Por Alejandra Costamagna

Por Diego Zúñiga
Por Trinidad Castro
Por Álvaro Bisama
Por Claudio Maldonado
Por Nona Fernández S.
 

Alguna parte del pasado

Capítulo I

Alejandra Costamagna(1)

No va a llegar, piensa. Han quedado de juntarse en Catedral con San Martín a las tres y media. Pero él sabe, podría apostar su cabeza, que no va llegar. Lleva trece minutos de pie frente a la tienda de mascotas, escuchando el coro de un enjambre de gatos huérfanos. Sáquenme de aquí, miau, por favor. Se le ocurre –lo descarta al siguiente pestañeo– abrir las jaulas y soltar a las bestias, a todas las bestias. Camina por Catedral hacia la cordillera y entra en un cibercafé. ¿Qué va a querer? Sacársela de la cabeza, eso es lo que quiere. En cambio pregunta al encargado cuánto cuesta revisar el correo electrónico, sólo para mirar un mensaje, trata de regatear, sólo estar seguro de que no se le traspapeló el día o la esquina. A lo mejor digitó mal y quedó con otra persona, no con ella, que no lo espera en ninguna esquina a ninguna hora. Doscientos pesos los veinte minutos, lo interrumpe el encargado. Entonces se sienta en la máquina del fondo. No quiere que los demás usuarios perciban su cara de drama o de bronca al abrir el correo y leer lo que lee, la única señal en los últimos cinco años, las cuarenta y dos letras del mensaje que ahora revisa –no revisa: desgaja– como si estuviera frente al código de su propia caja negra. Mañana a las tres y media en Catedral con San Martín. Punto. ¿Y si se hubiera referido a las tres y media de la madrugada? ¿Y si el correo lo había escrito de noche y mañana para ella había sido ayer, por ejemplo? Doscientos pesos por quedar en el mismo punto muerto. Paga y vuelve a la tienda de mascotas. Se instala a mirar como con envidia las jaulas de la vitrina. En una de las más chicas hay un gato anaranjado que lo mira pidiéndole algo. Algo que él, entonces, es incapaz de descifrar.

***

Se conocieron en una clase de yoga. Era la primera vez que él se sometía a una experiencia semejante. Cabeza al suelo, alineamiento del cuerpo, pelvis a los isquiones, pie derecho en cuarenta y cinco grados, que fluya la energía, que no caiga la cabeza que no caiga. El terapeuta se lo había recomendado, casi ordenado, y él entonces fue incapaz de contradecir las órdenes del tipo que lo había rescatado del caldo cetrino que era hasta ese momento su cabeza. Le recomendó el Ashtanga, para que (y esto lo dijo literalmente) “el cuerpo y la mente aprendan a bailar como si fueran uno solo”. El cuerpo y la mente bailando: qué ocurrencia. Lo último que echaba de menos por esos días era bailar. Pero él estaba decidido a pararse de cabeza (postura que efectivamente consideraba el Ashtanga) si eso lo sanaba. Sin embargo el día de su debut en el yoga se equivocó, llegó tarde y entró a una clase de Iyengar, y no de Ashtanga. Más tarde supo que el error había sido una especie de lapsus, porque el Ashtanga –según le hizo ver el mismo terapeuta– desarrollaba la inteligencia de las células. El caso es que ese primer día entró diez minutos tarde a la gran sala de ejercicios, como si fuera un almuerzo de amigos, muy campante con su colchoneta en la mitad de la oración inicial. Estaba llena y en penumbras la sala, pero a él le pareció que de pronto se iluminaba exclusivamente en la esquina derecha inferior, bajo las cuerdas. La vio ahí, el pelo anaranjado rozando el piso de madera, y le pareció que era un milagro lo que tenía al frente. Ovillada sobre un cojín rectangular muy grueso, con los brazos extendidos hacia los costados como las alas de un planeador. Elevada en el suelo, la mujer. El instructor no le prestó atención. El canto milenario, al parecer, lo tenía subyugado. Pero cuando terminaron los ecos del sánscrito y resonó en la sala el om colectivo, lo hizo: le clavó la mirada como una navaja. Aunque la secuencia fue otra. Primero el instructor miró a la mujer que ahora se desovillaba y volvía a la postura humana y acto seguido clavó la vista en el inepto practicante. Y él, el inepto, quiso volver el gesto hacia ella, pero no pudo desviar el eje visual del instructor, porque vislumbró un designio diabólico en los ojos de aquel hombre. Regla número uno: nunca, por nada del mundo, interrumpir la invocación a Patanjali.

***

La segunda vez que la vio fue en las puertas del camarín, listos para entrar a una clase de Iyengar. Había pasado treinta horas pensando en ella y seis horas más tarde estaba con la colchoneta en la mano dispuesto a alinear todos los huesos y los nervios; a colgarse del techo si fuera necesario. Esta vez, a diferencia de la primera, se comportó como un aprendiz modelo. Dócil, crédulo, cien por ciento transformable. Incluso llegó a sentir que las células, todas sus células, se expandían. ¿Hacia dónde? Quién sabe. A lo mejor se perdían en el espacio común, se mezclaban con las células ajenas y volvían a su cuerpo cargadas de esa especie de otredad que se respiraba en la sala. Probablemente, pensó más adelante, lo que provocó esa irradiación celular fue la presencia de ella, su mera existencia junto a él. Esa tarde luminosa, cuando terminó la clase, la abordó. Hola, hola. Un encuentro forzado, sin duda, con los zapatos en la mano y la colchoneta a medio enrollar. Pero a él le bastó con decirle hola y que ella le contestara.

***

Sacársela de la cabeza, eso es lo que quiere. No seguir esperando que alguien lo recoja y lo introduzca en otra jaula. Se le ocurre que no va a reconocerla. Estás igualita, le va a decir cuando la vea llegar hecha un desastre. Y ella lo va a mirar con unos ojos muy abiertos, muy brillantes, que él no sabrá cómo interpretar. Entonces él le preguntará por qué. Y ella se quedará colgada o se hará la loca y responderá por qué qué . Tú sabes…, se animará apenas a decir él. Pero no se atreverá a decirlo con todas sus letras. Ni él ni ella lo nombrarán entonces. Se quedarán callados y a sus cabezas llegará quizás el desangelado eco de un mantra. Como si la adoración a Patanjali todavía pudiera salvarlos. No va a llegar, lo sabe. Lo supo desde el principio. Y casi sin voluntad, se acuerda ahora de las primeras pistas que entonces no atendió. Fue seis meses después de conocerla, sin colchoneta ni oraciones a sus espaldas; sentados en el borde de la cama. Todavía hoy se pregunta por qué la mujer esperó tanto tiempo para decírselo. Lo que pasa es que no te atreves a soltar la bestia que tienes adentro, sentenció ella mientras sacudía una almohada. ¿Qué bestia? La rabia, hombre, la rabia, aclaró sin dejar de sacudir. Ella nunca lo había llamado hombre . Ella nunca lo había mirado con la cara que ahora lo miraba, detrás de las partículas diminutas desprendidas del sacudón de la almohada que se alojaban de golpe en esas mechas naranjas. Hasta ese momento no tenía cómo saber, él, que de sus ojos o de su habla o, quién sabe, de su postura corporal desalineada se insinuara algo semejante a la bestialidad. De qué hablaba esta mujer. Tú sabes perfectamente de lo que estoy hablando, pareció leerle la mente. Me da vergüenza decirlo…, balbuceó. No, no es vergüenza, se retractó de inmediato. Entonces se agarró el pelo en un moño y lo dijo con todas sus letras: Yo conocí a Pluto.

