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Ganadores Cuento |
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Por Marianela Puebla |
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Por Jorge Muñoz |
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Por Carla Marchant |
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Por Sharon Valerdi |
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Ganadores Poesía |
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Por Nicolás Labarca |
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Por Gonzalo Geraldo |
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Por Nicole Montano |
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Por Ignacio Valdebenito |
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PRIMER LUGAR CATEGORÍA CUENTO ESCOLAR Rastros en la memoria Por Carla Marchant* Siento la brisa y respiro hondamente. El aire frío pasa por mi nariz congelándome el pecho. Me reprendo nuevamente por mi imprudencia. Cierro los ojos y veo la silueta de mi esposa, su sonrisa acogedora. Una oleada de tristeza se apodera de mí y abro los ojos con pavor. Todo a mí alrededor es blanco. No hay más…Ya casi no siento las piernas, hasta los brazos se me durmieron. Intento moverme con toda la energía que me queda pero no logro liberarme. Cada vez hace más frío. Pretendo dormir pero el cansancio de esta lucha desgarradora me vence. La veo nuevamente y me abriga. Siento su calor, aún percibo su olor penetrando por mi garganta, todavía advierto su aliento tibio en mi mejilla. No logro soportarlo, trato de hacer otro esfuerzo pero mi cuerpo ya no responde. Intento buscar una salida pero no la encuentro. La vista se me nubla. Grito con toda mi fuerza. Es inútil. Por más ímpetu que ponga en mis movimientos no logro salir. Ya ha pasado más de una hora. ¿O son dos? A estas alturas de mi vida ya no sé nada. Repaso en mi mente uno a uno los acontecimientos de mi pasado. Mi padre, un ebrio; frustrado por una vida miserable y patética como siempre la llamó. Recuerdo a mi madre con dificultad, pues me abandonó cuando apenas tenía ocho años. Recuerdo a la tía Ana que siempre me daba de comer y olía a naftalina. Recuerdo a Martín y su pelota firmada por algún futbolista famoso. Veo a la profesora Teresa y su extraño corte de pelo del cual todos nos burlábamos. A mi graduación papá no asistió; se lo llevaron ese día a la comisaría por destrozar un bar que –según él– le vendió agua en vez de vodka. Por último la veo a ella. Sus rizos negros deslizándose por el cuello, la tez morena y tersa. Aquellos ojos almendrados similares a los de una gata y sus labios, esos que existen para hacer que aquellos que los prueban se conviertan en adictos. Este es un momento de flashback interminable; sin embargo existe algo que mi mente aún no comprende: la causa de por qué llegué aquí. Siento un mareo aterrador. La cabeza me da vueltas y no puedo reflexionar. Quiero frotarme los ojos pero mis manos están atrapadas. Ya no siento nada. Probablemente me resigné. La angustia tiene un sabor amargo que me asquea el paladar. Tengo náuseas. Volteo la cabeza lo más lejos de mi cuerpo y vomito toda la rabia, todo mi pasado. Vomito el dolor y el mal pasar con toda la dignidad que me queda. Al final no hice más que vomitarle al destino. Ahora, con la cabeza más en calma y la pequeña fuerza que me dejó la catarsis de este vómito puedo continuar con la razón que me tiene atrapado. Fue un día martes. Estaba nublado pero no hacía frío. Yo había salido a trabajar como todos los días. Sólo que ese día iba preocupado. La noche anterior había discutido con mi esposa. Ella estaba molesta por mi relación con Fernanda. Una compañera de trabajo. Mi esposa no entendía que Fernanda no era más que un juego y que en realidad era sólo a ella a quien amaba. Aún escucho sus gritos. Su llanto. Quise calmarla pero no lo conseguí. No le tomé mucha importancia y me fui a dormir bajo la destruida mirada de mi mujer. Quizás si hubiera fingido un poco de mortificación no se hubiera molestado tanto. Fui a mi cuarto como si nada y