalamero, a favor de su inocencia.

-  ¡Un momento! –interrumpió el segundo hombre–, si este tipo (refiriéndose a Rodinelli) asegura haberlo conocido desde hace un año, quiere decir que estaba muerto.

-  ¡No puedo creerlo! –exclamó el mecenas con las manos en las mejillas–. Yo hablaba con él y él conmigo, tomaba objetos, los cargaba, los movía. ¿Acaso un fantasma puede hacer eso?

-  ¡Mientes! –aseveró el segundo hombre, sobresaltado–. El cuerpo está intacto, y como bien tú dijiste: “hace pocos días desapareció”, ¡es evidente!, tú lo mataste y lo sepultaste después. Tal vez este árbol es solo un injerto, un simple injerto para distraernos respecto al tiempo.

-  ¡Imposible! –indicó el botánico–, el tronco completo coincide en edad con las raíces, por lo que no fueron incrustados. En cuanto al cadáver, se mantuvo en excelente estado todos estos años debido a la composición del suelo, ¡cal!, por supuesto.

-  Entonces sí lo conocí muerto –dijo el mecenas, desesperado por ahuyentar toda sospecha y al mismo tiempo trémulo–. Compartí por un año con un espectro… A propósito –prosiguió haciendo memoria–, antes de mí, habitaba aquí un veterano escultor, que tras un tiempo de conocernos, me cedió esta casa, pero me advirtió que no tocase el árbol, porque estaba maldito.

Tan pronto revelara aquellos pretéritos hechos, llegaron al lugar los miembros de la tertulia organizada por Rodinelli, por lo que el alivio configuró el temeroso corazón de la muchacha: el mecenas decía la verdad, o por lo menos, parte de ella. Uno de los visitantes, el más viejo de la membresía, se acercó al muerto, aterido de pánico y compasión: le había reconocido, era su amigo, otro escritor, al que dejó de ver, enigmáticamente, durante diez años.

-  Lee esto –le dijo el segundo hombre una vez que, registrando la habitación contigua al jardín, diera con un libro–, ¿lo reconoces?

-  ¡Claro! –contestó el viejo tertuliano, en extremo pasmado–. Recuerdo que esto fue lo último que él escribió (señalando al muerto). Él me mostró el manuscrito para saber mi opinión, pero, ¿cuándo lo editó?

Entonces, al cerrar el libro, que antes recibiera abierto, leyó que en la tapa figuraba Rodinelli como autor de la obra. Indignado, acusó al mecenas de haber asesinado a su amigo para usurpar su trabajo.

-  ¡Esta obra es mía! –refutó el mecenas.

-  ¡Di la verdad! –le gritó el viejo sosteniéndole del cuello en el aire.

-  La verdad… es que estos escritos los encontré aquí, no son míos –confesó Rodinelli finalmente–. Encontré los manuscritos en esta casa, cuando recién me instalé. Pero lo juro, yo no lo maté.

-  ¿Entonces acusas al escultor de haber cometido el crimen? –inquirió el viejo, manifestando el cuestionamiento común.

-  Es lo más probable.

-  Ese anciano escultor era tu padre, imbécil –reveló el viejo tertuliano ante la última respuesta de Rodinelli–. Sin embargo, tú nunca lo supiste, claro, hasta ahora. Siempre estuvo cerca de ti. Desde que se enteró de tu paradero, te ha seguido para velar por ti y por tu carrera de escritor. Notó que la mala literatura que concebías en tu juventud nunca te daría gloria, o la fama que luego conociste, casualmente, con obras que no eran tuyas, que por mera coincidencia con frecuencia encontrabas, y de las que te apoderabas sin el menor remordimiento. En este caso ocurrió lo mismo, tu padre se hizo mi amigo, para ganar también la amistad del muerto. Entonces un día, como muchos otros, llegó hasta aquí trayendo confites y caramelos, y le ofreció un tanto de las semillas que solía comer, solo que envenenadas. Una vez muerto, como ya lo vemos, se apoderó de su casa y guardó las obras para que tú pudieses conseguirlas. Jamás lo conté a alguien, porque tu padre conocía mis secretos y me amenazaba con pregonarlos si lo acusaba. Mas hoy, siendo yo el último hombre en ingresar aquí por quedarme atrás, inmóvil, alcancé a percibir cómo tu padre, tras ocultamente entrever desde la puerta de entrada, se enteró del hallazgo de la víctima y previendo todos sus métodos ya desenmascarados, de pura impresión lo liquidó la noticia. Por ende, al morir al fin, obtuve licencia para decir la verdad.