   
 

Capítulo II

Por Diego Zúñiga (2)

No va a llegar, piensa una vez más y vuelve a alejarse de la tienda de mascotas. Se sienta en la vereda, frente al lugar. Entran dos jóvenes y miran las peceras. Probablemente sean una pareja. Ellos nunca alcanzaron a ser una pareja, nunca alcanzaron a verse como estos dos jóvenes que se ríen mientras observan los peces. Aunque ahora podría ser distinto, piensa él, quizá ahora las cosas, por fin, podrían cambiar y olvidar todo lo que pasó. Porque sabe que no saca nada con preguntarle, una vez más, por qué terminó apareciendo Pluto en sus vidas. Por qué apareció esa noche, cuando estaban sentados al borde de la cama, para terminar quebrando todo. Claro, es cierto que recién comenzaba la historia de ellos, que en realidad no había historia. Que él se enamoró de ella, de su pelo anaranjado, de sus silencios, de esos amagues por evitar contar cualquier historia del pasado. Pero sólo había eso: el asombro de los primeros tiempos, la obsesión de él por ese pelo anaranjado, y no mucho más.
El problema es que se creó expectativas.

El problema es que Pluto, el otro, las hizo desaparecer en cosa de minutos.

La pareja ahora se detiene en la jaula donde hay dos gatos gordos, rubios, que duermen abrazados. La pareja sonríe, mientras ella aún no aparece. No va a venir, piensa, asegura. No va a venir y seguiremos sin vernos, desde ese día en que no dijimos nada sobre el otro, más que las palabras de ella, esa breve frase. Luego de eso se levantaron, se vistieron y salieron rápido de aquella habitación. Antes de salir, eso sí, él se acercó a la ventana que daba hacia el Parque Bustamante. Ya había atardecido, el lugar estaba completamente azul. El rumor de los autos, algún hombre paseando a dos perros, una pareja sentada en una banca, los árboles azules, mientras ella terminaba de arreglarse en el baño. Él se quedó un buen rato en la ventana, escondido, pensando en si alguien, desde el parque, podría verlo. Eso deseaba. Que alguien lo viera desde el parque, ojalá que fuera Pluto, que supiera que ellos estaban encerrados en esa habitación, que habían estado tirando desde la mañana.

Por supuesto que no los podía ver. Ella salió del baño, él se alejó de la ventana y abandonaron la habitación. Después se enviaron algunos e-mails, él intentó que se reencontraran. Pero nada. Respuestas ambiguas, hasta este último correo: cuarenta y dos letras. Juntarse en Catedral con San Martín. Han pasado más de veinticinco minutos desde que debieron encontrarse. La pareja acaba de abandonar la tienda de mascotas.

La primera, y única vez, que le habló de Pluto fue luego de una clase de yoga. La acompañó caminando a su departamento. No quedaba muy lejos, pero lo suficiente como para que él, algo nervioso, se largara a hablarle del otro. Le contó la historia a medias, con muchos intervalos, ella en silencio. Le contó de esos días en el norte cuando lo conoció. Del intento de Pluto por que él le hablara sobre su pasado. No quería sentirse ausente en los años que no se conocían. Quería saberlo todo, insistía en que hicieran un viaje al Perú. O que se fueran al sur, que él tenía una camioneta, que él manejaba, que su familia lo iba a entender, que no desconfiara de ellos, que les había hablado de él, de lo que le alcanzaba a contar a su madre cuando hablaban por teléfono.

Mientras se acercaban a su departamento, ella comenzó a preguntarle sobre su madre. Ahí él se quedó en silencio, no supo muy bien qué decir. Nunca he sabido qué cosas decir sobre los muertos, así que siguió con lo anterior, con el viaje que hicieron con el otro en su camioneta desde Iquique hacia Santiago. Cuando acabó la historia del viaje llegaron a su departamento. Le preguntó si quería pasar, si quería conocer a Rodrigo. Por supuesto que le dijo que no.

Debería volver a revisar el correo, piensa, conectarme y ver si me escribió un nuevo e-mail explicándome que tuvo algún inconveniente. Probablemente fue eso, piensa, probablemente tuvo alguna complicación, no supo qué inventarle a Rodrigo y no pudo venir.

Nadie ingresa a la tienda de mascotas. Él se pone de pie y camina hacia el cibercafé. Sabe que no habrá correos, sabe que debería volver a su departamento, que no saca nada con seguir esperando. Ella nunca había llegado tarde, esa costumbre le pertenecía a él. Y al otro. Eso lo supo el día del viaje. Se supone que partirían temprano hacia Santiago, cerca de la madrugada. Pero Pluto llegó casi al mediodía. Viajaron por la costa hasta llegar a Antofagasta. Se quedaron unas horas ahí, su idea era atravesar el desierto de noche, porque sino era muy peligroso. Él lo miro sin decir nada. Qué iba a decirle a un hombre que, se suponía, había recorrido ese mismo camino tantos años, transportando fruta, en ese camión del que le habló alguna vez su madre. Esas historias repletas de todos los lugares comunes de un camionero, aunque Pluto, en estricto rigor, no era uno: su padre era dueño de una flota de camiones que transportaban frutas y verduras desde Santiago hacia Iquique. Ese fue su escenario de la infancia, le contaba su madre a él, compartir con los camioneros, viajar junto a ellos, recorrer el desierto de día, de noche, al atardecer. Saber dónde había hoyos, dónde venía una curva, en qué lugar era conveniente aparcar el camión y dormir un poco. Y esas historias comenzó a recordarlas mientras aquella noche atravesaban el desierto y Pluto intentaba sintonizar una radio. Según él había descubierto una señal que lograba llegar en el desierto, era música ambiental, música que podía confundirse con el rumor de una radio sin señal, pero música al fin y al cabo. Y mientras buscaba la radio, él recordaba las historias de su madre. Historias donde Pluto era el antagonista, el hijo de puta.