cerré los ojos. A los pocos minutos sentí como ella se acostaba a mi lado. Sonreí para mis adentros. Una cosa ocurrió. Un detalle que se me escapó de las manos. Algo que no pude controlar. En la madrugada el calor intenso de un líquido hirviente me despertó. Cuando abrí los ojos y fijé la vista en mi señora la observé y tenía los ojos abiertos. Su pelo esparcido por la almohada y los brazos manchados de sangre. No había nada que hacer. La besé por última vez. Me vestí. Desayuné y partí a la oficina. Saludé a Fernanda con una sonrisa. Tenía la blusa azul que me gustaba. Me apresuré a invitarla a mi casa. Me preguntó por mi esposa. Le dije que no estaba. Que había ido a visitar a su madre. Aunque mintiendo porque mi suegra murió seis años antes. Ella aceptó radiante. A eso de las seis partimos a la casa. En el camino le expliqué la pelea que tuve con mi esposa. Ella no entendió, pero entró de todas formas. Le pedí que me acompañara a mi habitación. Le tapé la vista antes de subir. Al abrir la puerta me di cuenta de que mi mujer seguía esperando una explicación. Miré sus ojos fijos y sonreí. Acerqué mi boca a la oreja de Fernanda y le pedí que me hiciera un favor. Que le explicara a mi esposa que lo nuestro era solo un juego, que yo no la amaba. Ella se alteró de inmediato y se sacó la venda. En un movimiento rápido le tapé la boca y alcancé a recoger el cuchillo que había terminado con la vida de mi esposa. Fernanda lloraba y yo le suplicaba que le diera una explicación a mi mujer. Apreté el cuchillo con más fuerza a la altura de su cuello. Ella trató de modular pero sólo balbuceaba. Cuando por fin pudo decir una palabra coherente no era precisamente una frase dirigida a mi esposa. - ¿Por qué? –me preguntó. Sus ojos estaban hinchados. ¿Por qué? Siempre me había hecho esa pregunta. ¿Por qué mi madre se fue? ¿Por qué mi padre era alcohólico? ¿Por qué nadie hacía nada cuando mi padre a punta de golpes me quitaba todo dejo de curiosidad? - ¿Por qué? –le repetí. Porque así es la vida –dije recordando que eso fue lo que me dijo el curita de mi parroquia. Durante toda mi vida jamás tuve consuelo hasta que apareció mi esposa. Era periodista con sueños de ser actriz. Nunca olvidaré el olor de su piel. Canela. Perfecta. Por eso nunca entendí por qué se mató. Ninguna de las novias de mi papá se mataba por la otra y cuando se ponían histéricas arreglaba todo con un garrotazo. Esa es la única verdad que conocí. Nunca quise pegarle a mi mujer. Me tenía embelesado su belleza y una nariz destrozada nunca ha sido un lindo espectáculo. Fernanda era una de muchas. Mujeres todas buscando un poco de amor sin consecuencias. Sin identidad. Le pedí nuevamente que me ayudara, pero Fernanda sólo trataba de soltarse. De cualquier forma todo estaba perdido para los tres. Eso fue lo que le dije a Fernanda cuando introduje el cuchillo en su garganta. Intentó responder. No entendí. Cuando me llevaron detenido no me sentí mal. Cuando me interrogaron por el crimen les conté mi verdad. Era el único que podía contarla. Después de un tiempo en la celda me trasladaron acá. No sé donde estoy. Hace tiempo que no sé nada.
Me han tratado de misógino, asesino, sicópata. Yo me considero compasivo. Me compadecí de Fernanda, de su vida. Habría sido algo perverso si la dejaba con vida. Vida en la que sería maltratada, juzgada, discriminada. Fernanda, la amante, la otra, la débil, la promiscua, la destruye hogares, la intrusa, la ninfómana, la malvada. Cuando tomé la decisión de degollarla lo hice pensando en ella. Solitaria, frágil, deseando ser amada, deseando calor aunque fuera un espejismo. Le evité el camino. No fui misericordioso, es verdad, pero fui compasivo, y en mi compasión encontró la muerte así como en mi indiferencia mi esposa encontró la suya. Ha llegado una enfermera. Su silueta se pierde en la blancura de este lugar. Imagino que aquí todo pasa desapercibido. Me coloca una inyección en el cuello. Forma rara de inyectar a alguien. Poco a poco me relajo. Un pitito a lo lejos como único sonido viene a mí. La cabeza me da vueltas. Un frío glaciar nace en mis entrañas.