Mientras todos oían atentamente la confesión, un perro penetró en la casa hasta acceder a la habitación próxima al jardín, y al advertir las apetitosas viandas que el mecenas pretendía dar a los miembros de la tertulia, las devoró. Por cuanto el can, apenas tragara un poco, instantáneamente murió.

-  ¿Qué tienes que decir a ello? –dijeron todos a Rodinelli, en similar expresión.

-  Hoy morirías, muchacha, y todos los de esta abortada reunión –dijo el muerto con una aterradora mirada omnisciente, al mismo tiempo que Donatella lo recordó, como el mismo hombre y la misma advertencia que le hiciera en algún sueño anterior. Y apenas hubo pronunciado aquello, árbol y raíces fueron absorbidos hacia el interior del muerto, hasta desaparecer por entero dentro de su organismo. Pasmados, todos, le vieron tornarse en nada más que tierra y huesos.

* Sharon Valerdi ( La Serena , 1993). Cursa Tercer Año Medio en el Liceo Padre Coll, en La Serena.  En el año 2005, obtiene: 3º lugar Concurso Escolar de Literatura “Una carta para Gabriela”, nivel comunal; 1º lugar concurso literario “Respondiéndole a Neruda”, nivel regional; 1º lugar Concurso de Cuento “Los pasos de Gabriela”, nivel nacional. En el año 2007, obtiene el 1º lugar Concurso Literario “Bodas de plata Colegio Gerónimo Rendic”, mención poesía, y participa en el taller literario “Dios en la poesía chilena” de Universidad de La Serena. En el año 2008, obtiene una mención honrosa concurso literario “La figura de Prat”; 1º lugar Concurso declamación en honor a Gabriela Mistral; 1º lugar Concurso declamación en honor a Pablo Neruda con poema original: y 1º lugar Concurso de Cuentos Infanto-Juveniles Liceo Padre Coll.


 

 

 
 

PRIMER LUGAR CATEGORÍA POESÍA LIBRE

este aserradero

Por Nicolás Labarca*

a manera de barco
confundió en principio

procesión de tablas
precisas herramientas
al comenzar la faena

suenan vértebras lijan
retumba el clavado
saca costras a ver
qué queda

carpintero pajarito o
martín pescador
en la obertura

decidiendo
pequeños modos de enterrar

mástil
provisiones
velas

 

******

 

cuidado de irse por ahí
sendero no es sendero delicado

destila escamas
suave saliva
tenues costras de sal
grumos de atollo

el cuerpo escarcha

lames

de una zampada
el anzuelo

 

******

 

entonces la puerta

cruza aserrín la ventolera
se seca
deja algunas pozas
deja la piel
crujen tablas a un costado

tengo madera tengo

puedo matar a palos

(sin embargo

este ejercicio de crueldad

no implica que sea necesario)

esta casa

en este aserradero

 

******

 

pasa a la habitación
enciende una vela

sobre el mueble escurren texturas
lijan porciones de calor

palpita un conejo
brillan los guijarros

 

******

 

jadeante lo vi morir
no en la sangre en el gesto se erguía

traigan fruta agua
estas piedras

pequeño pastor
disfraz y cordero

 


******

 

sal de aquí
sóplame un nuevo lugar
y destruirlo

 

******

 


contar aquello

una historia de arrecife

de hocico cuesta abajo
partido en dos el roquerío

cal cabeza abierta azucarero
partido en dos el roquerío

 

******

 

poema del padre

está enterrado en el patio
había muerto siempre

vamos
respira
tachado

le pondremos cascabeles
lo miraremos por dentro

para saltar un muro
tus vísceras son hermosas

 

* Nicolás Labarca (Santiago, 1986). Estudiante de Licenciatura en Literatura Hispánica de la Universidad de Chile. Participó en el taller de poesía “Códices”, a cargo del poeta Andrés Morales el año 2007. Actualmente es colaborador del Encuentro Internacional “Poesía y Diversidades en América y España: perspectivas críticas en el bicentenario” y ayudante del “Taller de relectura y reescritura de La Araucana ”, ambos proyectos de la Universidad de Chile. Es encargado del área de literatura de la revista electrónica tapiz.cl.