Comienza a atardecer. Camina por Catedral rumbo a la Plaza de Armas. Pasa por fuera del cibercafé. Piensa que debería revisar su correo, pero prefiere continuar con su trayecto. Volver a su departamento, quizá allá revisar el correo, ver si ella le escribió algún e-mail excusándose. Atardece. Los edificios se vuelven rojizos y a veces azules. Algunas personas caminan rápidamente. Se acerca a la Plaza de Armas. Oficinistas. Gente con bolsas. Ruido, mucho ruido. Las micros. Los autos. A veces los imaginaba acostados, desnudos, encerrados en algún departamento del centro. Intentaba pensar en cómo se conocieron. Cuál había sido el detalle que los hizo hablarse. Pero nunca llegaba a ninguna conclusión, y ahora tampoco, cuando se adentra en el Paseo Ahumada y escucha a un hombre hablar fuerte, muy fuerte, invocando a Jesús, mientras unas mujeres con faldas elevan unos libros que tienen en sus manos, y unos jóvenes tocan guitarras y panderos. Los deja atrás, sigue avanzando, dobla en una calle, luego en otra hasta llegar al Teatro Municipal. Suena su celular. Contesta, del otro lado se escucha un rumor. Aló, aló. Cuelgan. Se queda mirando un momento la pantalla. Ve el número, no sabe de quién es. Lo guarda en su bolsillo. Desde la calle ve su edificio. El sol da de lleno en las ventanas de su pieza. Avanza, saluda al conserje y entra al ascensor.

Una vez se volcó, le dijo Pluto mientras él intentaba dormir en el asiento, fue un instante, cerrar los ojos, la luz, no vio nada. Estuvo en coma casi un año. Nadie entiende por qué despertó. Se supone que había muerto; el camión se incendió. Unos jóvenes alcanzaron a sacarlo de ahí y lo llevaron a un hospital. Un año en coma. Por supuesto que no recordaba nada del accidente. Sólo eso: un parpadeo, la luz, el ruido.

Se abren las puertas del ascensor. Un hombre está sentado en el pasillo, al lado de la puerta de su departamento. Cuando lo ve se pone de pie. Es un hombre de unos cuarenta años, parece un oficinista. ¿Tú eres Pluto, cierto?, le pregunta el hombre. Él lo queda mirando. Mete la llave en la cerradura y la gira. Pasa, le dice. El hombre avanza y él cierra la puerta.

 
 

Capítulo III

Por Trinidad Castro (3)

Entraron y había sólo silencio. No se fijó en la decoración o en las fotografías, en el desorden de la cocina o en la falta de un paragüero en la entrada. Sólo en el silencio y en un ¡clap! que lo interrumpía cada tres segundos. Silencio y ¡clap! Silencio y ¡clap! Se quedó de pie en medio de la sala, sin saber a dónde ir, sin saber qué preguntar. Al baño, le dice él, y le señala con el dedo. Ya a medio camino entre el baño y la sala, se siente el agua en la alfombra, los zapatos que se hunden un poco, los zapatos que suenan como en invierno. La puerta del baño junta, con apenas una abertura, y en la abertura, en ese pequeño espacio de no más de quince centímetros que deja ver la cerámica inundada del baño, cuatro o cinco cabellos que se asoman y flotan. Cabello naranjo que flota y nada libremente, y del otro lado, ahora sí está seguro, ella. Entra con cuidado para no golpearla y una onda recorre el agua del piso y agita su cabello, ahora todo su cabello alborotado y ahogándose en lo que para un pelo debe ser una tormenta incontrolable. Y unido a su pelo, su rostro. Todo pálido, todo relajado, todo muerto su rostro. La mira y piensa, ya vacío de incertidumbre, que no es ella. Esa mujer que ahora es como un ángel no es Mariela. No tiene ni su voz ni su gesto ni el rojo en las mejillas. Esa mujer no tiene nada de Mariela.

No sintió miedo. No lo sintió cuando vio a ese hombre –Rodrigo–, esperando en su puerta horas atrás. No lo sintió cuando notó el brillo de la pistola que llevaba entre el pantalón y la cintura, y tampoco lo sintió cuando él le dijo, en una especie de susurro contenido, esa frase que parecía definir toda su vida, todo su pasado y más aún su futuro. Está muerta. La puta de mierda está muerta. Muerta, muerta, le dijo, intentando controlar el temblor de su mentón, apretando las manos entrelazadas contra el cuerpo, y dejándose caer en el sillón. No se miraron ni dijeron nada por varios minutos, varias horas o días, ya no recuerda. Sólo se quedaron ahí, en ese departamento demasiado grande para un hombre soltero, hasta que Rodrigo dijo “vamos”, no con una palabra o un gesto, sino con el sólo hecho de abrir la puerta y esperar, de pie, a que quien él creía que era Pluto, aunque no lo fuera y nunca se atreviera a decirlo, se diera por aludido y lo acompañara.

Silencio y ¡clap! Una gota, otra y otra, cae de la llave a la tina medio llena. Una gota-latido de ella, tal vez, o más probablemente latido de él, de su pecho que se agita, pero no. Sólo agua, gota tras gota, gota tras gota terminando de llenar la tina junto a la que se encuentra, empapada y casi sin ropa, Mariela. Rodrigo de pie en la puerta. Victimario, víctima y testigo congregados en un baño, esperando a que uno de ellos se decida a hablar.

Siente como el agua penetra su zapato, siente un cosquilleo agradable, extraño, un cosquilleo como la fiebre que sube por su pierna, por su estómago y su pecho, que resuena en sus manos, en las yemas de los dedos y se devuelve. Que sube por el cuello y se queda ahí unos segundos nada más, hasta llegar, ahora sí, a su cabeza y convertirse en una pulsión constante, una presión a saltos en la sien. Mariela está muerta, se dice, y se arrodilla a su lado, toma su mano fría, la recorre, todo bajo la atenta mirada de Rodrigo. La mataste, piensa. La mataste, asesino de mierda, la mataste, y el palpitar de su cabeza entrecorta las palabras. La mataste, la mataste, y en un descuido lo dice apenas, interrumpiendo el ¡clap! de la gota, interrumpiendo la pulsión en su cabeza, y deteniendo su dedo en ese lunar de la mano de ella. En ese lunar con forma de medialuna que ella tanto quería. La mataste, se escucha apenas, y se amplifica un poco, y llega, casi por casualidad, a los oídos de él.

Yo no la maté- dice Rodrigo. Yo no le hice nada. Ella fue la culpable. Ella, que nunca estaba quieta, que quiso salir otra vez, siempre saliendo, nunca estaba quieta. Ella que una vez dijo tu nombre, Pluto, y enterró sus uñas largas en mi espalda. Pluto, dijo, y me miró luego y yo leí que se arrepentía en sus ojos, y leí también que en el fondo te llamaba. Tú la mataste y mataste todo lo que ella quería, que era yo.

Piensa que el tipo está loco y ahora sí siente un poco de miedo. No soy Pluto, quiere decirle, pero no puede. No se atreve a dejarla sola, a permitir que le haga más daño, que la corte en pedacitos y la tire por el desagüe. Qué más puede hacerle, piensa, qué más. Voy a dejarte solo con ella, dice Rodrigo, y cierra la puerta tras de sí.