Luego nada. Mi esposa me abraza tratando de calmar el frío. La veo hermosa. Me sonríe. Me perdona. Me consuela. * Carla Marchant (Quito, 1993). Cursa Tercero Medio Humanista en el colegio Guillermo González Heinrich, Sede Ñuñoa.
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SEGUNDO LUGAR CATEGORÍA CUENTO ESCOLAR El heredero Por Sharon Valerdi* Él la detuvo vertiginosamente, antes de perderla, con tan solo el roce de su frialdad corpórea, mientras su identidad perdíase, umbrosa, en medio del vaivén de nieblas y tinieblas. Mas algo le reveló, que la dejó aún más confundida, y fue lo único y último que oyó disgregarse de sus labios. Entonces despertó, sobresaltada, ya no recordaba ni su rostro, ni su voz, ni tampoco aquella misteriosa confesión que le hiciera reaccionar tan de pronto. Y pese a que no solía reparar en sueños, una vez que sus latidos disiparon, recordó que con hecho similar concluyó su novela, por cuanto aquello pasó de la insignificancia al olvido. La muchacha, que desde un principio adoptara Donatella como seudónimo, gozaba de un extraordinario talento literario, sin embargo, sus tantas creaciones eran aún desconocidas para el mundo. Aquel año se había dispuesto a publicar su primera novela, pero como los gastos de la editorial eran altísimos, para ello precisaba de ayuda pecuniaria. En efecto, tras enterarse de la disponibilidad de cierto mecenas, envióle sus antecedentes y varios ejemplares de su arte, y en cuanto hubiéronse receptado, poco tiempo aconteció para que fuese aprobada, pues sublime destreza impedía dilación alguna. Era una letárgica y pesada y apagada mañana de enero en que Donatella, según previo acuerdo, concurrió al encuentro. Las vías en esos momentos lucían una espesa oscuridad, jaspeada de gris, una muerte gris presagiada por el frío y el silencio, que duraría por días. Llevaba consigo su preciada novela, además de sus composiciones más significativas. Y de veras estaba ansiosa, pero al mismo tiempo la invadía un inevitable recelo que suscitábale constante paranoia. Por ello no dejaba de morderse los labios ni mirar hacia delante sin al menos inquietarse sobremanera. Al abrir la puerta, el mecenas automáticamente clavó su mirada en los documentos que la muchacha apretaba entre sus brazos. No obstante, sobre el rotundo cambio de expresión en la cara del hombre, ella no pudo percatarse, pues no conseguía sino maravillarse de que su mecenas fuese, de hecho, Rodinelli, uno de los literatos más influyentes y célebres de la época. Así que ante la grata recepción que recibiera de su parte, Donatella renunció a sus temores, y le siguió hasta la última habitación de la casa, profusamente engalanada, con galardones y armatostes enlibrados, y allí se quedaron dialogando sobre los proyectos de la muchacha. Sin antes haberse dado cuenta –cuando entre palabra y palabra Rodinelli cogiera la novela y enfrascárase en la lectura– fue que la muchacha acabó en un absoluto monólogo. Dado que tan reflexivo advirtiera al mecenas, ella también calló, más por indiferencia que por ofensa, y comenzó a ojear de rincón a rincón cuando prontamente se halló de frente al jardín, aledaño a esa habitación. Franqueó, entonces, el ventanal que la separaba del eriazo lugar, y se aproximó al árbol, que en medio de todo ello era lo único que enseñaba alguna señal de vida. No logró despegar sus ojos, por ningún segundo, absortos en la contemplación de aquel rarísimo árbol, ni siquiera respirar si no era en el acto de algún efímero parpadeo. La causa de su asombro iba más allá de que fuese frondoso en enero, mas bien era su extraña especie, desconocida, la que la conturbaba; era su fisonomía, dotada de un embrujo de completa beldad: ostentaba grandes y simétricas flores rojas, ¡perfectas!, por las que fluían minúsculas fibrillas azules, notorias al carmesí de cada pétalo. Eran exactamente diez flores, que dormían en vilo a merced del viejo ramaje. - ¡No las toques! –farfulló el mecenas asiéndola del brazo violentamente para alejarla cuanto antes del árbol–. ¡Aquellas