 


 

 

 

SEGUNDO LUGAR CATEGORÍA POESÍA LIBRE

MJ

Por Gonzalo Geraldo*

lo único que sabemos hacer con convicción es llorar

en memoria de tus colores y temores, Auxilio


NO DIGO YO NI TÚ

de lo que ya se habló infatigablemente en las memorias y monumentos, errancia y deshonra del dicho de la mujer, en silencio: nunca fue . perderse como si se fuera a arrimar o privar del accidente de los nombres propios, hilos de un telar que nunca se destiñen. dar razón de sí oscilando entre el sollozo y las sílabas , para así, dejarse hundir en un espolón. sin embargo, cuando se retiran las metáforas se habla a la ignorancia porque no digo yo ni tú , aunque el amor no deje de ser una palabra.

 

LOCUS HORRIDUS

a tus locos amores, Ovidio

los súbitos e inesperados movimientos de la retórica, Auxilio, merecen una pena capital por hacernos creer en estas disonancias del lenguaje. ella misma es la distancia , farmacopea que nos insinúa en el estremecimiento último de la expulsión y la desolladura: el sutil veneno de vos lo penetra y defiende todo . para este arte de bien decir todo sería artificio del canto como si de las rocas escarpadas y densos bosques se arrastrarán las líneas y expresiones del silencio, esperando en vano tal error de dulce engaño. luego, maltrechos hasta la desesperación en fuentes cristalinas y verdes prados se responde a quien suplica o en su defecto habla, Auxilio, “somos nuestros propios demonios, nos expulsamos de nuestro paraíso”.

 

CARNET DE IDENTIDAD

señalas con el dedo y convienes en pocas palabras que tu rúbrica se desdobla y desprende. a la deriva de una confesión tomas un auricular, término y tono perentorio del condenado ante su patíbulo: no me venga usted a mí con retóricas . sin embargo, el que oye empeña la palabra de matrimonio a la prosodia porque a fin de cuentas se da fe tan sólo de los números y sus sílabas. por ello, cuando contraes y estrechas los oídos como si estuvieras en una guerra sorda no importa el adiós ni la quiebra si es que punto a punto se zurce y disimula: prefiero alejarme y eso es lo que haré .

 

EN VANO BUSCA LA TRANQUILIDAD EN EL AMOR

vamos a desgraciarnos separadamente, Lisi

tropiezo y advierto por fortuna quizá del azar que mi porfía es forzada a tus galeras como si de los pequeños acontecimientos o incidentes se sobreviviera en peligro. del sino y el abandono se cansa el alma mía , puesto que esta mañana estabas de buen humor o esta noche lo volviste a encontrar. y entonces, la euforia desaparece y tus repetidas infracciones te convierten en ley, para luego burlarte y correr la misma mala o buena suerte de los malentendidos: tomar nota de que todo puede irse a pique, Auxilio.

 

SHE HAS NO TIME

con sólo mover un dedo cierras los ojos a la verdad, y en virtud de las palabras aparentemente fingidas desencadenas la ruina. todo pareciera clavarse en los pliegues de la “última palabra”, la escena de los ya casados que jamás dicen tú sin mí . por ello, en esta justa o tragedia el desfacedor de agravios y sinrazones replica los silogismos aplastados sobre el muro, la venganza de la otra : “pronto te verás desembarazada de mí”.