El baño es pequeño. Apenas caben los dos. Ella recostada de medio lado, las piernas encogidas, su cabeza apoyada sobre el brazo derecho, y el izquierdo que cae de forma tan natural, como si realmente durmiera. Él a su lado, en cuclillas, sin atreverse a arrodillarse del todo. Hay demasiada agua, piensa, y finalmente se decide. Apoya sus rodillas en el piso y se acerca. Primero sólo un poco, lento, con cautela. Hace a un lado parte del cabello que le cubre la cara, y lo deja detrás de su oreja. Su cabello naranjo, largo, probablemente hasta la cintura. Acaricia su mejilla, su mentón, sus labios entreabiertos que no dicen una sola palabra. No hay nada en ella que indique que fue asesinada. No hay un rasguño o una herida, sólo ella inerte, tan muerta, piensa, tan tan muerta. Acaricia su cuello, su pecho, toma sus manos y las besa. La quiere. La quiere tanto. Se recuesta sobre su abdomen, esperando a que ella juegue automáticamente con su pelo, que pase sus manos por su cabeza, por sus orejas, que le susurre algo. Piensa en su madre. En que nunca pudo despedirse de ella como lo hace ahora de Mariela, en que a ella tampoco la conoció bien. Mariela muerta junto a él, y él sin atreverse a hacer nada. A llamar a alguien por el celular, a saltar por la ventana y correr. Nada.

La imagina. Mientras sigue apoyado en su abdomen, mientras juega con su ombligo y siente como cada minuto que pasa ese cuerpo se hace más frío, la imagina luchando. Mariela que se resiste y Rodrigo que la empuja, que la sumerge, que no ve más que el cabello de ella que se levanta en el agua como una medusa. Mariela que grita y pierde el poco aire que le queda, y nadie la escucha. Nadie sabe, ni los de arriba ni los de abajo, que en esa tina un grito desesperado también se ahoga. Mariela que muerde, que patea, que rasguña con sus uñas recién pintadas, y Rodrigo que presiona más aún, presiona con todas sus fuerzas como si intentara cerrar una maleta demasiado llena. Y la cierra. Cuando ya cesan las burbujas y los movimientos, y cuando lo último que queda es una convulsión apenas, una convulsión delicada y suave, una convulsión de un segundo que se lleva su vida, sólo entonces deja de hacer fuerza. Se levanta y se pasea. Ella muerta, y la medusa de su pelo aún en movimiento. Imagina su rostro entonces, el de él. Su rostro confundido o iracundo, rostro de arrepentimiento o de agrado. Imagina todos los rostros posibles de él, y luego lo ve, como en una película, tomándola en sus brazos y dejándola con suavidad en el suelo, junto a la tina.

Escucha que Rodrigo lo llama desde el otro lado de la puerta, y se levanta. La mira una vez más, por última vez, piensa, y deja que un suspiro sea su última palabra. Un suspiro que, quiere creer, sólo ella descifra bien. Rodrigo, sentado en el comedor, aparta una silla con el pie y le indica con un gesto que se siente. No tiene opción. Ya no se hace preguntas. Ya no intenta atar cabos sueltos porque qué sentido tiene, se dice, si de todas formas no entiende nada. No entiende por qué murió Mariela, por qué le escribió para juntarse en primer lugar, dónde estaba Pluto y por qué Rodrigo pensaba que él era él. Si me quiere matar lo va a hacer con o sin dudas. Se sienta frente a él, las piernas algo abiertas, la espalda curva, los brazos apoyados en las rodillas, y todo su cansancio. Gira su cuello hasta que sus músculos, sus tendones o sus vértebras, nunca ha sabido bien, se acomoden y produzcan ese sonido que tanto le gusta. Rodrigo sólo lo observa, sosteniendo el arma en su manos, rozándola apenas con un dedo, más con desconfianza que con seguridad.

Una vez escuchó que ese sonido es el calcio que se libera, el calcio acumulado en las articulaciones que escapa y suena a algo que se quiebra. El gesto de Rodrigo es triste. El ceño fruncido, los labios algo apretados, los ojos que se cierran solos y vuelven a abrirse, tal vez con la esperanza de que sea uno de esos sueños que te inmovilizan, que no te dejan salir o entrar, nada. El sonido del calcio que huye desesperado otra vez en su cuello, y en sus manos que se tuercen las unas a las otras, el sonido de la huída que ella no pudo producir. Lo invade la posibilidad de que ella no haya hecho siquiera el intento. Ella que se dejo empujar, que abrió con decisión sus pulmones al torrente, y que vio con nostalgia como un último gramo de aire salía por su boca. Y qué si ella misma llenó la tina y decidió, como quien decide ir de compras, que esa tarde, a esa hora, se quitaría la vida. Se sacó todo menos la ropa interior. Se tomó unas copas y se sumergió, sola, como cuando niña. Se esforzó en no salir a flote. Cerró sus ojos y respiró profundo, respiró agua sin sal y sin arena, sin griterío veraniego, sin otros niños chapoteando a su lado. Se esforzó hasta que el resto se hizo solo… su cuerpo pesado, el silencio y por fin, la muerte.

Rabia. Si alguien le pidiera que definiera lo que siente en ese momento, como hacen los periodistas con las mujeres que acaban de perder un hijo, eso diría, rabia. Está seguro, rabia. Con un gesto de pistola, Rodrigo le indica que se ponga de pie y que se acerque a la ventana. Maneja el arma como si lo hubiese hecho toda la vida. Desde la ventana, Santiago. Casi no se ven árboles, casi no se ve más allá. Solo la vereda, el edificio de enfrente y el que le sigue, y también el que le sigue a ese. Los edificios del lado y los que le suceden, y así hasta el infinito. La vereda y personas-hormiga que se pasean sin saber que Mariela ha muerto y que tal vez él, que probablemente él, también lo haga. Siente cómo Rodrigo presiona con el arma en su espalda. A la altura del pecho, pero en la espalda, como si su corazón estuviera allá atrás. Siente sus manos en el cuerpo de Mariela, todas sus huellas en el cuerpo de Mariela, y tal vez un pelo junto al ombligo, y algo de saliva por el llanto que escondió sobre ella, una marca de barro o de tierra, una huella en la alfombra, y él ahora victimario, ahora él, para todos los demás, victimario. Se asoma a la ventana y se marea un poco, no sabe si de miedo o de vértigo, no sabe. Se asoma y presiente que el aire es el próximo paso. Cierra los ojos sin decir nada, y recuerda haber leído alguna vez que nadie puede ahogarse sin luchar, que nadie puede ahogarse por voluntad. Que el cuerpo humano, que la consciencia, simplemente no lo permite.