flores están malditas! Había transcurrido alrededor de una semana desde aquella inquietante reunión. La muchacha continuó frecuentando al mecenas, y muy a menudo sus pensamientos se abocaban a las flores bermejas, en vez de su propia labor. Rodinelli, quien en un principio mostróse gustoso de la calidad de las obras de Donatella, al punto de evidenciar sus celos latentes, la persuadía, desde ya bastante tiempo, de aplazar la fecha de la edición para, según él, “mejorarlas prolijamente”. Pero eso a ella no le importaba, pues cada encuentro le significaba el acceso al jardín y a veces, a escondidas, poder aspirar el perfume orgánico de las flores bermejas a tan sólo centímetros de distancia. Tal vez aquella era la susodicha maldición: la obsesión, una tortuosa y deleitosa maldición de hacer de las mismísimas flores parte del sueño y del insomnio. Donatella era una muchacha solitaria, dado que su timidez y suspicacia eran irremediables, y a pesar de ello nunca pudo evitar que los fervientes deseos de relacionase con gente de su medio, la acometiesen. Por tal motivo, ante una propuesta que le hiciera Rodinelli de, a propósito, la misma finalidad, no atinó a más que aceptar gustosa. El mecenas le había solicitado que al cabo de tres días acudiese a su hogar, pues allí organizaría una tertulia de escritores anónimos, los cuales también estaban bajo su tutela, pero para pertenecer a ella, debía, al igual que el resto, llevar absolutamente todas sus obras, tanto borradores como textos definitivos. Es por eso que nadie pondría en duda la avidez con que veía correr el tiempo y aunque intentaba concentrarse en sus planes, las flores bermejas no se alejaban de su mente. Al llegar aquel día, para no sobrellevar la vergüenza de ser la última en la asistencia, Donatella se presentó en el lugar convenido tres cuartos de hora antes. Empero Rodinelli, en ese instante, no se hallaba en casa. Al llamarlo varias veces, la muchacha, como si no quisiese encontrarlo, cesó los gritos. Por consiguiente, no dudó en reputar la ocasión idónea para acercarse al árbol. Miró desvaída las diez coronas de pétalos, como en un rojo espejismo de líneas azuladas, y sin interesarle la advertencia sobre su maledicencia en lo más mínimo, se aprestó a cortar una de aquellas flores. Y en el preciso momento en que se despegó del cáliz, un grueso chorro de sangre fluyó alborotadoramente, sin término aparente, desde la rama herida a toda dirección. La muchacha arrojó la flor lo más lejos de sí que pudo, horrorizada, atinando sólo a correr hacia la salida de la casa, en un arrebato de alarma inmediata. En la puerta, a gran velocidad, se estrelló hombro a hombro con el mecenas, quien recién entrando, incomprendido, sólo pudo dejarla huir. Unos hombres que transitaban por la calle quedaron consternados viendo a Donatella aproximárseles, con la ropa toda ensangrentada y oyéndola imprecar auxilio entre llanto y balbuceo. En seguida la siguieron, igualmente alterados, hasta la casa de Rodinelli. En cuanto hubieron arribado al jardín, los hombres, que eran tres, descubrieron al mecenas en el mismo estado de estupefacción que la muchacha, y que ellos mismos, milisegundos después, al ver el árbol desangrarse. - ¡Atrás, atrás! –advirtió uno de los hombres, y procedió a socavar el pie del árbol con un azadón que cogiera de pronto. Vanos fueron los intentos por arrancar la planta maldita, pues no hallaron signos de raíces. En vez de eso, para su mayor sorpresa, notaron que el árbol nacía del ombligo de un hombre, un hombre que había permanecido intacto hasta entonces, muerto bajo tierra, como si sólo durmiese. De hecho, las raíces emergían de las puntas de sus extremidades. Todas las miradas apuntaron hacia Rodinelli, quien retrocedió, trastabillando. Repetía incansablemente no saber nada eso, que al igual que ellos, no conseguía entenderlo. Pero luego del interrogatorio que le formulara otro de los hombres, confesó que lo conocía, desde hace un año, mas que desde hace días no lo veía. El tercer hombre, que ejercía como diestro