 

EL LAMENTO DE ARIADNA

me aligero de esta enfermedad y pienso parir al final de nuestro laberinto una herida que no se supo plegar: ¿quién me calienta? ¡dadme manos ardientes! ¡dadme un brasero para el corazón! de ti Teseo, falso salvador de muchachos y muchachas , el fulgor fue cautiverio y el quebranto un ovillo semejante a la medianoche. fulminada y cazada por ti me arrojo y ciño con recelos a tu cruel aguijón, para siempre inútil al secreto silencio de mi único compañero, mi gran enemigo : tu laberinto .

 

PAPEL DE CALCO

für dich leben!, für dich sterben!, Almschi!

te mudas y entrampas de palabras sin que yo tenga el calco de tu voz , y el papel guarda silencio: ella (se) escribe . aunque el velo cayera no importa lo secreta que sea cuando escribes , trasuntas la lengua sin hablar del ridículo si no fuera demasiado pedir , Alma. sin embargo, la escena no puede escribirme , el espectro y el cadáver atados a tu ausencia y tu presencia donde precisamente no estás nos fuerza al poema de amor. vivir pensando, temblando en lo que pudo ser o ha hecho de mí, mi propio niño .

 

LAS VÍCTIMAS DE EROS SOBREVIVEN AL CRIMEN

ni uno ni otro se hace parte del dardo y del carcaj , Dafne, durante el rapto de los apareamientos . como si me acordara del tiempo mismo y solamente del tiempo en que la herida encandila, y la flecha dorada te recuerda un perfume sin soporte, un grano de memoria, una simple fragancia : “todo me es extraño, estoy tan sola”. cuando las estrellas brillaban a los ojos del pastor y su dulce flauta era despreciada, te escabullías entre los rebaños como disipándote de la luz cuajada . pero nunca esa dicha volverá tal cual porque la memoria a su manera nos ama, esa flecha con punta de plomo no olvida: ¡la luz se ha marchado para mí, también para ti, mi amigo!

 

ECO, LA NATURALEZA ANGÉLICA RÉPROBA

el espejo no me deja ningún lugar , Narciso, al perseguirte con sigilo a través de las despiadadas fuentes y flores . en la selva ya no se escuchan mis voces, quizás soy excluida de ellas como una mala foto que cae, sin duda alguna, a una poza de agua verde sin fin . ¡ay de mí! vanos mis suspiros bajo los nenúfares que me muestran una imagen triste , Narciso, una ninfa bajo una luz polar de ruinas heladas . “aquí, aquí” existe un frío especial , el de los restos de la esperanza captados en los espejos ; “tengo frío, me dice una flor más allá de la imagen , volvamos”.

 

ELLA SE CONVIERTE EN MUJER

ardo en deseos de hablar para ti , amigo mío, pero te haces el desdeñoso como si fuera necesario un yugo pesado . cuanto más el amor dure y creas que mueres en un momento de ofuscación , la fe se mostrará tan repugnante como funesta. no acepto ser dejada de lado ni de día ni de noche por más que me haya equivocado monumentalmente . no dejaba de escribirte cartas de amor , amigo mío, por esa idea de que una mujer debe escribirle siempre a su amante . y como si hablase al mismo hombre de lo hecho, dicho y recordado haciendo de mí un monstruo, una enorme lengua : “el lobo ama al cordero, el amante ama al amado”.

 

TÚ Y YO NO SOMOS MÁS QUE PALABRAS

hemos perdido el decoro, Auxilio, no hallando camino ni salida con nuestros nombres que no le dicen nada a nadie . valerse casualmente de la deuda y la espera de nuestros cuerpos para así interrogar al destino : “la persona que usted ama lo ama y se lo va a decir esta noche”. pero por más que aquí y allá, en los árboles todavía hayan hojas, la intensa y estrecha angustia cumple los votos del correo de las malas nuevas. tú y yo no somos más que meros espejismos lingüísticos y las palabras esa última hoja que no caerá, y después cae .