 
 

Capítulo IV

Por Álvaro Bisama (4)

En alguna parte del pasado Pluto dice: no soy Pluto.
En alguna parte del pasado Pluto dice: _________________________________________________________________________
En alguna parte del pasado Pluto dice: yo la quería.
En alguna parte del pasado Pluto dice: yo la quería pero no quería matarla y no sé por qué se murió. Esto era un juego. No sé por qué pasó lo que pasó. O sí sé. El trago lo pone mal a uno. Por eso pasó lo que pasó. Por eso hay un muerto, mejor dicho una muerta y la estamos mirando tal y como se mira un cuadro de verduras o de frutas, un bodegón.
En alguna parte del pasado Pluto dice: no soy Pluto pero puedo serlo si quieres.
En alguna parte del pasado Pluto dice: _________________________________________________________________________
En alguna parte del pasado Pluto dice: puedes culparme si quieres. Puedes decir lo que quieras.
En alguna parte del pasado Pluto dice: tiene que haber un crimen, siempre tiene que haber un crimen. Si no hay crimen no hay nada.
En alguna parte del pasado Pluto dice: sin un cuerpo no hay nada, apenas queda un boceto, un apunte de lápiz grafito, una sombra que se escurre…
En alguna parte del pasado Pluto dice: hablo con frases sueltas.
En alguna parte del pasado Pluto dice: hablo frases sueltas que se convierten en oraciones y adquieren sentido y luego esas oraciones se vuelven el aire que merodea el cadáver.
En alguna parte del pasado Pluto dice: ella no respira.
En alguna parte del pasado Pluto dice: ella no respira hace rato.
En alguna parte del pasado Pluto dice: ella no va a volver a respirar, hagas lo que hagas, reces lo que reces, ruegues lo que ruegues.
En alguna parte del pasado Pluto dice: she is dead.
En alguna parte del pasado Pluto dice: dead body here.
En alguna parte del pasado Pluto dice: eso es todo. Un cuerpo muerto.
En alguna parte del pasado Pluto dice: yo era fanático de las películas de Hitchcock.
En alguna parte del pasado Pluto dice: yo era fanático de las cintas de misterio. Crecí viendo esas cintas donde aparecía un hombre surgido del frío que ordenaba todo, que remedaba al diablo, que le tendía la mano al héroe y lo arrastraba hacia abajo, hacia la mierda.
En alguna parte del pasado Pluto dice: _________________________________________________________________________
En alguna parte del pasado Pluto dice: el Nescafé sirve para matar ratas.
En alguna parte del pasado Pluto dice: nunca me sirvas Nescafé. Te acepto un tecito, eso sí.
En alguna parte del pasado Pluto dice: en las piezas de ciertos hoteles, las baratas hablan.
En alguna parte del pasado Pluto dice: mi vida es eso. Deseo ser el hombre del misterio pero soy el hombre que escucha a las baratas.
En alguna parte del pasado Pluto dice: ¿sabes que las baratas aman la cerveza? Yo trabajaba en una fuente de soda, en el norte, un trabajo de mierda y siempre había baratas en la barra. Yo recuerdo eso: la felicidad de las baratas en la cerveza.
En alguna parte del pasado Pluto dice: las baratas me hablaban.
En alguna parte del pasado Pluto dice: no decían mucho. El sonido se parecía al de un auto que choca contra un muro en cámara lenta.
En alguna parte del pasado Pluto dice: __________________________________________________________________________
En alguna parte del pasado Pluto dice: nunca me casé.
En alguna parte del pasado Pluto dice: ¿has quemado a un animal vivo?
En alguna parte del pasado Pluto dice: ¿has quemado a un ser humano?
En alguna parte del pasado Pluto dice: ¿has avanzado en medio de la noche y el desierto con un bidón de bencina en la mano?
En alguna parte del pasado Pluto dice: yo pensaba en que el fuego podía iluminar esas poblaciones del sector norte de Antofagasta, esos lugares donde el cemento se vuelve tierra antes de estar vigilado por el desierto que es capaz de volverte loco.
En alguna parte del pasado Pluto dice: no veo el color verde.
En alguna parte del pasado Pluto dice: el huevón al que enterramos vivo en el desierto, cerca de Calama. Me acompañaban dos strippers peruanas borrachas y un marino turco que vendía armamento ligero. El hijo de perra nos quiso vender por una carta de amnistía. Nos salvamos por los pelos (matamos a dos de ellos pero el turco perdió un brazo en la refriega) y le dimos caza por unos meses. Lo pillamos en Calama, alojándose en un hotel regentado por un chino, haciendo de Zalo Reyes chulo con una copa llena de sangre licuada con martini. Fuimos implacables. Fuimos unas bestias. Le aplicamos la ley salomónica y le cortamos los brazos y las piernas y le cosimos con hilo curado con vidrio los agujeros del cuerpo. El marino turco no hablaba. Su único brazo manejaba el machete, enhebraba la aguja. Hicimos todo eso iluminados por los focos delanteros de mi renoleta. Una de las peruanas colocó un casette de Fito Páez en la radio. Ese casette sonó una y otra vez mientras ejecutamos nuestra venganza. El hijo de perra suplicó. Sabía que iba a estar ahí para siempre. Cavamos diez metros bajo tierra y luego lo metimos en la una bolsa y tapamos el agujero. Cuando volvimos a Calama, ésta nos pareció un espejismo y una de las strippers dijo que a lo mejor estaba equivocada, pero habíamos enterrado al sujeto en el mismo lugar donde alguna vez los tipos del gobierno de Frei probaron un aborto de bomba atómica.
En alguna parte del pasado Pluto dice: _________________________________________________________________________
En alguna parte del pasado Pluto dice: me gustan las películas de acción.
En alguna parte del pasado Pluto dice: me gustan las películas de acción donde no pasa nada.
En alguna parte del pasado Pluto dice: sueño con las pantallas de cine donde lo único que hay es luz blanca.
En alguna parte del pasado Pluto dice: luz blanca y el murmullo de las baratas.
En alguna parte del pasado Pluto dice: _________________________________________________________________________
En alguna parte del pasado Pluto dice: no me sale.
En alguna parte del pasado Pluto dice: _________________________________________________________________________
En alguna parte del pasado Pluto dice: no puedo imitar ese sonido.
En alguna parte del pasado Pluto dice: trato, pero no puedo.
En alguna parte del pasado Pluto dice: trato, pero no puedo.
En alguna parte del pasado Pluto dice: algo me sale entre los dientes, un silbido cortado, una canción que no es canción, el aire que es una marea muerta que se queda detenida en el paladar y que luego se lanza hacia afuera, rompiendo contra el mundo.
En alguna parte del pasado Pluto dice: _________________________________________________________________________
En alguna parte del pasado Pluto dice: ves, no me sale.
En alguna parte del pasado Pluto dice: no me sale.

 
 

Capítulo V

Por Claudio Maldonado (5)

Cinco años atrás, su terapeuta le había aconsejado iniciarse en la práctica del yoga. Lizardo, ¿Cómo no te vas a sentir cansado si todo el día estás pensando en Pluto? Obvio que tienes los neurotransmisores requemados de tanto darle a la cuestión. Acéptalo Lizardo, tu accidente vascular no dejó huellas, fue terrible agonizar un mes y medio, pero te libraste de todo, menos de ese Pluto, que te llevará derecho al hoyo si no aplicas voluntad. Porque yo no soy mago y la lobotomía no es mi estilo ¿Por qué no te metes a yoga? El Ashtanga hará que tu cuerpo y mente bailen como trompito. Además conocerás a gente que también quiere abrir su mente. Olvídate de Pluto ¡Esa cosa la creaste por la morfina! ¡Ese Pluto se murió el día en que saliste del coma!