botánico, había permanecido todo el tiempo en silencio, analizando detenidamente las características del suelo y del árbol. - Escuchen –sugirió al fin–, este árbol tiene por lo menos diez años de edad. Si bien el primer hombre, conociéndolo en parte, acusó al mecenas en un principio, con este indicio abogó, en tono zalamero, a favor de su inocencia. - ¡Un momento! –interrumpió el segundo hombre–, si este tipo (refiriéndose a Rodinelli) asegura haberlo conocido desde hace un año, quiere decir que estaba muerto. - ¡No puedo creerlo! –exclamó el mecenas con las manos en las mejillas–. Yo hablaba con él y él conmigo, tomaba objetos, los cargaba, los movía. ¿Acaso un fantasma puede hacer eso? - ¡Mientes! –aseveró el segundo hombre, sobresaltado–. El cuerpo está intacto, y como bien tú dijiste: “hace pocos días desapareció”, ¡es evidente!, tú lo mataste y lo sepultaste después. Tal vez este árbol es solo un injerto, un simple injerto para distraernos respecto al tiempo. - ¡Imposible! –indicó el botánico–, el tronco completo coincide en edad con las raíces, por lo que no fueron incrustados. En cuanto al cadáver, se mantuvo en excelente estado todos estos años debido a la composición del suelo, ¡cal!, por supuesto. - Entonces sí lo conocí muerto –dijo el mecenas, desesperado por ahuyentar toda sospecha y al mismo tiempo trémulo–. Compartí por un año con un espectro… A propósito –prosiguió haciendo memoria–, antes de mí, habitaba aquí un veterano escultor, que tras un tiempo de conocernos, me cedió esta casa, pero me advirtió que no tocase el árbol, porque estaba maldito. Tan pronto revelara aquellos pretéritos hechos, llegaron al lugar los miembros de la tertulia organizada por Rodinelli, por lo que el alivio configuró el temeroso corazón de la muchacha: el mecenas decía la verdad, o por lo menos, parte de ella. Uno de los visitantes, el más viejo de la membresía, se acercó al muerto, aterido de pánico y compasión: le había reconocido, era su amigo, otro escritor, al que dejó de ver, enigmáticamente, durante diez años. - Lee esto –le dijo el segundo hombre una vez que, registrando la habitación contigua al jardín, diera con un libro–, ¿lo reconoces? - ¡Claro! –contestó el viejo tertuliano, en extremo pasmado–. Recuerdo que esto fue lo último que él escribió (señalando al muerto). Él me mostró el manuscrito para saber mi opinión, pero, ¿cuándo lo editó? Entonces, al cerrar el libro, que antes recibiera abierto, leyó que en la tapa figuraba Rodinelli como autor de la obra. Indignado, acusó al mecenas de haber asesinado a su amigo para usurpar su trabajo. - ¡Esta obra es mía! –refutó el mecenas. - ¡Di la verdad! –le gritó el viejo sosteniéndole del cuello en el aire. - La verdad… es que estos escritos los encontré aquí, no son míos –confesó Rodinelli finalmente–. Encontré los manuscritos en esta casa, cuando recién me instalé. Pero lo juro, yo no lo maté. - ¿Entonces acusas al escultor de haber cometido el crimen? –inquirió el viejo, manifestando el cuestionamiento común. - Es lo más probable. - Ese anciano escultor era tu padre, imbécil –reveló el viejo tertuliano ante la última respuesta de Rodinelli–. Sin embargo, tú nunca lo supiste, claro, hasta ahora. Siempre estuvo cerca de ti. Desde que se enteró de tu paradero, te ha seguido para velar por ti y por tu carrera de escritor. Notó que la mala literatura que concebías en tu juventud nunca te daría gloria, o la fama que luego conociste, casualmente, con obras que no eran tuyas, que por mera coincidencia con frecuencia encontrabas, y de las que te apoderabas sin el menor remordimiento. En este caso ocurrió lo mismo, tu padre se hizo mi amigo, para ganar también la amistad del muerto. Entonces un día, como muchos otros, llegó hasta aquí trayendo confites y caramelos, y le ofreció un tanto de las semillas que solía comer, solo que envenenadas. Una vez muerto, como ya lo vemos, se apoderó de su casa y guardó las obras para que tú pudieses conseguirlas. Jamás lo conté a alguien, porque tu padre conocía mis secretos y me amenazaba