 

HABLÓ FILIS, Y TUVIERON ALMA DE CORAL SUS LABIOS

por ti y por nadie más , Demofonte, dejo aquí clavado un desfile de razones en el nombre de Rea. enferma de desengaños ruego al amor que me mostrabas , las palabras, cruel, con que a todos engañabas : “¡Filis, mal hayan los ojos que en un tiempo te miraban!”. tu voz me hace llorar, soy ante mí mi propio teatro o bien el almendro que agitado se suspende en la muerte de un hombre, mi muerte. y viéndote al fin cerca de mis brazos, Demofonte, con tu desgracia y perdón ofendido , desciendo a la tumba para arrebujarme contra ti .

* Gonzalo Geraldo (Santiago, 1989). Estudiante de Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas con mención Literatura, en la Universidad de Chile. Ha sido publicado en revistas y antologías poéticas, y recibido el segundo lugar en el Certamen de Poesía en Homenaje a Gabriela Mistral (Universidad Católica Silva Henríquez, 2005) y el primer lugar Premios Literarios Gabriela Mistral en poesía (categoría juvenil, 2008).

 

 


 

 

 

PRIMER LUGAR CATEGORÍA POESÍA ESCOLAR

Disonancia auricular

Por Nicole Montano*


I

Escupe en mi aire,
que la tierra se trague la herida
de la sangre.
Démosle un respiro
al transeúnte y al errante.

Ahí llegas al enredo
entre espejos
y tu mano que se mimetiza
con las huellas extranjeras.
El mareo se te escapa
hacia un rosal.

Nuestra luz se derrumba

en las nubes,

allí se esconden el mundo

y el miedo.

 

II


Se enclaustra la pupila

el lente y la niebla

resulta ser esa la ceguera perfecta.

Con un colapso y en blanco

ella se empapa de la bohemia

– dale mis saludos al silencio –


Concuerda el fenotipo gramatical

junto a su orla.

Entonces se retrasa la hora

para el dominio de las aves

a la hora del té

Dos segundos antes de la parálisis

Psicomotora y visual.

 

III

 

Ahí está

el nido

de palabras

huecas

que amortiguan

miles de holocaustos

Que duela
hasta el parto
y tu frente sude
cenizas

las sátiras
sobre la
cómoda
voltean

el auricular

[In]conclusión al amanecer.

 

* Nicole Montano (Valdivia, 1992). Actualmente cursa Cuarto Año Medio en el Liceo Armando Robles en Valdivia. Sus trabajos son publicados en su blog www.anadabris.blogspot.com.

 

 

 

SEGUNDO LUGAR CATEGORÍA POESÍA ESCOLAR

Botella rota

Por Ignacio Valdebenito*


Es tan fácil todo como decir basta
como mirarse en el filo de un hueco

de donde se desprenden las astillas

¡Cuenten con las cosas que propongo!

porque el dulce de mermelada

detiene la acidez de estas sustancias inauditas

tengo una estrella de mar incrustada

en lo profundo de un coágulo

la agonía, un círculo de fuego. Pienso

en el silencio con el ante-sino de las imágenes,

en el deseo de que alguien me raspe la lengua

con la personificación de una semilla;

sentirse nulo

como si de pronto la imagen me devolviera la magnética del aire

en la fractura de una luz celeste

donde caen letras sordas. Piedras

lo inmemorial de la distancia

a veces el cielo es una derrota de águilas

zumbando todo como un élitro

lanzo una de mis flechas en dirección
a lo que no he pertenecido

multiforme, en el conjuro de la genética de un hombre que pudo ser feliz

números extranjeros. No!

no es justo

que la construcción cese en las máquinas

después de todo las estrellas son más que la mermelada

pero las botellas lo olvidan y transmutan por hierro

y no saben cuánto roto han dejado su precio

si al fin y al cabo el maquinista también viste de patria

pero ahora tú sabes

ya nada es ni será como antes.

 

* Ignacio Valdebenito (Santiago, 1991). Cursa el cuarto año de enseñanza media en el Liceo José Victorino Lastarria. Integra el grupo musical de metal experimental "Embrace November". Ha participado en el colectivo “Dos duendes por un dedal” y en el colectivo “letra-mundo” de su colegio. Este año recibió el primer premio de poesía Roberto Bolaño con el poema "Próxima".