Lizardo se inscribió en un centro de yoga. De aquella fantástica disciplina no tenía ideas ni fe, pero (como le dijo al terapeuta al despedirse) estaba dispuesto a lamerle la cabeza a un tiñoso con tal de vencer a Pluto.

-  Hola, me llamo Lizardo y no sé si te acuerdas.

-  Soy Mariela, mucho gusto, espérame un poco y te invito a un jugo.

Lizardo la esperó en las afueras del local y luego ella apareció. Atravesaron la calle. A los pocos minutos estaban acodados en la barra de un café llamado el Flaco Romo . Lizardo comenzó la charla.

-  Estoy en yoga, me lo recetó mi siquiatra, pero no creas que soy un loco –le dijo bajando la voz–. Es que tuve un accidente y quedé un poco traumado.

-  ¿Traumado? –preguntó Mariela–, que frunció el ceño, para dar paso a una risa cantarina.

El carcajeo de Mariela fue una especie de mirlo agitado, que por varios segundos invadió a Lizardo, que recibía los sonidos como campanazos de una nueva invitación, como la idea de un nuevo convite deformado por su entusiasmo sin medida. Sí, ella era una pelirroja de bellísimo cuerpo, reía muy bien, había sido amable como nadie. Pero el aferrarse a todas las situaciones gratas que le hacían soportable el día, sólo para pensar que eran una posibilidad de destruir a Pluto, caída a caída, parecían aplastarlo más en su conflicto, deshaciéndolo poco a poco, como a un pobre mojón bajo la lluvia.

-  No creas que soy un chiflado –insistió Lizardo con un leve temblor de boca– estuve en coma y durante ese tiempo tuve una visión, una presencia que casi nunca puedo olvidar y que de tanto recordarla me agota la mente, y a veces parece que me lleva.

Mariela lo besó en la mejilla, le dio el último sorbo a su jugo de melón calameño y le dijo:

-  Sólo estás pecando de honesto, no te haré preguntas. Dame tus manos y piensa que aún seguimos aquí, y que nadie te lleva si no quieres ir.

Con un espanto conocido (hacía dos días que no le ocurría) Lizardo sintió el bombeo en su cabeza. Lo intentó evadir, pero fue inútil. Apenas escuchó el rumor de las últimas palabras de Mariela. Porque sintió, en la profundidad cavernosa de su imaginación, la llegada tenaz del tantas veces repetido show de Pluto. Distante percibió la tibieza de la mano de Mariela sacándolo del Flaco Romo . Todo en un silencio. ¿Tan linda es que soporta mi locura?, pensó Lizardo, tratando desesperado de prolongar la reflexión, para que aquella duda frágil lo sacara de las primeras imágenes de su karma en Buin. Ese era el pueblucho que tenía por escenario y al cual sin querer se introducía. Don Lizardo, quédese tranquilo, aquí muy seguro está usted. Escuchó que le decía la enfermera jefa del recinto, una sesentona que no se veía antigua por las arrugas, sino porque su delantal y su gorrita puntuda llevaban el estilo de los hospitales de campaña de la Primer Guerra. Quiero que alguien venga, por favor. Le rogó tres veces a la enfermera. Horario de visitas no es, le gritó, mientras revolvía lentamente un harinado con leche. Se apagó la luz verdosa del cuarto. Mariela, sácame de aquí, berreó Lizardo. Los dos caminaban entre oficinistas, colegiales y bolsas de supermercado. Pero ya Lizardo estaba al interior de su jaula, en una nueva realidad que le dividía la existencia en dos. El pedazo mayor de Lizardo estaba en el hospital de Buin, y el resto, que sólo era un despojo tiritando en el cemento de Santiago, le decía a Mariela (mientras intercambiaban los números de teléfonos) que luego vendría lo peor, pero que todo pasaría, que se sentía muy mal, que tenía un cansancio profundo, y que no podía moverse ni una pizca de su espacio de terror. Mariela lo besó en la mejilla (Lizardo escuchó el “muac” pero nada supo ver). Mariela no le preguntó ni el porqué ni el cómo de ese terror que tanto le dolía. La colorina le habló de la crisis de pánico, del shock post traumático, de un ansiolítico natural peruano. Estaba destruido, atrapado por su delirio íntimo. Lizardo le dio las gracias y le dijo adiós. ¡Mariela!, este fin de semana salgamos a comer, le gritó cuando ella desaparecía en la esquina. Pero la única que lo escuchó fue la enfermera jefa del hospital de Buin, que se llamaba Gretel, y que de un salto despertó de su silla lanzando un respingo de quirquincho en cólera. Don Lizardo, mi turno ha terminado (le chilló) ahora lo dejo con los señores enfermeros. Lizardo subió al colectivo para llegar a casa, pensó que el yoga no servía para nada. Se puso las gafas, cerró los ojos, no quería llorar, pues el llanto siempre había sido el último recurso de su expresión. Durante el viaje en colectivo, que duró casi un cuarto de hora, Lizardo volvió a consumir todas las escenas de su trauma. Una por una hasta llegar a la última. A la de Pluto. Gretel lo dejaba a cargo de dos varones, que al final eran auxiliares de aseo, o más bien alumnos de un liceo pobre haciendo la práctica final. Candidatos fijos para ser los nuevos limpia chatas del bicentenario. Muy jóvenes, muy risueños en la medianoche del hospital General de Buin. Francamente indiferentes a los quejidos de Lizardo, que a cada tanto lanzaba un puñado de insultos destinados a que le desataran las manos de la cama. Lizardo gritaba con más energía, pero se rendía ante la llegada de cuatro haitianos negros rastafaris, que por su delgadez extrema y sus ojos blancos, demostraban ser unos zombies traficantes de marihuana. Lizardo veía que se colaban entre las paredes, en forma de humo, y que luego se solidificaban para abrazar a los dos practicantes que saltaban locos de alegría y de ganas de fumar. Luego venía la escena macumbera, donde los cuatro negros sacaban de sus morrales unos cigarros que parecían bates de béisbol y que apuntaban a la cara de Lizardo. Al mismo tiempo, los cuatro negros le daban una calada a sus respectivos porros y luego le lanzaban a Lizardo toda la potencia del vaho marihuano en la cara. Del humo se desprendían palabras que tenían que ver con el destino de Lizardo, signos proféticos de un idioma superior. Lizardo lo sabía. Todas las veces que pasaba por esta parte intentaba descifrar algún mensaje, pero era inútil. Sabía que era inútil discutir por el mal trato que le daban a los enfermos en Buin. Pero algo lo llevaba a reclamar sus derechos y a tratar a los practicantes de huevones sin criterio ni piedad. Lizardo sabía que no valía la pena gritar, pero lo hacía porque las cosas seguirían de mal en peor, porque los practicantes, de tan drogados que estaban, se asustaban y llamaban a Gretel por teléfono. Antes de que ella apareciera. Lizardo sentía que sus párpados se llenaban de arena, y que en su cama hospitalaria intentaba dormir. Pero a los segundos se daba cuenta que su pierna estaba empapada. Se daba vuelta y se veía compartiendo el lecho con un anciano, que liberaba pus amarilla por el ombligo. Lo curioso es que el caballero usaba mascarilla de oxígeno y lo habían metido en su cama con zapatos, pantalones, abrigo y sombrero. Estaba oscuro, Lizardo olía la piel curtida del viejo quejándose en silencio. Entonces Lizardo estallaba en ira y lograba romper las amarras de la cama. De una patada empujaba al anciano que caía boqueando en las baldosas. Aparecía Gretel gritando: ¡No sabe lo que ha hecho don Lizardo! Cuando el viejo lograba incorporarse, y antes de salir por la puerta, le decía con un gemido agónico: “Me las vas a pagar concha de tu madre”. Luego Lizardo aparecía en la casa del anciano, pues sentía una profunda culpa por haberlo dejado sin atención y quería reparar el daño con dinero. Ubicaba la casa, que estaba en la periferia de Buin, y era recibido por toda la parentela. Niños, hombres y viejos lo miraban serios, pero con cierta amabilidad. Mi nombre es Lizardo Farah y vengo a reparar el daño, les decía. La familia movía la cabeza y era ahí cuando se escuchaba decir que él era un turco bueno, un turco que quería que reintegraran al viejito al hospital. De pronto todos desaparecían y lo dejaban en la cocina. Las murallas de la pieza eran altas y pintadas de un verde musgo descascarado. Lizardo esperaba tranquilo, pero de pronto una jauría de policías se dejaba caer en el inmueble. Llegaban a la cocina y armados con espátulas raspaban las paredes. En la medida en que la pintura comenzaba a caer, Lizardo y los polis veían que en los cuatro muros había cientos de fotografías que demostraban, que desde las primeras generaciones, la familia había practicado (como un rito secreto) el incesto, la sodomía, la pedofilia, y también la bestialidad con los perros, gatos y gallinas de la casa. Las imágenes eran un muestrario ilimitado de todas las posiciones sexuales que había tenido la familia durante el siglo XIX, el XX y el XXI. Es aquí cuando Lizardo vuelve a sentir culpa, sin querer devela un secreto mayor. De pronto se ve escondido en un bunker. Todas las veces que entra al refugio le impresiona que tenga un ventanal tan grande y que más encima de la vista a un pedazo del parque forestal. Los amigos delincuentes de la familia quieren venganza y los carabineros de Buin, que son mayoría, los repelen a puntas de lumazos voladores. Lizardo observa desde el ventanal. Sabe que el fin se acerca, que cada vez está más cerca de Pluto. Por la chimenea del bunker entran cuatro gorilas y lo amarran de pies y manos. Lo quieren matar con inyecciones de colores, pero en el último momento se hace el muerto y aparece en una carretera. El cuerpo lo tiene tapado con una caja de detergente gigante. Por ambos lados de la carretera ve que todos los árboles se incendian. Son los rusos, le dice una voz que tiene detenida su camioneta en la orilla. Sube, le dice. Los rusos están por llegar. Lizardo se sube y sin saber por qué se presenta como El Turco. Yo soy Pluto, le dice el chofer con sonrisa de música ambiental. Llegan al desierto. Es medianoche. Los esperan dos mujeres. Lizardo (que ahora es El Turco), siente un golpe en la nuca. Pluto da una orden. Las peruanas cogen las agujas de cocer cuero y le zurcen el ano, luego la boca, luego los párpados. Lo tiran a una zanja y le echan un par de paladas. Yo soy el virus Pluto, le dice mientras se sube a la camioneta. Las peruanas cantan “Mariposa Tecnicolor”. Se burlan de Lizardo: “Yo te conozco de antes, cuando me fui no me alejé” . Yo soy el virus Pluto, le repite Pluto, si logras aguantar saldrás del coma y te quedarás conmigo para siempre, si te rindes te irás derecho al infierno. Búscate un piloto y contágialo, así quedaras libre.