con pregonarlos si lo acusaba. Mas hoy, siendo yo el último hombre en ingresar aquí por quedarme atrás, inmóvil, alcancé a percibir cómo tu padre, tras ocultamente entrever desde la puerta de entrada, se enteró del hallazgo de la víctima y previendo todos sus métodos ya desenmascarados, de pura impresión lo liquidó la noticia. Por ende, al morir al fin, obtuve licencia para decir la verdad. Mientras todos oían atentamente la confesión, un perro penetró en la casa hasta acceder a la habitación próxima al jardín, y al advertir las apetitosas viandas que el mecenas pretendía dar a los miembros de la tertulia, las devoró. Por cuanto el can, apenas tragara un poco, instantáneamente murió. - ¿Qué tienes que decir a ello? –dijeron todos a Rodinelli, en similar expresión. - Hoy morirías, muchacha, y todos los de esta abortada reunión –dijo el muerto con una aterradora mirada omnisciente, al mismo tiempo que Donatella lo recordó, como el mismo hombre y la misma advertencia que le hiciera en algún sueño anterior. Y apenas hubo pronunciado aquello, árbol y raíces fueron absorbidos hacia el interior del muerto, hasta desaparecer por entero dentro de su organismo. Pasmados, todos, le vieron tornarse en nada más que tierra y huesos. * Sharon Valerdi ( La Serena , 1993). Cursa Tercer Año Medio en el Liceo Padre Coll, en La Serena. En el año 2005, obtiene: 3º lugar Concurso Escolar de Literatura “Una carta para Gabriela”, nivel comunal; 1º lugar concurso literario “Respondiéndole a Neruda”, nivel regional; 1º lugar Concurso de Cuento “Los pasos de Gabriela”, nivel nacional. En el año 2007, obtiene el 1º lugar Concurso Literario “Bodas de plata Colegio Gerónimo Rendic”, mención poesía, y participa en el taller literario “Dios en la poesía chilena” de Universidad de La Serena. En el año 2008, obtiene una mención honrosa concurso literario “La figura de Prat”; 1º lugar Concurso declamación en honor a Gabriela Mistral; 1º lugar Concurso declamación en honor a Pablo Neruda con poema original: y 1º lugar Concurso de Cuentos Infanto-Juveniles Liceo Padre Coll.
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PRIMER LUGAR CATEGORÍA POESÍA LIBRE este aserradero Por Nicolás Labarca* a manera de barco
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cuidado de irse por ahí
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entonces la puerta
cruza aserrín la ventolera (sin embargo
esta casa
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pasa a la habitación sobre el mueble escurren texturas
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jadeante lo vi morir
sal de aquí
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de hocico cuesta abajo
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poema del padre está enterrado en el patio
* Nicolás Labarca (Santiago, 1986). Estudiante de Licenciatura en Literatura Hispánica de la Universidad de Chile. Participó en el taller de poesía “Códices”, a cargo del poeta Andrés Morales el año 2007. Actualmente es colaborador del Encuentro Internacional “Poesía y Diversidades en América y España: perspectivas críticas en el bicentenario” y ayudante del “Taller de relectura y reescritura de La Araucana ”, ambos proyectos de la Universidad de Chile. Es encargado del área de literatura de la revista electrónica tapiz.cl.
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SEGUNDO LUGAR CATEGORÍA POESÍA LIBRE MJ Por Gonzalo Geraldo* lo único que sabemos hacer con convicción es llorar en memoria de tus colores y temores, Auxilio
NO DIGO YO NI TÚ de lo que ya se habló infatigablemente en las memorias y monumentos, errancia y deshonra del dicho de la mujer, en silencio: nunca fue . perderse como si se fuera a arrimar o privar del accidente de los nombres propios, hilos de un telar que nunca se destiñen. dar razón de sí oscilando entre el sollozo y las sílabas , para así, dejarse hundir en un espolón. sin embargo, cuando se retiran las metáforas se habla a la ignorancia porque no digo yo ni tú , aunque el amor no deje de ser una palabra.
LOCUS HORRIDUS a tus locos amores, Ovidio los súbitos e inesperados movimientos de la retórica, Auxilio, merecen una pena capital por hacernos creer en estas disonancias del lenguaje. ella misma es la distancia , farmacopea que nos insinúa en el estremecimiento último de la expulsión y la desolladura: el sutil veneno de vos lo penetra y defiende todo . para este arte de bien decir todo sería artificio del canto como si de las rocas escarpadas y densos bosques se arrastrarán las líneas y expresiones del silencio, esperando en vano tal error de dulce engaño. luego, maltrechos hasta la desesperación en fuentes cristalinas y verdes prados se responde a quien suplica o en su defecto habla, Auxilio, “somos nuestros propios demonios, nos expulsamos de nuestro paraíso”.
CARNET DE IDENTIDAD señalas con el dedo y convienes en pocas palabras que tu rúbrica se desdobla y desprende. a la deriva de una confesión tomas un auricular, término y tono perentorio del condenado ante su patíbulo: no me venga usted a mí con retóricas . sin embargo, el que oye empeña la palabra de matrimonio a la prosodia porque a fin de cuentas se da fe tan sólo de los números y sus sílabas. por ello, cuando contraes y estrechas los oídos como si estuvieras en una guerra sorda no importa el adiós ni la quiebra si es que punto a punto se zurce y disimula: prefiero alejarme y eso es lo que haré .
EN VANO BUSCA LA TRANQUILIDAD EN EL AMOR vamos a desgraciarnos separadamente, Lisi tropiezo y advierto por fortuna quizá del azar que mi porfía es forzada a tus galeras como si de los pequeños acontecimientos o incidentes se sobreviviera en peligro. del sino y el abandono se cansa el alma mía , puesto que esta mañana estabas de buen humor o esta noche lo volviste a encontrar. y entonces, la euforia desaparece y tus repetidas infracciones te convierten en ley, para luego burlarte y correr la misma mala o buena suerte de los malentendidos: tomar nota de que todo puede irse a pique, Auxilio.
SHE HAS NO TIME con sólo mover un dedo cierras los ojos a la verdad, y en virtud de las palabras aparentemente fingidas desencadenas la ruina. todo pareciera clavarse en los pliegues de la “última palabra”, la escena de los ya casados que jamás dicen tú sin mí . por ello, en esta justa o tragedia el desfacedor de agravios y sinrazones replica los silogismos aplastados sobre el muro, la venganza de la otra : “pronto te verás desembarazada de mí”.
EL LAMENTO DE ARIADNA me aligero de esta enfermedad y pienso parir al final de nuestro laberinto una herida que no se supo plegar: ¿quién me calienta? ¡dadme manos ardientes! ¡dadme un brasero para el corazón! de ti Teseo, falso salvador de muchachos y muchachas , el fulgor fue cautiverio y el quebranto un ovillo semejante a la medianoche. fulminada y cazada por ti me arrojo y ciño con recelos a tu cruel aguijón, para siempre inútil al secreto silencio de mi único compañero, mi gran enemigo : tu laberinto .
PAPEL DE CALCO für dich leben!, für dich sterben!, Almschi! te mudas y entrampas de palabras sin que yo tenga el calco de tu voz , y el papel guarda silencio: ella (se) escribe . aunque el velo cayera no importa lo secreta que sea cuando escribes , trasuntas la lengua sin hablar del ridículo si no fuera demasiado pedir , Alma. sin embargo, la escena no puede escribirme , el espectro y el cadáver atados a tu ausencia y tu presencia donde precisamente no estás nos fuerza al poema de amor. vivir pensando, temblando en lo que pudo ser o ha hecho de mí, mi propio niño .
LAS VÍCTIMAS DE EROS SOBREVIVEN AL CRIMEN ni uno ni otro se hace parte del dardo y del carcaj , Dafne, durante el rapto de los apareamientos . como si me acordara del tiempo mismo y solamente del tiempo en que la herida encandila, y la flecha dorada te recuerda un perfume sin soporte, un grano de memoria, una simple fragancia : “todo me es extraño, estoy tan sola”. cuando las estrellas brillaban a los ojos del pastor y su dulce flauta era despreciada, te escabullías entre los rebaños como disipándote de la luz cuajada . pero nunca esa dicha volverá tal cual porque la memoria a su manera nos ama, esa flecha con punta de plomo no olvida: ¡la luz se ha marchado para mí, también para ti, mi amigo!