Lizardo abrió los ojos y se bajó del colectivo, rompió en un llanto ronco, estoy loco no hay caso, se repetía. Quizás lo mejor hubiera sido morirme de un ataque, murmuró aquella noche antes de dormir. Con las semanas Mariela logró aceptar su “trauma” y hasta parecieron ser el buen simulacro de una pareja feliz. Sólo una vez, camino al departamento de ella, Lizardo le habló de Pluto. Ella se había acostumbrado al silencio y como siempre no hizo preguntas. Le habló de Pluto porque ella le contó que tenía un novio llamado Rodrigo.

Y ahora, después de cinco años sin verla, va a su departamento y la encuentra ahogada en la tina. No la ha visto desde esa noche, cuando sin motivo aparente, y después de seis meses, lo trató de hombre, le habló de sacar su bestia interior y le confesó que conocía a su Pluto. Ahora Rodrigo lo apunta con un revólver. Sus ojos dicen que va a disparar. Después de tanto martirio, piensa Lizardo, “después de haber eliminado a Pluto, después de haberle traspasado el virus a Mariela, que seguirá hundida sin remedio, ahora, ahora me matan”. Resignado espera el disparo de Rodrigo. Lizardo cierra los ojos y sonríe. Se alegra que al hacerlo Buin ya no exista, sólo existe el verde páramo de la posibilidad de morir en paz.

 
 

Capítulo VI

Por Nona Fernández S. (6)

Morir no es algo tan serio.
Lo dijo mi madre, o quizás fue Pluto en alguna parte del pasado.

Morir es una sensación corta, abrupta y muy poco solemne. No hay trompetas, ni ángeles, ni túneles de ninguna especie. Tampoco hay imágenes de otros tiempos, ni siquiera una sinopsis breve o mala de la vida que se fue.
Morir es un acto solitario y aburrido. Torpe, grotesco, risible.
No hay forma de darle dignidad.

Un golpe seco en el pavimento de la calle. El gusto de la sangre en la boca, los huesos desencajados, la lengua afuera, cinco dientes quebrados, la camisa rajada, los pies descalzos. La punta del dedo gordo derecho al aire por culpa de un calcetín gastado y mal cosido. La inquietante sensación de estar encerrado en un cuerpo que ya no se habita.

Un cuerpo zurcido con hilo curado.

Un cuerpo en medio del desierto.

Morir es un cuento absurdo narrado por un idiota.

Un mal chiste, pero un chiste al fin y al cabo.

Esta gente que me mira con horror parece no saberlo. No alcanzan a dimensionar la estupidez de lo que ocurre, la falta de seriedad. Una mujer con el pelo teñido llora nerviosa y dice que me vio caer del edificio, que fue tan rápido, que quién soy, que por qué, que cómo, que no es posible, que no hay salud, que no hay respeto, que no hay sanidad, que no hay cordura, que no hay guardias, que dónde está el conserje, que qué se hace, que a quién se llama, que quién responde, que debo ser un borracho, un drogadicto, un loco, un enfermo, un idiota, un suicida. El dueño de la botillería de la esquina grita que hay que llamar a los carabineros. El conserje de mi edificio se acerca y me mira a la cara intentando adivinar quién soy bajo este amasijo de carne y sangre.

¿Quién soy bajo este amasijo de carne y sangre?

No recuerdo dónde partió todo. ¿En Catedral con San Martín? ¿En una clase de yoga? ¿En la carretera? ¿En el desierto? Viví en este edificio, eso lo tengo claro. Quise a una mujer de pelo rojo, eso también lo recuerdo. Recorrí el norte en un camión (¿o no fui yo el que recorrió el norte en un camión?). Vi morir a mi madre. Hablé con un grupo de baratas en la pieza de un hotel. Enterré a un hombre en Calama. Enterré a muchos hombres en el desierto. Los fusilé en medio de la nada y cavé fosas comunes donde todavía duermen cosidos con hilo curado, amalgamados unos a otros, imposibilitados de escaparse de la tierra, de la nada. (¿O no fui yo el que fusiló a esa gente?)

Morir no es algo tan serio.

No lo dijo mi madre, tampoco fue Pluto. Lo dije yo cada vez que apuntaba con mi pistola. Ya, huevoncitos, no pongan esa cara de giles, que morir no es algo tan serio. En pelota, en medio del desierto, con las manos amarradas, los ojos vendados y esa mueca de horror estampada en la cara, así en esas condiciones, nada era muy serio.

Pero no me creían.
Nunca me creyeron.
Si se hubieran visto lo habrían entendido.

Quizás Mariela, (¿así era su nombre?) lo sabía. Ella alcanzó a comprender que todo eso era una broma, un absurdo. Por eso accedió a estar conmigo. Por eso compartió su pelo rojo y su cuerpo blanco, y no le importó Pluto en alguna parte de mi pasado.

Morir no es algo serio. Marcela, o Mariela, lo sabía, seguro que lo sabía.

Alguien debería decírselo a esta gente. Al conserje, a la mujer de pelo teñido, al botillero de la esquina. También a Rodrigo o Rodolfo o Roberto, que sale del edificio con su pistola escondida quién sabe dónde, y me mira apenas, con aire de triunfo en la cara, pensando que Pluto ha muerto, que de alguna manera ocurrió lo que deseaba, aunque nunca se entere de que soy otro.

No soy Pluto.
(¿O lo soy?)
(¿O lo fui?)
Soy el hombre que escucha a las baratas.

La mujer de pelo rojo flotando en el agua. Su piel blanca, sus pecas en la cara, sus ojos abiertos, su boca azul diciendo una y otra vez en mi cabeza lo que ya había dicho hace un tiempo atrás: lo que pasa es que no te atreves a soltar la bestia que tienes dentro. ¿Qué bestia, pregunté? ¿Qué bestia?

Mariela, Marcela, Marta, María, Malva, Malú.
La mujer del pelo rojo.
Yo, Pluto, los muertos del desierto, sus gritos, los gatos maullando en la tienda de mascotas.
Malditos gatos maullando en la tienda de mascotas.
Morir no es algo tan serio.
Lo digo yo, ahora, en este mismo momento, perdiendo las pocas certezas que todavía tengo, dejando partir las dos o tres imágenes que aún me habitan.
Catedral con San Martín.
Una barata en un vaso de cerveza.
Pluto
en
alguna
parte
del
pasado.

(1) Alejandra Costamagna (Santiago, 1970). Escritora y periodista. Ha publicado las novelas En voz baja (Premio Juegos Literarios Gabriela Mistral 1996), Ciudadano en retiro , Cansado ya del sol (finalista del Premio Planeta Argentina 2002) y Dile que no estoy (finalista del Premio Planeta-Casa de América y Premio del Círculo de Críticos de Arte 2007), y los libros de cuentos Malas noches y Últimos fuegos (Premio Altazor 2006). Ha escrito para las revistas Gatopardo , Letras Libres Interactivas y Rolling Stone, entre otros medios. En el año 2003 obtuvo la beca del International Writing Program de la Universidad de Iowa, Estados Unidos. En Alemania le fue otorgado el Premio Anna Seghers 2008 al mejor autor latinoamericano del año.

(2)   Diego Zúñiga (Iquique, 1987). Estudia Periodismo. Ha participado en algunas antologías y obtenido algunos premios. Es editor de narrativa de revista Contrafuerte y director de revista 60watts.net. Conduce el programa radial Snob, en Radiouc.cl.  

(3)   Trinidad Castro (Curicó, 1985). Licenciada en Literatura por la Universidad Diego Portales. Editora de la revista Grifo online.

(4) Álvaro Bisama (Valparaíso, 1975). Escritor y profesor de literatura. Ha desempeñado la labor de crítico en La Tercera y Qué Pasa. El año 2007 fue finalista del premio Herralde de Novela y fue incluido en Bogotá 39 y en su antología correspondiente (Ediciones B, 2007), selección de los escritores jóvenes más relevantes de Latinoamérica. Ha publicado las novelas Caja negra (Bruguera, 2006) y Música Marciana (Emecé, 2008), y los libros de crónica y ensayo Zona cero (Edición del Gobierno Regional de Valparaíso, 2003), Postales urbanas (Aguilar, 2006) y Cien libros chilenos (Ediciones B, 2008). Actualmente es columnista de “Revista de Libros” de El Mercurio.

(5) Claudio Maldonado (Curicó, 1977). Titulado de Pedagogía en Castellano por la Universidad de la Frontera de Temuco, 1999. Comienza a publicar sus cuentos en revistas literarias regionales como la PEWMA Y JAURÍA. El año 2001 publica, a través de una edición independiente, el poemario en prosa  La Caída del Silencio . El año 2002 obtiene el primer lugar en el concurso de cuentos “Viento Sur”, organizado por la Universidad Mayor , cuyo premio le permite ser becado un Magíster en Pedagogía Universitaria, el cual termina el año 2004. Ese mismo año obtiene la beca de escritores noveles del Consejo Nacional del Libro y la Lectura , con su libro de cuentos Santo Sudaca. El año 2008, a través de la Editorial Fuga , publica Santo Sudaca y uno de sus cuentos es finalista en el Primer Concurso de cuentos “Libros de Mentira”. Actualmente se encuentra trabajando en Temuco y prepara su próximo libro.

(6) Nona Fernández (Santiago, 1971). Es actriz titulada de Escuela de Teatro de la Universidad Católica de Chile, además de escritora y guionista. Como escritora ha publicado el volumen de cuentos El Cielo (Cuarto Propio, 2000), la novela Mapocho (Planeta, 2002), ganadora del Premio Municipal de Literatura 2003, y la novela Av.10 de Julio Huamachuco (Uqbar, 2007), ganadora del Premio Municipal de Literatura 2008. Sus cuentos han sido publicados en diversas antologías nacionales e internacionales, obteniendo distinciones como el primer lugar de los Juegos Literarios Gabriela Mistral 1995. Como guionista ha trabajado desde 1998 en el Área Dramática de TVN, escribiendo teleseries como: Iorana, Aquelarre, El Circo de Las Montini, 16, 17, Los Treinta, Alguien te mira, ¿Dónde está Elisa? y actualmente Conde Vrolok.