ECO, LA NATURALEZA ANGÉLICA RÉPROBA el espejo no me deja ningún lugar , Narciso, al perseguirte con sigilo a través de las despiadadas fuentes y flores . en la selva ya no se escuchan mis voces, quizás soy excluida de ellas como una mala foto que cae, sin duda alguna, a una poza de agua verde sin fin . ¡ay de mí! vanos mis suspiros bajo los nenúfares que me muestran una imagen triste , Narciso, una ninfa bajo una luz polar de ruinas heladas . “aquí, aquí” existe un frío especial , el de los restos de la esperanza captados en los espejos ; “tengo frío, me dice una flor más allá de la imagen , volvamos”.
ELLA SE CONVIERTE EN MUJER ardo en deseos de hablar para ti , amigo mío, pero te haces el desdeñoso como si fuera necesario un yugo pesado . cuanto más el amor dure y creas que mueres en un momento de ofuscación , la fe se mostrará tan repugnante como funesta. no acepto ser dejada de lado ni de día ni de noche por más que me haya equivocado monumentalmente . no dejaba de escribirte cartas de amor , amigo mío, por esa idea de que una mujer debe escribirle siempre a su amante . y como si hablase al mismo hombre de lo hecho, dicho y recordado haciendo de mí un monstruo, una enorme lengua : “el lobo ama al cordero, el amante ama al amado”.
TÚ Y YO NO SOMOS MÁS QUE PALABRAS hemos perdido el decoro, Auxilio, no hallando camino ni salida con nuestros nombres que no le dicen nada a nadie . valerse casualmente de la deuda y la espera de nuestros cuerpos para así interrogar al destino : “la persona que usted ama lo ama y se lo va a decir esta noche”. pero por más que aquí y allá, en los árboles todavía hayan hojas, la intensa y estrecha angustia cumple los votos del correo de las malas nuevas. tú y yo no somos más que meros espejismos lingüísticos y las palabras esa última hoja que no caerá, y después cae .
HABLÓ FILIS, Y TUVIERON ALMA DE CORAL SUS LABIOS por ti y por nadie más , Demofonte, dejo aquí clavado un desfile de razones en el nombre de Rea. enferma de desengaños ruego al amor que me mostrabas , las palabras, cruel, con que a todos engañabas : “¡Filis, mal hayan los ojos que en un tiempo te miraban!”. tu voz me hace llorar, soy ante mí mi propio teatro o bien el almendro que agitado se suspende en la muerte de un hombre, mi muerte. y viéndote al fin cerca de mis brazos, Demofonte, con tu desgracia y perdón ofendido , desciendo a la tumba para arrebujarme contra ti . * Gonzalo Geraldo (Santiago, 1989). Estudiante de Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas con mención Literatura, en la Universidad de Chile. Ha sido publicado en revistas y antologías poéticas, y recibido el segundo lugar en el Certamen de Poesía en Homenaje a Gabriela Mistral (Universidad Católica Silva Henríquez, 2005) y el primer lugar Premios Literarios Gabriela Mistral en poesía (categoría juvenil, 2008).
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PRIMER LUGAR CATEGORÍA POESÍA ESCOLAR Disonancia auricular Por Nicole Montano*
I Escupe en mi aire, Nuestra luz se derrumba
II
Con un colapso y en blanco
– dale mis saludos al silencio –
Dos segundos antes de la parálisis
III
Ahí está
Que duela las sátiras [In]conclusión al amanecer.
* Nicole Montano (Valdivia, 1992). Actualmente cursa Cuarto Año Medio en el Liceo Armando Robles en Valdivia. Sus trabajos son publicados en su blog www.anadabris.blogspot.com. |
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SEGUNDO LUGAR CATEGORÍA POESÍA ESCOLAR Botella rota Por Ignacio Valdebenito*
* Ignacio Valdebenito (Santiago, 1991). Cursa el cuarto año de enseñanza media en el Liceo José Victorino Lastarria. Integra el grupo musical de metal experimental "Embrace November". Ha participado en el colectivo “Dos duendes por un dedal” y en el colectivo “letra-mundo” de su colegio. Este año recibió el primer premio de poesía Roberto Bolaño con el poema "Próxima". |
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